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domingo, 16 de noviembre de 2014

EL INFANTE DON ANTONIO DE PORTUGAL




PORTUGAL_Infante de_Don António Francisco Xavier José Bento Teodósio Leopoldo Henrique de Bragança y Baviera-Neuburg, Infante de Portugal, Caballero de la Orden de Cristo (Palacio da Ribeira, Lisboa, Portugal, 15-03-1695 / Quinta da Tapada, Lisboa, 20-10-1757). Fue el quinto hijo de los reyes de Portugal, Pedro II y de María-Sofía de Baviera-Neuburg, y hermano predilecto del rey Juan V, del Duque de Beja y del Infante don Manuel, Conde de Ourém y candidato al trono de Polonia.

Sus hermanos y hermanas fueron los siguientes:

-Don Juan de Bragança, Príncipe de Brasil (1688-1688) fallecido en la cuna.

-Don Juan V, Príncipe de Beira y de Brasil, Duque de Bragança (1689-1750) Rey de Portugal y de Los Algarves.

-Don Francisco Xavier de Bragança, Infante de Portugal (1691-1742) 7º Duque de Beja y Beira, 2º Señor de la Casa del Infantado, Gran Prior de Crato y de la Orden de Malta, Condestable de Portugal.

-Don Antonio Francisco Xavier de Bragança, Infante de Portugal (1695-1757).

-Doña Teresa María de Bragança, Infanta de Portugal (1696-1704).

-Don Manuel de Bragança, Infante de Portugal (1697-1766), Conde de Ourém.

-Doña Francisca Josefa de Bragança, Infanta de Portugal (1699-1736).

Descrito por sus contemporáneos como un príncipe afable y simpático pero harto apático y egoísta, el Infante don Antonio fue, de los tres hermanos, el que mejor se entendió con el primogénito Juan V. Sin embargo, siempre vivió retirado y alejado de la Corte para escapar a su protocolo, sus pomposas ceremonias religiosas y su ambiente de intrigas.

Por otro lado, y dícese que por vanidad, se erigió en el gran protector y salvador de una banda de ladrones que, en su momento, alarmó la capital lusa y conocida como la "Compañía do Olho Vivo". Parte de sus miembros, para salvarse de verse las caras con la Justicia, fueron acogidos por él para formar parte de su servidumbre.

Cuando falleció sin descendencia legítima su hermano don Francisco Xavier, el intrigante y cruel Duque de Beja, entonces titular del Señorío del Infantado (que otorgaba las mayores rentas del reino a su poseedor) en 1742, Don Antonio reclamó para si la sucesión de éste. Sin embargo, sus ruegos no fueron atendidos por el rey al ser finalmente otorgado el rico señorío y el ducado de Beja a su sobrino el Infante Don Pedro, hijo favorito de Juan V.

Enormemente disgustado al no ver sus expectativas colmadas, el Infante Don Antonio se convirtió en un hombre despechado que no dudó en protestar amargamente ante semejante decisión, sintiéndose gravemente lesionado en sus intereses. A raíz de ese desagradable incidente familiar, la relación entre el rey y su hermano se enfrió brutalmente, y no volvieron a cruzarse palabra más allá de lo exigido por el protocolo.

Retirado en su propiedad lisboeta de la Quinta de Tapada, nunca contrajo matrimonio ni dejó hijos ilegítimos. Sobrevivió a su hermano el rey Juan V y al catastrófico Terremoto de 1755 que destruyó Lisboa.

Murió a la edad de 62 años y fue enterrado en el Panteón Real del Monasterio de Sao Vicente da Fora, en Lisboa.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

EL CONDE DE OURÉM




OURÉM_Conde de_Don Manuel José Francisco Antonio Caetano Estevao Bartolomeu de Bragança y Baviera-Neuburg, Infante de Portugal, Conde de Ourém (Palacio da Ribeira, Lisboa, Portugal, 03-08-1697 / Quinta de Belas, Belas, Sintra, Portugal, 03-08-1766). Fue el séptimo hijo de Don Pedro II, Rey de Portugal y de los Algarves, y de su esposa la reina Marie-Sophie de Baviera-Neuburg, y hermano menor del rey Juan V de Portugal que, por no querer obedecer al deseo real de entrar en las órdenes clericales, se fugó a Londres y recorrió Europa para ofrecer sus servicios al Emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico.

Su educación principesca le llevaría a idealizar la vida militar, a tener un alto concepto de sí mismo y de su posición, soñando con gloriosas hazañas, laureles y honores. A sus diez años, dejó escrito una sentencia que definía perfectamente su carácter: "Más deben los hombres perder la vida con honra que vivir en la infamia."

Destinado naturalmente a la carrera eclesiástica, el Infante Manuel se rebeló contra el deseo de su hermano a que accediera al capelo cardenalício por ser el menor de la Familia Real. Deseoso de llevar una vida llena de aventuras y, sobretodo, a ejercer una gloriosa carrera militar a pesar de que su país estuviera en paz con sus vecinos, el Infante se enfrentó al rey negándose a doblegarse ante su deseo de convertirle en un príncipe de la Iglesia. La tensa audiencia pública entre el monarca y su hermano se saldó con un bofetón real ante toda la corte al perder el rey su sangre fría. Tras la deplorable desavenencia, el humillado, encolerizado e indignado infante se dio a la fuga contando 18 años de edad.

Acompañado por tres personas que formaban su restringida comitiva, se distinguían entre ellos a un hijo del Conde de Tarouca, Manuel Teles da Silva, de su misma edad, y a dos jóvenes criados más un repostero y otro de servicio general, el Infante Manuel se daba a la fuga con un puñado de joyas, 20 mil cruzados de plata y un pagaré del mismo valor (firmado por el comerciante Manuel de Castro Guimaraes con orden de cobro en Londres) en los bolsillos, embarcó secretamente a bordo de un barco británico destino a los Países-Bajos, el 5 de noviembre de aquel año de 1715.

Tras de si dejaba una extensa carta al rey Juan V, en la que justificaba su partida para atender el ofrecimiento de Viena a luchar contra los Turcos.

Una vez desembarcado en Amsterdam (14 de noviembre de 1715), donde fue recibido por el embajador Luis da Cunha, llevó una vida alegre y disipada que provocó las quejas del viejo diplomático: "Incesantes fiestas, carreras de trineos y bailes en las que danzaba hasta las 7 de la mañana me dejaban medio muerto, al tener que asistir..."; de Amsterdam pasó a La Haya donde el jolgorio siguió a lo largo de 3 meses más. Recibió allí la orden de su hermano de volver inmediatamente a Portugal. Desafiante, rehusó doblegarse y viajó a París, donde fue bien acogido por el Conde da Ribeira Grande y agasajado por la corte francesa. Una nueva orden de regreso por parte de Lisboa le empujó a huir de nuevo. De Francia pasó a Alemania y ofreció sus servicios al Príncipe Eugenio de Saboya-Carignano, primer ministro de Austria, para luchar contra los Turcos en Hungría. Aceptada su oferta por Viena, se le encontró 4 días después guerreando en la batalla de Petrovaradin, donde sufrió una herida sin importancia pero en la que se cubrió de gloria. Poco después, participó activamente en el asedio y captura de Timisoara.

En 1717, convertido en un oficial del Ejército Austríaco, siguió sirviendo bajo las órdenes del Príncipe Eugenio y participó en la conquista de Belgrado. Tras el Tratado de Passarowitz, que ponía un término a la guerra austro-turca (1718), fue agraciado con el rango de mariscal-de-campo de los Ejércitos Imperiales y obtuvo el mando de un regimiento de acorazados con una renta de 50 mil cruzados. Sin ocupación ni destino, el Infante Manuel se dedicó a viajar por todas las cortes europeas, viviendo una vida de placeres y frivolidades que hicieron correr ríos de tinta entre los escritores contemporáneos.

En 1728, se convirtió en uno de los candidatos barajados para obtener la mano de la rica Maria Zofia Sieniawska (1698-1771)*, gracias al respaldo de Viena, en un intento de conseguir una sólida posición en Polonia antes de la celebración de la elección de un nuevo monarca polaco. De sobras conocido en las cortes de Viena y de San Petersburgo, fue propuesto como el nuevo Rey de Polonia durante un breve tiempo en el curso del año 1733, y durante la Guerra de Sucesión Polaca. El fracaso de su candidatura polaca le desilusionó y le llevó a regresar a Portugal el 21 de octubre de 1734, al no tener los medios suficientes para seguir viviendo lejos de su país natal y sin el sustento de una pensión.

Regresado a la corte lisboeta, su hermano Juan V le asignó a residencia en el Palacio de los antiguos Señores de Belas (La Quinta de Belas, Sintra, propiedad del Conde de Pombeiro), bajo la estrecha vigilancia de su guardia, concediéndole también el título de Conde de Ourém y una pensión, amén del pago de sus deudas pero vetándole el acceso a la corte. Instalado en su nueva residencia, pasó sus 32 ultimos años como un mecenas sin grandes medios económicos pero rodeado de una animada corte de escritores y artistas.

Murió soltero el día de su 69º cumpleaños y fue sepultado con honores en el Panteón Real del Monasterio de Sao Vicente de Fora, de Lisboa.




viernes, 10 de octubre de 2014

EL VIº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_VIº Príncipe de / 6ème. Prince de_Louis III de Bourbon-Condé, VIº Príncipe de Condé y Príncipe de La Sangre, XIIIº Duque de Bourbon, VIIIº Duque de Montmorency, Xº Duque de Guisa, Vº Duque de Bellegarde, VIº Duque d'Enghien y d'Albret & Par de Francia, XXVº Conde de Sancerre y XXIIIº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 18-10-1668 / Pont-Neuf, París, 12-03-1710 ?). Fue el nieto del "Gran Condé" y heredero de su casa entre 1689 y 1709 con el título de Duque d'Enghien, aunque en realidad se le conocía bajo el título de Duque de Borbón, ya que llevó éste casi toda su vida. Dedicado al oficio de las armas, fue agraciado con el rango de coronel del Regimiento Bourbon-Infantería (1686), ascendido a mariscal-de-campo (1690), luego a teniente-general (1692) y finalmente Gobernador de Borgoña y Gran Maestre de Francia a la muerte de su padre (1709). Luis XIV le concedió el honor de ingresar en la Orden del Espíritu Santo en 1686, sin embargo perdió el título familiar y cortesano de "Monsieur le Prince" a favor del Duque de Orléans convertido en Primer Príncipe de La Sangre y presunto heredero al trono como representante de la rama Borbón-Orléans, que ocupaba el 2º lugar en la sucesión a la Corona después de la rama primogénita reinante.

Se le conocía en la corte con el título de "Monsieur le Duc" (Señor Duque), por poseer el ducado de Borbón, siendo hijo del entonces Duque de Enghien y de Albret, Enrique III Julio de Borbón, futuro Vº Príncipe de Condé, y de la Princesa Palatina del Rhin Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern.

En 1685, contrajo matrimonio con una de las hijas legitimadas del Rey Luis XIV y de la Marquesa de Montespan: Luisa-Francisca de Borbón, conocida con el nombre de "Mademoiselle de Nantes" (1673-1743), y de la cual tendría nada menos que 9 retoños; a destacar entre éstos: el futuro VIIº Príncipe de Condé Luis IV Enrique (también conocido como Luis-Enrique I de Condé), Carlos, conde de Charolais, Luis, conde de Clermont, y Luisa-Elisabeth.

Tiene por hermanos a Ana-Luisa, duquesa du Maine, a María-Ana, duquesa de Vendôme, y a Maria-Teresa, princesa de Conti.

Casado a sus 17 años, se convierte en 1686, a la muerte de su abuelo el "Gran Condé", en el presunto heredero de la Casa de Condé, con el título de duque de Enghien, teniendo 18 años. Participa en 1692 en la batalla de Steenkerque y, el mismo año, a la edad de 24 años, se convierte en padre.

UN MONSTRUO

Tan joven y con tan solo 17 años, se muestra increíblemente violento, colérico, brutal, morboso, con un mal disimulado apetito por el sufrimiento ajeno. Sin embargo, nada se dejó al azar para transformar en príncipe modelo al sombrío y secreto vástago de Enrique III Julio de Borbón-Condé, el demente, y de Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern, la mártir. Sacado a los 7 de entre los faldones de las mujeres, siguió hasta los 15 las enseñanzas de los padres Jesuitas que, desde tres generaciones, forman a los herederos de la Casa de Condé. En su prestigioso Colegio de Clermont, poseía, como todos los internos, una habitación pero no residía en ella y se hacía llevar a clase dos veces al día. Le impartían lecciones de Historia Antigua y geografía, la grandeza de su país y su sitio en el Mundo, el latín, el griego, y algo de física. Nada de deporte, aún menos clases de música. Un secretario tomaba notas en su lugar, con tal de que los deberes no le cansasen ni le aburriesen. De vuelta al palacete del Petit-Luxembourg, donde residía su familia, encontraba prestos para secundarle en sus esfuerzos o para distraerle si así lo deseaba, a dos preceptores jesuitas, un profesor de caligrafía, un profesor de baile y cantidad de oficiales subalternos deseosos de prepararle sus deberes y cálculos. Tantas disposiciones aportaron, sin embargo, pocos frutos; el joven príncipe se encuentra a menudo aquejado de una salud delicada, siendo nervioso, irritable en exceso, y poco dispuesto a la concentración más allá de un momento sobre un mismo tema o materia.

Sus enfermedades y sus deformidades físicas le sirven de excusa para ser perezoso. Tiene los hombros desiguales, y le tuvieron que poner botines especiales ya que el peso de su propio cuerpo tendía a arquearle las piernas.

Se le perdonaban sus exigencias y su malignidad. Sus hermanas y sus criados se dejaban torturar por él sin atreverse a corregirle, sufriendo que les pegase, les escupiera todo tipo de insultos a la cara y que los maltratase tanto física como mentalmente. Tan solo respetaba a su madre, piadosa y dulce, noble en su desgracia, y a Monseñor el príncipe Luis II de Condé, su abuelo.

Si todas aquellas lombrices, que reptan a los pies del Rey Luis XIV, creen que irá en contra de su naturaleza para complacer a los poderosos, se equivocan. Siempre aparece en la corte con una actitud ostensiblemente hostil: se precipita con violencia a través de los salones y cámaras, partiendo a los grupos y asambleas como una proa desgarrando las aguas, sea entrando como saliendo de ellas, con riesgo de darse porrazos contra los que se cruzan en su camino, imparable. El enano ni siquiera tiene figura para comprar el perdón ajeno por su comportamiento incivilizado y exento de cortesía. Considerablemente más pequeño que el más enano de los hombres, aparece gordo sin ser obeso, la cabeza enorme, la faz nada agraciada, afeada y de semblante terrorífico, con un cutis amarillento, de un amarillo lívido, con expresión furiosa e infernal. Con esto, tan contrahecho... que tiene joroba tanto por delante como por detrás. Tan feo es que los cortesanos de Versailles le apodan "el Simio Verde". Tiene una cara que delata sus vicios, y sus maneras son más propias de un convicto que las de un príncipe. Resulta su semblante tan repulsivo, y su carácter tan insufrible, que ninguna dama en su sano juicio, por mucha gloria que conllevase unirse a él, desearía vivir bajo su dependencia. Provocaba el temor y el asco, más que el respeto en sus interlocutores. Dicen que es ciertamente orgulloso, audaz, con ingenio, con lectura, algunos restos de una excelsa educación, de buenas maneras y alguna que otra gracia cuando quiere. Pero la maldad exhala por todos los poros de su cuerpo, como el sudor baña la frente del moribundo, y el mundo no se fía de él. En París, las prostitutas le temen más que la propia sífilis. Insultos y crueles comentarios salen a borbotones de su boca, para divertirse y para complacer su enorme orgullo que no parece tener cabida en su cuerpo. Azota, muerde, araña, gustando mezclar el olor de la sangre con la de sus eyaculaciones. Su ferocidad pasa por ser una virtud de su grandeza, y su cualidad de príncipe de la Sangre le protegen mejor que cualquier coraza. El Rey jamás dejará que arrastren a su yerno ante un tribunal. Que violase o asesinase en plena calle, se daría pronta orden para acallar el asunto y cerrar el caso. Tan solo se enfrentaría a una real reprimenda o a un breve exilio en sus tierras. Cuando el Rey no requiere de su presencia, reside en su castillo de Saint-Maur, donde se estableció a partir de 1694, para huír del agobiante mundillo de Chantilly. Allí reinan golpes, malos tratos, insultos, y hay que acostumbrarse o cambiar de protector...

EL ASESINO

De hecho, viola y asesina, no en plena calle, pero si a plena luz del día. Un día, en el burdel de La Chevalier, las complacencias de una putita no parecieron contentarle; sacudió a la chica, propinándole una paliza para reblandecerla y volvió a cabalgarla. Pero la cosa no pareció ir a su gusto; la prostituta tenía el temperamento tan generoso que, en ella, el duque no parecía sentir nada:


"Ah! esto, descarada, de dónde sacas esta gruta en la cual uno se pierde? Tu empleo consiste en calentar y alentar los ardores, y tú los ahogas en una marisma! Sabes tu lo que cuesta el no satisfacerme?"
Y la chica palidece bajo el violento carmín que maquilla sus mejillas: "Mi Señor, por Dios..."

Y el enano, transfigurado en un demonio liliputiense con rictus sardónico, empezó a vomitar insultos mientras ella, que aún no tenía 15 años, le miraba totalmente petrificada. Blasfemando, babeando como un animal rabioso, desgarrando cojines y dispersando las plumas, parecía cual zorro destrozando un gallinero. Ese enano contrahecho, de color limón podrido, el culo al aire bajo su corta camisa, las piernas lívidas, pastosas, el vientre hinchado y los pies como garras, gritó: "Ningún perdón para las malas obreras! Voy a educarte a mi modo!"

Al Duque de Borbón siempre le gustaba encanallarse en compañía, siempre temeroso de que le diera un patatús ya que solían darle a menudo, y por eso exigía que hubiese gente a su alrededor en sus momentos más íntimos. Así que sus dos comparsas, que andaban trajinando tranquilamente con sus respectivas putillas en los dos divanes dispuestos en los ángulos de la habitación, tuvieron que detenerse y atender a las órdenes del príncipe: "Agarrad fuertemente a esta señorita! Lo que pienso meterle, al menos, ella lo notará!"

Y el duque metió en la vagina de la chica, prontamente atada de pies y manos a las columnas de la cama, un enorme petardo con la mecha encendida. La desgraciada lo notó tan bien que reventó, aunque le hicieron falta tres largas horas para rendir su último aliento, el vientre reventado y vaciándose de toda su sangre.

Sin inmutarse, el yerno del Rey, encantado de su fechoría sangrienta, regresó a Versailles para acostarse con su deliciosa esposa, festejando al día siguiente su 18º cumpleaños y su primer aniversario de boda. El asunto tuvo una escandalosa repercusión, hasta llegar a oídos del propio monarca...

LA BODA



Los Condé habían apostado y puesto sus esperanzas sobre Luisa-Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija legitimada del Rey, desde que el Príncipe de Conti se casara con su hermana, Mademoiselle de Blois. Luis III de Borbón tiene entonces 17 años cumplidos; su inclinación por la mala vida es tan notoria que, si se espera demasiado para casarle, acabará por perder toda reputación y el Rey desestimará su candidatura. De este modo, Luis II, Príncipe de Condé, asedia al monarca tan estrechamente como si la salvación del Reino dependiese de su aprobación. Su insistencia, sus buenas maneras, sus halagos, su servilismo dan mucho de que hablar en la corte. Parece que el tiempo en que los príncipes altaneros intentaban desbancar las prerrogativas del Rey, haya pasado a mejor vida... Obviamente, el "Gran Condé" esperaba borrar, mediante este matrimonio, la mala impresión que el recuerdo de la Fronda ha dejado un poso amargo en el ánimo del Rey.

La prometida mira asombrada al hombre con el cual le acaban de casar. El Duque Luis III de Borbón bizquea de un ojo y, bajo el otro, una enorme verruga peluda ha aparecido. De asco, la joven princesa se sobresalta, soltando la mano del marido. En el gesto, cae de su 4º dedo el anillo de oro cincelado, se desliza, cae en la alfombra y rueda sobre el pavimento de mármol de la capilla. Los murmullos estallan entre los presentes. Sacerdotes y servidores se precipitan sobre la alianza cual halcones sobre su presa. Luis III retoma la mano furtiva y, deslizando sus dedos hasta la muñeca, más arriba aún, bajo las mangas de encajes, pellizca el brazo de la novia hasta amoratarlo. Luisa-Francisca intenta apartarse sin llamar demasiado la atención de los demás; pero él la retiene con fuerza. Enormes lágrimas en sus ojos, la princesa se muerde los labios en un intento para no gritar de dolor. Luis III, con un rictus en los labios, de su mano derecha le pasa el anillo.

La noche de bodas no será más que una comedia. La flamante Duquesa de Borbón aún es una chiquilla, una niña. Tras la ceremonia religiosa, todo el mundo tiene que asistir a un concierto y, luego, asistir a la Cena del Rey. Se ha dado orden que no se consuma el matrimonio inmediatamente: habrá que esperar a que la hija del Rey cumpla sus 13 años, a menos que sus primeras menstruaciones aparezcan antes de lo esperado. Desflorar a una cría no es nada, pero someter su cuerpo a los rigores del sexo antes de que pueda procrear, la dejarían estéril. Se recomienda al novio la abstinencia. El duque se desnudará en el salón del Gran Apartamento, al final de la galería. Su Majestad le entrega la camisa de dormir y, de pasada, constata con estupor sus deformidades. De acuerdo con su nuera, la Delfina, el Rey y ella llevan a los novios hasta la cama nupcial. Se echan las cortinas, se cierran las puertas para, enseguida, reabrirlas, sacar a los recién casados del nido y llevarlos, cada uno por su lado, a sus respectivos aposentos.

La unión no se consumaría hasta 1686, pero una epidemia de viruelas hace estragos entre cortesanos y príncipes. No pudiendo llevarse a la Princesa de Conti, la Muerte se venga llevándose a Luis-Armando I de Borbón, Príncipe de Conti. A punto de fallecer estuvo también la Duquesa de Borbón, contagiada de viruelas. Para evitar cualquier contagio, su marido rehuye su habitación y no se quita jamás el pañuelo que aprieta bajo sus narices. Durante el día sale de cacería para combatir el contagio con el aire puro y el esfuerzo físico. Es su abuelo quien cuidará de ella, y quien caerá víctima de viruelas... La Duquesa de Borbón escapará de las garras de la Muerte.

MILITAR Y CORNUDO



Luis III de Borbón se distinguirá durante las batallas de la Liga de Augsburgo, y en particular en Steenkerque y en Neerwinden.

En 1692, en la batalla de Steenkerque, da muestras de valía: es él quien dispondrá las tropas en orden de batalla, contribuyendo al éxito de las tropas del Mariscal-Duque de Luxemburgo. Pese a esa mención, y a su retorno a Versailles, los honores de la victoria honran a su primo, el Príncipe de Conti. Éste tiene a todas las damas a sus pies, incluída la esposa de Luis III de Borbón. Celoso, este último deja preñada, año tras año, a su esposa para disuadirla de tener amantes. Los rumores circulan... Francisco-Luis de Borbón-Conti parece haber obtenido algún que otro encuentro con la Duquesa de Borbón. Dado que no puede capturarle y someterle a tormento, ordena a sus numerosos espías que le sigan de cerca noche y día...

LA MUERTE

Luis III poseía todas las cualidades necesarias para dejarle entrever su porvenir y el de sus hijos, en la mayor de las esperanzas: el rango, el genio militar, el gusto por los asuntos públicos... Su esposa decidió entonces acercarle al Delfín. Poco a poco, parecía dibujarse la figura del próximo reinado, y sonreír a los Condé. Luisa-Francisca pensaba gobernar al Delfín y, gracias a esa influencia, su marido podría hacerse con el control de los ejércitos y del Estado. Era, desde luego, contar sin la Parca.

Desde hacía dos años, un tumor venía devorándole el cerebro, provocándole insufribles e indescriptibles migrañas oftálmicas hasta el punto de querer arrancarse los ojos. Perdió gusto por sus bacanales subidas de tono, y cada vez parecía menguar su razonamiento. Durante un tiempo, para contentar a sus médicos, se avino a tomar únicamente leche de vaca, cinco veces al día, y un día a la semana leche de burra. Pero se asqueó a fuerza de vómitos y volvió a sus comidas habituales.

Fallecería en pleno carnaval, haciendo horribles muecas, mientras cruzaba el Pont-Neuf en su carroza, el 12 de marzo de 1710*. Un año atrás, su demente padre había pasado a mejor vida, convirtiéndole en el 6º príncipe de Condé. Viuda la Duquesa de Borbón, se encuentra finalmente libre y con ganas de llevar adelante sus intrigas para alcanzar el poder a través de su hijo y heredero.

(*)_Distintas fuentes dan distintas fechas de su fallecimiento. Unas lo sitúan el 12 de marzo, otras el 4 de mayo, y el 11 de octubre.

 


miércoles, 8 de octubre de 2014

EL Vº PRÍNCIPE DE CONDÉ




CONDÉ_Vº Príncipe de / 5ème. Prince de_Henri III Jules de Bourbon, Vº Príncipe de Condé, Primer Príncipe de La Sangre, Vº Duque d'Enghien, XIIº Duque de Bourbon, Duque d'Albret, IVº Duque de Bellegarde, Duque de Châteauroux, VIIº Duque de Montmorency, IXº Duque de Guisa & Par de Francia, Marqués de Graville, XXIVº Conde de Sancerre y XXIIº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 29-07-1643 / Hôtel de Condé, París, 01-04-1709). Príncipe y representante de la rama de los Borbón-Condé, abrazó tempranamente la carrera militar y escaló los grados gracias a su pertenencia a la Casa Real Francesa: de brigadier de caballería pasó a mariscal-de-campo y finalmente a teniente-general, pero nunca obtuvo un mando real a pesar de figurar como un mando secundario y haciendo oficio de jefe de Estado-Mayor en el Ejército del Rhin, ya que ni el Rey Luis XIV como el ministro Louvois confiaban en su "cordura" y, aunque estaba desprovisto de talento en el oficio de las armas, nunca le faltó el arrojo y la valentía.

Hijo y heredero de Luis II de Borbón "el Gran Condé", 4º Príncipe de Condé, y de la sobrina del Cardenal-Duque de Richelieu, Clara-Clemencia de Maillé-Brézé, Duquesa de Fronsac, se casaría en 1663 con la Princesa Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern, Princesa Palatina del Rhin (1648-1723), teniendo nada menos que diez hijos.

Príncipe anoréxico, deforme, juerguista, viciado y brutal, se presenta ante la posteridad como un notable desequilibrado mental. Capaz de todo por hacerse con el favor real, adula, acaricia, halaga hasta lo indecible, y llega incluso a reptar por el suelo para besar los pies de Luis XIV, con tal de obtener el más nimio de los privilegios que puedan emanar de la real persona. Su padre, el Gran Condé, pese a sus innegables taras mentales y sus enormes defectos, le prodiga un verdadero amor paternal y le perdona todas sus rarezas, por debilidad quizás. De todos modos, el entonces duque de Enghien y de Albret se nos aparece como una figura extraña y una de las más inquietantes.

Si en el ánimo del Rey hubiera otra cosa que el rango, por lo que toca al tema de matrimoniar a sus bastardas legitimadas, dudaría en confiar a una de sus hijas a semejante personaje. Y es que el heredero del Gran Condé está rematadamente loco, y más aún a sus horas que, con la edad, se convertirán paulatinamente en perpétuas.

En el castillo de Chantilly, creyendo firmemente que le han crecido alas de murciélago, ordena tapizar paredes y techos de sus gabinetes privados, en el temor que, estando en sus habitaciones, no le diera por revolotear y darse trompazos contra muros y suelos.

En su palacete de Versailles, le da por creer que una malvada hada le ha convertido en una planta, exigiendo en consecuencia que sus criados le rieguen con regularidad para no fenecer. Si aquellos se negaban a ejecutar sus ordenes, les propinaba tremendas palizas.

Cuando de repente le venían esas "manías", la domesticidad tenía que entrar en su juego para intentar hacerle regresar a la realidad; no existía otra solución que seguirle la corriente para que, finalmente, recapacitara y se calmase. Su gente lo sabe y rivalizan en habilidad para que esas situaciones no se salgan de madre. En su casa, su carácter desquiciante pasa por un pasajero momento de exaltación y de excesiva vivacidad.

Durante su adolescencia, comparte las aventuras de sus padres, metidos hasta la médula en la Fronda. Sigue a su madre en su loca aventura por provincias y ciudades, intentando provocar sublevamientos contra la autoridad del Cardenal Mazarino.

Aunque da muestras de cierta bravura desde temprana edad y durante las campañas militares de su padre, resulta impensable para el Gran Condé confiarle mando alguno vista su enfermedad mental, y pese a que tenga el título de mariscal de campo y luego el de teniente general. Más versado en las Artes que en la cosa militar, el Duque de Enghien y de Albret no se ilustrará en los campos de batalla sino en consagrar su tiempo en embellecer el castillo de Chantilly.

En 1663, recibe del rey Casimiro V de Polonia, el reino de Suecia y el gran-ducado de Lituania. Brigadier de caballería, se ilustra en el pasaje del Rhin, luego en Seneffe en 1674, participando también en las campañas de Flandes en 1693, siendo ya Príncipe de Condé.

LA FAMILIA



Su esposa y perpétua víctima, esconde sus moratones bajo sus cofias, y sus hijas, por temor y vergüenza, callan las humillaciones y malos tratos que les son infligidas por su padre. En la Corte, sus ocurrencias aterrorizan más que divierten. Los cortesanos bajan la mirada e intentan olvidar que ese pequeño y escuálido hombre se pone a aullar cuando Su Majestad se dispone a dormir, el cuello tendido y la boca deformada por el esfuerzo. Todos saben que, a la muerte del Gran Condé, su padre, él será el Primer Príncipe de la Sangre del Reino. Solo ante la presencia del Rey, el desgraciado consigue contenerse; la majestad del dueño de Francia fuerza irresistiblemente al respeto, imponiéndose incluso a su demencia. "Monsieur el Duque" (tal y como se le llama en Versailles), aúlla como un perro o un lobo, según la inspiración del momento, pero sin hacer demasiado ruido. El Rey le saluda con su habitual cortesía, sin que nada en su actitud denote que se haya percatado de su "payasada". Fuera de esa mágica presencia encarnada por Luis XIV, desgraciadamente, las extravagancias del príncipe no conocen límites ni se ven frenadas.

Que su inútil de hijo y heredero, el Duque Luis III de Borbón, sea el yerno de Su Majestad, no parece contentarle y le resulta urgente tejer nuevas alianzas para reforzar su posición en el epicentro versallesco. Sus hijas, casi enanas por sus diminutas tallas, son apodadas "las Muñecas de la Sangre" por la cuñada, la Duquesa de Borbón (hija de Luis XIV), pero...¿qué importa eso? Cuando se es una Condé, ¿acaso es necesario tener alguna virtud suplementaria?

LOCURAS



Un día se ordenó el cierre de las puertas de los jardines del Palacio de Luxemburgo, en París: echaron a los transeúntes porque al Príncipe de Condé, le vino la extraña idea de que se había convertido en un conejo y que sus criados debían darle caza.

Otro día, se creyó muerto. ¿Se necesita comer cuando se está muerto? obviamente no. Entonces el príncipe ayunó con aplicación y no hubo manera de convencerle para que comiese. Si no se hubiese encontrado un remedio, se habría dejado literalmente morir de hambre. Dos de sus ayudas de cámara, Girard y Richard, tuvieron entonces la mejor de las ideas: se cubrieron con sábanas blancas e irrumpieron de esta guisa en los aposentos del príncipe, uno haciéndose pasar por el difunto Mariscal de Luxemburgo y el otro por su abuelo. Tras una conversación sobre el país del Mas-Allá y de los difuntos, que el príncipe había venido a habitar junto a aquellos, le rogaron que se personase en casa del difunto Mariscal de Turenne, donde pensaban ir. Sorpresa enorme para el demente: ¿se come en el mundo de los muertos? Ciertamente si, sostuvieron los complices, y con mucho apetito. Encantado, pues en el fondo se moría de hambre, Enrique III Julio de Borbón, siguió a sus servidores disfrazados hasta los sótanos del Palacio de Condé dónde encontró.... al Mariscal de Turenne, encapuchado como sus invitados. Se sentaron en la mesa, comieron alegremente siendo servidos por todo un tropel de criados fantasmales cubiertos con sábanas blancas. Y, mientras duró esa convicción de estar muerto, la comedia prosiguió, consiguiendo que el príncipe tomase dos comidas al día con todos aquellos grandes personajes que había conocido y que ya no eran de este mundo.