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sábado, 25 de marzo de 2017

EL MARQUÉS DE CAVOYE


 
 
CAVOYE_Ier. Marqués de / 1er. Marquis de_Louis D’Oger o D’Ogier de Cavoye, Caballero y luego 1er. Marqués de Cavoye [Paris, 1639 / Hôtel de Cavoye, París, 03-02-1716]. Fue un oficial y cortesano perteneciente a la nobleza de la región francesa de Picardía, que prosperó en la corte francesa gracias a la influencia de su madre y se distinguió por su arrojo en el campo de batalla, gozando de la amistad, favor y protección del rey Luis XIV, al que físicamente se le parecía asombrosamente.

Su padre, François d’Oger o d’Ogier, Caballero y Señor de Cavoye (1604-1641), había servido bajo el Duque Enrique II de Montmorency, uno de los grandes señores de la alta y poderosa nobleza gala de primer rango, hasta que en 1630 fue nombrado capitán de guardias del Cardenal-Duque de Richelieu. Sin embargo, encontró prematuramente la muerte en setiembre de 1641, durante la batalla de Bapaume, a la edad de 37 años.

Su madre, Marie de Lort de Sérignan (1602-1665), había casado en segundas nupcias con su padre el 16 de setiembre de 1625, siendo ya viuda de un primer matrimonio con Jean de La Croix y sin hijos. El matrimonio, que fue por amor (cosa rara para la época), tuvo entonces 6 hijos varones y 5 hijas:

-Henriette Louise d’Oger de Cavoye (1626-1697); c.c. François Antoine de Sarret, Marqués de Fabrègues (1620-1710) => con descendencia.

-Pierre d’Oger de Cavoye (1628-1648), Insignia en las Guardias-Francesas, caído en la batalla de Lens.

-Constance d’Oger de Cavoye (1630-1646?), religiosa en el Convento de Notre-Dame de Narbonne.

-Charlotte d’Oger de Cavoye (1630-   ), religiosa en el Convento de Nuestra-Señora de Narbonne, como su hermana gemela.

-Marie d’Oger de Cavoye (1631 - ¿ )

-Charles d’Oger de Cavoye (1632-1654), Insignia en las Guardias-Francesas.

-Eustache d’Oger de Cavoye (1637-1703), Insignia en las Guardias-Francesas.

-Armand d’Oger de Cavoye (1638-1667), Insignia en las Guardias-Francesas, caído en el asedio de Lille.

-Louis d’Oger de Cavoye (1639-1716), 1er. Marqués de Cavoye y último del nombre; c.c. Louise Philippe de Coëtlogon-Méjusseaume (ob.1729) => sin descendencia.

-Anne d’Oger de Cavoye (1640-1711); c.c. Raymond d’Alfonse, Señor de Montroux => con descendencia.

-Jacques d’Oger de Cavoye (1640-1652).

Los padres de nuestro personaje se amaban hasta la locura. La inesperada muerte del marido dejó a su madre en una situación precaria, pero consiguió obtener la tutela de sus 11 hijos y todos menores el 16 de noviembre de 1641. Para colmo, sobrevino poco después la muerte de su padre, Guillaume de Lort de Sérignan, en enero de 1642; luego fue la del Cardenal de Richelieu y la del rey Luis XIII en 1643. Su desgracia y su mala situación consiguieron llamar la atención de la Reina Viuda Ana de Austria, que le ofreció un puesto de dama de honor en noviembre de 1643. El cronista Tallemant des Réaux la describiría como “tan hermosa como inteligente”. El Duque de Saint-Simon, memorialista, diría a su vez:

“…la madre Cavoye era una mujer de mucho ingenio, venida no sé cómo de su provincia ni por qué medio conocida de la reina madre, en tiempos en los que ella tenía necesidad de toda clase de gentes. Le gustó, la distinguió con bondades sin sacarla de su pequeño estado. Madame de Cavoye aprovechó para introducir a su hijo en la corte y ambos a hacer amigos…”

Los tres hermanos mayores de Louis habían muerto al servicio del rey. Pierre en 1648, Jacques en 1652 y Charles en 1654. El joven Louis fue entonces educado al lado del joven rey Luis XIV y se convirtió en uno de sus amigos íntimos.

Cuando en julio de 1665 falleció Madame de Cavoye, ésta había dejado nombrado en su testamento a su hijo Louis como su único heredero, en perjuicio de sus hermanos mayores Eustache y Armand, a los que juzgaba severamente como demasiado manirrotos. De este modo, Louis –que era el quinto hijo varón de la prole- se convirtió en el jefe de familia.

En 1666, inauguró su carrera militar bajo las órdenes del almirante holandés Ruyter.

Considerado como uno de los hombres más bien parecidos de Francia, Cavoye se aprovechó para romper corazones y multiplicar conquistas femeninas. Sin embargo, desde 1668, había provocado –sin quererlo ni buscarlo- una enorme y desbocada pasión en una de las damas de honor de la reina Maria-Teresa de Austria: Louise Philippe de Coëtlogon-Méjusseaume, hija del Marqués de Coëtlogon. Pero Cavoye la ignoraba: la joven damisela era del montón y, para colmo, sin dote.

El Duque de Saint-Simon la describió de este modo:

“… Mademoiselle de Coëtlogon era fea, modosa, ingénua, amada y muy buena persona; […] era una de las chicas de la reina Maria-Teresa, se encaprichó de Cavoye, y se enamoró de él hasta la locura…”

Cavoye era entonces un hombre apuesto, guapo y muy aficionado a revolotear alrededor de las hermosas damas de la corte. Es de este modo que se convirtió en el amante de la guapa Hortense Mancini, Duquesa de Mazarino y casada con el Duque de La Meilleraye, un lunático. Luego cayó entre sus brazos la bella Sidonie de Lénoncourt, Marquesa de Courcelles –también casada con un marido extremadamente celoso-. Cuando el Marqués de Courcelles se enteró de la infidelidad de su esposa, montó en cólera y retó en duelo a Cavoye. Fue cosa hecha el 7 de mayo de 1668. Al final del duelo, ni uno ni otro se hirieron de gravedad; ambos eran amigos y acabaron haciendo las paces con un abrazo.  En cualquier caso, Courcelles y Cavoye habían violado una ley real que prohibía los duelos y Luis XIV, implacable, los mandó arrestar a ambos:  el Marqués de Courcelles dio con sus huesos en La Bastilla y Cavoye fue encerrado en La Conciergerie… por espacio de 2 años!

Liberado en 1670 al estallar la guerra, ya que el rey necesitaba de todo el mundo para la campaña de Flandes, reintegró su puesto en el ejército como ayudante-de-campo del rey y se cubrió de gloria el 12 de junio de 1672 en el Pasaje del Rhin, junto con cuatro de sus amigos: el Caballero de La Salle, el Marqués de Béringhen, el Conde de Nogent y el Marqués d’Ambre. Gracias a su arrojo y valentía en el fragor de la batalla, Cavoye se ganó el apodo de “el Bravo”, mote que le acompañaría hasta su muerte.

Interrumpida la campaña en invierno y regresado a París, Cavoye volvió a ser arrestado y encerrado en La Bastilla, esta vez por haber participado, en segundo plano, en un duelo. Su enamorada, Louise de Coëtlogon, cayó en la desesperación y rehusó dirigir la palabra al rey. Saint-Simon cuenta que ésta cambió su rico vestido de corte por otro vulgar e impropio de una dama de honor de la reina, a modo de protesta silenciosa. Llegaría aún más lejos. Intentó obtener del rey el perdón para Cavoye pero Luis XIV rehusó concedérselo, y ésta estalló entonces en improperios e insultos, riéndose le monarca de su osadía. Ultrajada por las mofas del rey, pretendió llegar a las manos y arañarle. La protesta de la damisela siguió hasta incluso la mesa real: Luis XIV tenía por costumbre comer con la reina María-Teresa; la Duquesa de Richelieu y las damas de honor de la reina debían servir la mesa. Pero la damisela de Coëtlogon se negaba en redondo servir al rey mientras Cavoye siguiera preso, le evitaba o le decía sin florituras que no se merecía que le sirviera o le dirigiera la palabra. Luego vinieron los malestares, los desmayos, los desesperos… hasta que tanto el rey como la reina exigieron a la Duquesa de Richelieu que hiciera el favor de llevar a la damisela a visitar al objeto de su pasión a La Bastilla, cosa que hizo un par o tres de veces.

Cavoye, por su parte, permanecía insensible a la pasión que había provocado. Mademoiselle de Coëtlogon daba todos los pasos, pero Cavoye era cruel y a veces brutal en sus respuestas a tantas atenciones; le sacaba de quicio verse de esa manera acosado. Ante la fría indiferencia de Cavoye, tanto el rey como la reina le reprocharon su actitud y le exigieron que se mostrara más humano en su trato.

En 1675, el cargo de Gran Mariscal de los Alojamientos del Rey quedó vacante con la muerte de Louis de Tessé, Conde de Froulay (había muerto en acto de servicio en Consarbrück). Saltando sobre la ocasión, Luis XIV prometió el cargo a Cavoye si consentía casarse con Mademoiselle de Coëtlogon. Cavoye rehusó sellar el trato. El rey perseveró, insistió y, al final, se lo ordenó prometiendo que cuidaría de su fortuna en la corte y que, a modo de compensación por la falta de dote de la novia, le aseguraba su cargo. A regañadientes, Cavoye cedió finalmente.

El 9 de febrero de 1677, François de Guémadeuc, obispo de Saint-Malo, bendijo la unión de Louis d’Oger de Cavoye con Louise Philippe de Coëtlogon, hija del Marqués René de Coëtlogon, gobernador de Rennes y Lugarteniente del Rey en Bretaña, y de la Marquesa Philippe Hélène de Coëtlogon. Ilustre nobleza bretona y de rancio abolengo, pero sin fortuna ni medios con qué dotar a la novia. El novio tenía 38 años, la novia 27 y hacía 9 que ésta le acosaba desenfrenadamente, profesándole una adoración sin límites.

La recién casada no aportaba al matrimonio otra cosa que su ilustre apellido, mucho abolengo y una solemne pobreza. El recién casado, citado en el contrato matrimonial como “Caballero de Cavoye”, aportaba como bienes una casa, su privilegio sobre las sillas de porteadores heredado de sus padres, rentas, su cargo de Gran Preboste General de Guyena, sus 60 arqueros (con sus 17.000 libras) y poco más. En el momento de casarse, Cavoye residía en la parisiense calle de Grenelle. Fiel a su promesa, el rey le cedió el cargo de Gran Mariscal de los Alojamientos, y Cavoye la compró a la familia De Tessé por 150.000 libras, ocho días antes de su boda. El rey añadió un regalo de boda: le concedió el título nobiliario de marqués de Cavoye.

El cargo de Gran Mariscal de los Alojamientos del Rey, consistía en coordinar los desplazamientos de la Corte, y dependía directamente del soberano, del cual Cavoye debía recibir las órdenes y al que prestaba juramento de fidelidad. La remuneración del cargo era, por tanto, excelente: 8.100 libras de sueldo, 7.200 libras de sueldo extra, 3.000 libras de adelanto y 4.000 libras en libreas. A partir de 1682, la Corte se instaló definitivamente en Versailles pero Cavoye debía seguir ocupándose de los alojamientos de todas las tropas de la Casa del Rey, ayudado por 12 mariscales de los alojamientos y de 48 furrieles que le prestaban juramento. En tiempos de campañas militares y de los desplazamientos de la Corte, el Gran Mariscal debía recibir las órdenes del rey para los alojamientos de los oficiales y de toda la Corte (sobretodo de los príncipes de sangre real).
 
 

En 1678, el flamante 1er. Marqués de Cavoye alquiló en París un palacete en el número 52 de la calle de Saints-Pères, que acabaría comprando y que hoy día aún se conoce como Hôtel de Cavoye [en español sería Palacete de Cavoye]. El palacete en cuestión pertenecía entonces a su ex amante, la Marquesa de Courcelles: ésta se lo vende por 64.000 libras el 18 de julio de 1679, estando encerrada por adulterio después de un escandaloso juicio al que la arrastró su marido.

Los marqueses de Cavoye se instalaron en el palacete y llevaron en él una vida muy sosegada, a decir de los testigos de la época.

En 1693, Cavoye cae gravemente enfermo y, despechado por no haber recibido la banda azul de los caballeros de la prestigiosa Orden del Espíritu Santo, en la última promoción de 1688, solicita en 1696 el permiso para vender su cargo. Luis XIV no le concedió tal permiso y, para reemplazar la tan preciada condecoración real, le dio una pensión de 14.000 libras para él y su esposa en 1697, tierras en Louveciennes para ampliar las de su castillo en 1700, y el privilegio de las sillas de manos. Finalmente, el rey le concedió una cláusula de retención de 300.000 libras sobre su cargo (1707), vendiendo la sustitución al Marqués de Cany, hijo del ministro Chamillart, conservando para si el usufructo.

Por su cargo, Cavoye se veía obligado a estar la mayor parte del tiempo en Versailles, y allí acabó haciéndose muy amigo de Boileau y de Racine. También participó en la localización de Marly para instalar allí la residencia preferida del rey. Para estar cerca, compró al yerno de Vauban el castillo de Voisins, en Louveciennes, por 26.000 libras. Adecentó el castillo para poder allí acoger a parte de los numerosos invitados del rey en Marly, que no encontraban alojamiento en los pabellones del real sitio. Y, extrema rareza, el rey solía hacerle visitas, lo cual era un honor muy buscado por cualquier noble propietario.

Su felicidad habría sido completa si hubiese tenido hijos con su esposa, pero la marquesa de Cavoye tan solo podrá darle un hijo nacido muerto y en condiciones muy peligrosas para su salud. Después de tan mal parto, nunca volvería a quedarse encinta. Preocupados por asegurarse un futuro sin penurias, los marqueses de Cavoye se donaron mutuamente todos sus bienes para que viudo o viuda dispusiera en toda libertad de las rentas y bienes muebles e inmuebles.

Con el peso de los años y cansado, el Marqués de Cavoye acudía regularmente a tomar las aguas de Forges-les-Eaux o en Saint-Amand, espaciando sus apariciones en la Corte y prefiriendo residir en su castillo de Voisins. Llegaba incluso a prestar su palacete de París a amigos, entre los cuales cabe distinguir a la Princesa de los Ursinos y a Monseñor de Mailly, arzobispo de Reims.

A finales de su vida, Cavoye volvió a pedir repetidas veces a Luis XIV que le cesara en el cargo, pero el rey rehusaba siempre, diciéndole: “Cavoye, muramos juntos.”

El 1 de setiembre de 1715, Luis XIV falleció en Versailles y el Marqués de Cavoye se retiró en su palacete parisiense, donde vino a sorprenderle la muerte el 3 de febrero de 1716. Dos días después, su viuda le daba sepultura en la iglesia de Saint-Sulpice. Tenía 77 años. Su testamento fue leído el 10 de febrero, dejando todos sus bienes a su viuda y también a los descendientes de sus hermanas.

La Marquesa Viuda de Cavoye se dedicó a las buenas obras: fundó la casa del “Niño Jesús” con el cura Languet de Gergy, y donó 40.000 libras para las obras de la Iglesia de Saint-Sulpice. Sobrevivió a su esposo 22 años, muriendo en el palacete de Cavoye el 31 de marzo de 1729. Recibió sepultura al lado de su difunto esposo.

Con el paso de los siglos, el Palacete de Cavoye acabó siendo la residencia del diseñador de moda y perfumista Hubert de Givenchy, y luego del polémico multi-millonario Bernard Tapie.

miércoles, 1 de abril de 2015

EL VIZCONDE DE CHABOT




CHABOT_Vizconde de / Vicomte de_Charles Rosalie de Rohan-Chabot, Caballero y Marqués de Soubran, Conde de Jarnac, Vizconde de Chabot, Señor de Clion, Maroite y Brassac, Co-Señor de Montagrier y de Chapdeuil (Hôtel de Rohan-Chabot, Paris, 09-07-1740 / Twickenham, Londres, ?-08-1813). Fue un oficial del Ejército Francés que llegó a mariscal-de-campo y de los Ejércitos del Rey Luis XVI, Comandante del país de Aunis y de las provincias de Saintonge, del Poitou y del Angoumois, Inspector y comandante de la 15ª División de Caballería del Ejército.

Fue hijo del Conde Guy Auguste de Rohan-Chabot, Conde de Maillé-Seizploue, más conocido bajo el título de Caballero de Rohan (1683-1760), célebre por su altercado con Voltaire, a quien mandó sus criados para darle una bastonada. Su madre fue Marie-Yvonne Sylvie du Brail de Rays (1712-1740). Descendiente del célebre espadachín Guy Chabot, Barón de Jarnac (autor del famoso "Golpe de Jarnac"), y biznieto de Henri Chabot de Saint-Aulaye, 2º Duque de Rohan tras su matrimonio con la Duquesa Marguerite de Rohan.

En 1759, contrae nupcias con Guyonne Hyacinthe de Pons, hija de Charles Philippe de Pons, Marqués de Saint-Maurice, y de Marie-Charlotte Lallemand de Betz. Tendría de ésta una hija:



-Adélaïde Louise Guyonne de Rohan-Chabot de Jarnac (1761-1805), más conocida como "Mademoiselle de Jarnac"; c.c. (1778) 



Boniface Louis André de Castellane, Conde de Castellane-Novejan (1757-1837); padres de:



-Esprit Victor Elisabeth Boniface de Castellane, Conde y Marqués de Castellane-Novejean (1788-1862), Mariscal y Par de Francia; c.c. (1813) 



Louise Cordélia Eucharis Greffulhe => 4 hijos / Casa Condal de Castellane-Novejean.

Muerta su esposa en el parto a la edad de 17 años, el Conde de Jarnac se casa nuevamente 15 años más tarde, en 1776 en Irlanda, con Elizabeth Smith, de 18 años, madre de su hijo varón:

-Louis Guy Charles Guillaume de Rohan-Chabot (1780- ? ), Vizconde de Chabot, Par de Francia.

El Vizconde de Chabot y luego Conde de Jarnac, abrazaría la carrera militar siendo recibido a la edad de 13 años (1753) en el cuerpo de los Mosqueteros Negros de la Guardia del Rey, en el que permanecerá hasta 1758, año en el que es enviado como Capitán del Regimiento de Caballería Royal-Etranger, bajo el mando de su hermano mayor el Conde de Chabot, convertido éste en Duque de Rohan. Ese mismo año se convierte en el último Conde de Jarnac.

De 1772 a 1780, el conde encarga las obras de embellecimiento del Castillo de Jarnac al arquitecto François-Nicolas Pineau. Por aquella época, su tierra de Jarnac es un feudo importante compuesto por 15 parroquias y 2 enclaves que contienen 115 pueblos, 45 vasallos notables y 11.000 habitantes.

En 1781, Luis XVI le nombra mariscal-de-campo y comandante de las provincias de Aunis, de Saintonge, de Angoumois, e inspector y comandante de la 15ª división de caballería, pero ya no abandona su condado. Debido a su rango militar, asume el mantenimiento del orden público durante el período de carestía de los 6 primeros meses de 1789. Por otro lado, participa activamente a la convocatoria de elecciones para los Estados Generales de Angulema y asiste al principio a la asamblea de la nobleza de Angoumois. Sin embargo, sus ideas avanzadas no serán del gusto de sus semejantes que, apegados a sus privilegios, serán aparcadas y olvidadas. Consciente que el tiempo de su señorío toca a su fin, se retirará de la asamblea antes de la elección de los diputados para los Estados Generales de Versailles.

En setiembre de 1790, sintiendo que ya no cuenta para nada y que ha dejado de ser influyente, decide hacer sus baúles y embarcarse para Irlanda tras recibir el permiso del rey Luis XVI. Dejando atrás su país, jamás tomará las armas contra sus compatriotas. Desde el momento en que la emigración del Conde de Jarnac es oficialmente constatada y pese a que Irlanda es considerada por el gobierno como "país amigo", sus tierras y su castillo de Jarnac son inmediatamente confiscados y pasan a ser bienes nacionales.

Después de la Revolución Francesa y durante los primeros años del Ier. Imperio, el exiliado Conde de Jarnac cambia Irlanda por Inglaterra, mudándose a la localidad de Twickenham, cerca de Londres, donde fallecería en agosto de 1813.

 

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL VIIIº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_VIIIº Príncipe de / 8ème. Prince de_Louis V Joseph de Bourbon-Condé, VIIIº Príncipe de Condé, Príncipe de la Sangre, XVº Duque de Borbón, VIIIº Duque de Enghien y d'Albret, Xº Duque de Montmorency, XIIº Duque de Guisa, VIIº Duque de Bellegarde & Par de Francia, XXVIIº Conde de Sancerre, XXVº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 09-08-1736 / Castillo de Chantilly, 13-05-1818).

Sus padres fueron el feo Luis IV Enrique, Duque de Borbón y 7º Príncipe de Condé, y la hermosa princesa Carlota de Hessen-Rheinfels-Rottenburg. De la unión de la "Bella" y la "Bestia", surgieron entre otros, nuestro protagonista, físicamente más aventajado y mentalmente más sereno después de una sucesión de antecesores tarados y deformes. Por su madre, Luis V José de Borbón era nieto del Landgrave Ernesto Leopoldo de Hessen-Rheinfels-Rottenburg (1684-1749) y de la Princesa Eleonora zu Löwenstein-Wertheim (1686-1753) y sobrino de Polixena Cristina de Hessen-Rheinfels-Rottenburg (1706-1735), esposa del rey Carlos-Manuel III de Cerdeña y Piamonte (1701-1773), hermana y cuñado respectivamente de su madre.

Por parte de padre, era sobrino de la maltratada Princesa de Conti y de los condes de Charolais y de Clermont, Carlos y Luis de Borbón-Condé. Nieto del desquiciado y cruel Luis III, 6º Príncipe de Condé y de la legitimada Mademoiselle de Nantes, Francisca María de Borbón, ésta le hacía bisnieto del rey Luis XIV y de Françoise-Athénaïs de Rochechouart-Mortemart, Marquesa de Montespan.

Luis V José de Borbón nació el 9 de agosto de 1736 en el Palacio de Condé, París.

Su infancia y adolescencia las pasó junto a su hermosa madre en el castillo de Chantilly. La familia de los Condé se encontraba entonces proscrita desde que su padre, primer ministro del rey Luis XV desde 1723, había caído en desgracia una década antes de su nacimiento. Alejados a la fuerza del epicentro versaillesco, Luis V José de Borbón, duque de Enghien, creció entre las delicadezas mundanas de su madre y las obsesiones equinas y científicas de su padre. Pronto, como sus ancestros, Luis José sintió la llamada de la vida militar guiado por la ejemplar carrera del Gran Condé su tatarabuelo.



EL 8º PRÍNCIPE DE CONDÉ


A los catorce años (1740), su padre fallece convirtiéndole en el octavo príncipe de Condé. Menos de un año después, es su madre quien desaparece dejándole completamente huérfano a los quince. Quizá por mediación de la Marquesa de Pompadour, amante oficial del rey Luis XV, el Príncipe de Soubise propone la mano de su hija Carlota-Godefride-Elisabeth de Rohan-Soubise (1737-1760) al adolescente y rico príncipe de Condé. Considerando las ventajas de tal alianza con la linajuda familia de Rohan, que le acercarían nuevamente al favor real, Luis V José de Borbón accedería a casarse con la encantadora heredera de los Soubise. Es cosa hecha en 1753; el novio tiene entonces 17 años, mientras que la novia cuenta 16. Luis XV firma el contrato matrimonial en Versailles y bendice, satisfecho, a los novios que se casan en la capilla real de palacio el 3 de mayo de 1753, ante toda la corte y la Familia Real allí reunidos.

Las ventajas de la semejante boda pronto se harían notar: el Príncipe de Condé y su esposa gozan de las grandes y pequeñas entradas en Versailles, y Luis XV no tardará en concederle la confirmación del cargo de Gran Maestre de Francia, que había sido ostentado por sus antecesores en épocas pasadas. Más aún: aparte de unos apartamentos en palacio, el rey impulsa la carrera militar del joven Condé, que arde en deseos de mostrar su valía en el ejército de Su Majestad.

Tres años después de celebrarse la boda, la Princesa de Condé da a luz al primer hijo varón: Luis VI Enrique de Borbón-Condé, Duque de Borbón (1756-1830). Le seguirían dos niñas más: María de Borbón-Condé (1756-1759) -muerta a los 3 años de edad y hermana melliza del anterior- y Luisa Adelaida de Borbón-Condé (1757-1824), conocida como "Mademoiselle de Condé" y futura abadesa de Remiremont.



Por aquellos años, el joven príncipe ordena la demolición del Palacio de Condé, en París, para construir en su emplazamiento el Teatro de L'Odéon, después de haber erigido el Palais-Bourbon, su nueva residencia en la capital del Sena, hoy sede del Parlamento (Asamblea Nacional).



Nombrado teniente-general de los Ejércitos del Rey en 1758, accede al cargo de gobernador de Borgoña, tras haber participado con nota alta en la Guerra de los Siete Años, añadiendo a su currículum militar las victorias de Grüningen y de Johannisberg (1762). Pero no solo es un general triumfante; es también un jefe que se implica personalmente en los problemas cotidianos de sus soldados y subordinados. Se preocupa por ellos y por sus necesidades, velando siempre por su salud y bienestar. Esos gestos harán que sus soldados le amen como jefe y como persona, y le sigan fielmente allá donde los conduzca. Tal es la buena prensa que difunden sus soldados sobre él, que el Príncipe de Condé pasará a ser tremendamente popular entre los suyos y los que no están a sus órdenes pero ansían tenerle como general.

Sin embargo, dos años antes, su mujer fallece (1760), dejándole viudo y con dos huérfanos.



Aureolado por sus triunfos bélicos, pese a la costosa derrota de Francia en esa penosa contienda europea, el Príncipe de Condé obtiene el permiso de descansar en su castillo de Chantilly donde tiene su propia corte. En sus tierras recibe a mucha gente y demuestra ser el mejor de los anfitriones. Un testigo de entonces, anotaría en 1777, que el Príncipe y ocho de sus amigos solían ser diariamente servidos en la mesa por una cohorte de veinticinco camareros, mientras tocaba toda una orquesta al completo para amenizar sus comidas y cenas.



Por aquella época, ya anda cortejando a la hermosa y rica Princesa de Mónaco, nacida Maria-Catalina de Brignole-Sale (1737-1813), hija de un dogo de Génova y esposa del celoso Príncipe Honorato III de Mónaco, al que le aportó una colosal dote en el momento de casarse. Si entonces las infidelidades entre gentes de la alta sociedad son vistas como algo corriente y se aceptan, el temperamento del príncipe monegasco no encaja nada bien los deslices de su consorte con un pariente del Rey de Francia. Haciendo un escándalo del adulterio de su esposa, Honorato III de Mónaco se atrae la desaprobación de la sociedad parisina que critica su mal perder y su falta de compostura. Harta de sus escenas, la Princesa de Mónaco acabaría por solicitar la separación de cuerpos y abandonaría a su marido para vivir junto al Príncipe de Condé, del que está locamente enamorada.

En 1780, Luis XVI le nombraría Coronel-General de Infantería, pese a su concubinato con la Princesa de Mónaco.

Amigo y protector del célebre libertino y escritor Marqués de Sade, que ha nacido en su casa, no dudará en apadrinar a su hijo Louis-Marie de Sade, y en sostenerlo sobre la pila bautismal en la capilla privada de los Condé en Chantilly.



LA REVOLUCIÓN Y EL EXILIO


Aunque el príncipe pasa por ser un liberal, en 1789 se opuso al doblamiento del Tercer Estado durante la reunión de los Estados Generales en Versailles. Para él, la Revolución tomó un giro desagradable y sus desmanes se hicieron intolerables. Tras la toma de La Bastilla, aquel 14 de julio de 1789, y la partida del Conde de Artois hacia el exilio (15 de julio de 1789), el Príncipe de Condé y su familia optaron por hacer sus baúles y seguir con el ejemplo del hermano menor del Rey. Es el pistoletazo de salida al exilio, el detonante de una auténtica ola de emigración de la nobleza huyendo de una revolución que acabará por hundir todo un mundo en un mar de sangre...

En su marcha hacia el exilio, el Príncipe de Condé arrastra consigo a la Princesa de Mónaco, a su hijo el Duque de Borbón y a su nieto el Duque de Enghien, al Príncipe de Conti, a los Duques de Polignac y a los Príncipes de Rohan-Guéméné... Elige entonces encontrar refugio en los Países-Bajos, luego viaja hasta Turín y, finalmente, se instala en Worms (Alemania) donde empezaría por reunir un ejército a orillas del Rhin, mientras los hermanos del Rey se instalan en Coblenza. Sus peregrinajes por las cortes vecinas tan solo obedecen a un objetivo: conseguir apoyos y ayudas. Seguido por lo más granado de la aristocracia gala, por algunos de sus antiguos soldados y subordinados, se decide a crear un ejército destinado a combatir a las tropas revolucionarias que empiezan a arrasar más allá de las fronteras francesas. Paralelamente, crea una red de espionaje para sabotear la Revolución desde dentro.



En 1790, Luis V José de Borbón declaraba a sus semejantes:


"Desde hace un año ya, he abandonado mi patria; debo exponer a los ojos de Europa los motivos que me han obligado a salir de ella. El pueblo francés se ha dejado perder por facciones, pero abrirá los ojos, ese buen pueblo; enrojecerá por los crímenes que la intriga y la ambición de sus jefes le han llevado a cometer. Volverá a enderezar, con sus propias manos, el trono de sus reyes o me sepultaré bajo las ruinas de la monarquía. La nobleza es una: es la causa de todos los príncipes, de todos los gentilhombres, que yo defiendo; se reunirán bajo el glorioso estandarte que yo desplegaré a su cabeza. Si, yo iré, pese al horror que debe naturalmente inspirar a un descendiente de San Luis, la idea de manchar su espada con la sangre de los Franceses; iré a la cabeza de la nobleza de todas las naciones y seguido por todos los súbditos fieles a su rey, que se reunirán bajo mis banderas, e intentaré liberar a este infortunado monarca."


Sin embargo, sus gestiones y operaciones resultan molestas a las potencias extranjeras. Preocupados por controlar los movimientos de los emigrados franceses, las cortes de Viena y Berlín mantienen al Príncipe de Condé alejado de todas las operaciones militares en 1792 y, para colmo, le subordinan a un general austríaco (1793). Estacionado a orillas del Rhin entre 1794 y 1795, el Ejército de Condé pasa luego bajo el control de Gran-Bretaña, de Austria y de Rusia sucesivamente, ya que estas potencias contribuyen a su manutención y dirección.

En 1796, mandaría recado al Duque Luis-Felipe de Orléans (hijo del tristemente célebre Felipe-Igualdad) para que se uniera al Ejército de Condé, pero éste negándose a combatir contra sus hermanos de armas, rehusó responder a la petición. Pese a la desertación del joven Orléans, convertido en un simple maestro de escuela en Suiza, en el Ejército de Condé se cuentan a numerosos jóvenes aristócratas como el Duque de Richelieu, el Vizconde de Châteaubriand y el Duque de Blacas, personajes que serían figuras de proa de la Restauración Monárquica en 1814.

En 1797, tras el Tratado de Campoformio establecido entre Austria y la República Francesa, el Príncipe de Condé y su ejército pasan al servicio del zar Pablo I de Rusia. Tras el Tratado de Lunéville, en el que Rusia abandona la coalición contra Francia, su ejército es finalmente disuelto. Tras haber realizado, en vano, auténticos prodigios de valor en Wissemburg, Haguenau y Bentheim, el príncipe se vió obligado a disolver sus tropas y retirarse a Inglaterra con su familia (1801), instalándose en Wanstead. La Princesa de Mónaco le acompañaría fielmente en aquellos primeros y lúgubres años. Para poner fin a su situación irregular, el príncipe matrimonió con Maria-Catalina de Brignole-Sale tras pedir el visto bueno del Conde de Provenza, nuevo jefe de los Borbones al ser guillotinado su hermano Luis XVI (21 de enero de 1793) y al fallecer en extrañas circunstancias su sobrino el Delfín Luis XVII (1795) en la Torre del Temple.

En su exilio británico, padre e hijo malviven servidos por criados a los que, dificilmente, consiguen pagar puntualmente los sueldos. Tampoco pueden comprarse ropa nueva ni dedicarse a recibir como antaño en Chantilly; el dinero no siempre les llega para comer decentemente. Pese a la miseria en la que se ven sumidos, viven y comen siguiendo a rajatabla todo el viejo ceremonial cortesano de Versailles, ataviados con trajes pasados de moda, usados y remendados. Las tediosas veladas eran amenizadas con sus viejos recuerdos, conversaciones y lecturas aburridas que intentaban distraerles de su tristeza y abatimiento moral.

El rey Jorge III se apiadaría de su triste situación, concediéndoles una única pensión de 675 Libras que debían, sin embargo, compartir. Recibían más de la corte de Saint-James que los Duques de Orléans, pero mucho menos que el Conde de Provenza y el Conde de Artois. La generosidad británica rozaba la racanería.

El triumfo de la Revolución y el advenimiento del Consulado con el general Napoleón Bonaparte en Francia, acaban por tener un efecto demoledor en el espíritu del Príncipe de Condé. Perdiendo contacto con la realidad, persiste en su idea de levantar un nuevo ejército contra-revolucionario y transmite instrucciones bélicas a su nieto, el Duque de Enghien, entonces afincado como un simple particular en el castillo de Ettenheim, en Baden, propiedad heredada de su abuela, sin comprender que los tiempos han cambiado.

El destino le reservaría un último golpe fatal: su nieto Luis Antonio, Duque de Enghien, sería nocturnamente secuestrado en su residencia badense de Ettenheim por la policía secreta de Napoleón y, tras un interrogatorio y una parodia de juicio, ejecutado en los fosos del castillo de Vincennes (21 de marzo de 1804). Con el asesinato de su nieto, el linaje de los Príncipes de Condé quedaba letalmente seccionado y condenado a desaparecer con el Duque de Borbón, Luis VI Enrique (1756-1830).

En 1813, otra muerte viene a ensombrecer al príncipe: su segunda esposa, Maria-Catalina de Brignole-Sale, ex-princesa de Mónaco, fallece y es sepultada en el cementerio de Wimbledon.




EL REGRESO A LA PATRIA



Su exilio duraría hasta la caída del Imperio Napoleónico (1814), y tras confirmarse la noticia que el Senado Imperial llamaba al Conde de Provenza a posesionarse del trono de sus padres como rey y con el ordinal de Luis XVIII. El retorno de la monarquía a Francia puso punto y final a un tedioso y miserable exilio de 25 años. Dos décadas y media que hicieron mella en el príncipe; los disgustos, las desgracias y las penas arruinaron su ánimo y, aquejado de senilidad con 78 años de edad, Luis V José de Borbón regresaba a su patria sin entender muy bien qué estaba pasando. Todas sus propiedades habían sido confiscadas desde su marcha en 1789, y sus tesoros artísticos saqueados y vendidos en subasta. El castillo de Chantilly, joya de la corona de los Condé, había sufrido mucho de los desmanes revolucionarios: saqueado, incendiado y demolido en gran parte, tan solo subsistían el "petit-château" (pequeño castillo) y el castillo de Enghien de aquel grandioso complejo, junto con las grandes y hermosas cuadras construidas por su padre, que se salvaron milagrosamente de la destrucción. Su residencia parisiense del "Palais-Bourbon", se había convertido en sede de la cámara de los diputados, la hoy día Asamblea Nacional (parlamento) y el Gobierno tuvo que devolverselo junto con todas las otras propiedades que le habían sido arrebatadas por la República en 1792. Para el "Palais-Bourbon", el príncipe se contentó con el acuerdo de seguir cediendo parte del palacio al Parlamento a cambio de un sustancioso arrendamiento, mediante un contrato de alquiler de 3 años, permitiéndole además ocupar la otra parte que no se utilizaba como vivienda particular. Habría que esperar hasta 1827 para que el Estado se convirtiera en el nuevo propietario del complejo palatino conformados por el "Palais-Bourbon" y el palacio de Lassay, que formaban un solo edificio desde 1764.

Quizá la peor parte del reencuentro con su patria, fue ver cómo habían saqueado las tumbas de sus padres y antecesores en Valléry, cuyos restos fueron violados y tirados a una fosa común por los revolucionarios. Su hijo, el Duque de Borbón, se encargó de la triste tarea de exhumar los cuerpos de sus antepasados para devolverlos a su antiguo emplazamiento en una única tumba sellada por una sencilla losa de marmol gris.

Una vez restaurado en el trono de sus padres, Luis XVIII devolvió al anciano Príncipe de Condé su antiguo cargo de Gran Maestre de Francia, lo que implicaba tener funciones oficiales en la corte instalada en el Palacio de Las Tulerías, y de la que sería un asiduo miembro, mientras su hijo la desertaba. Con la excusa de sus años, el Príncipe de Condé se exprime libremente y sin florituras sobre todo lo que acontece en la corte o en el Gobierno.

Al cabo de cuatro años, el octavo Príncipe de Condé, viejo y agotado, fallecía en su querida propiedad de Chantilly el 13 de mayo de 1818, a la edad de 82 años.

A modo de anécdota, podríamos avanzar la teoría de algunos historiadores de que el famoso pretendiente Charles Naundorff, que se creía que era el pobre Delfín Luis XVII escapado del Temple en 1795 (y reemplazado por otro niño de la misma edad y muerto de tuberculosis en aquella lóbrega celda), no era en realidad el hijo de Luis XVI y de Maria-Antonieta, sino un bastardo del Príncipe de Condé, lo que explicaría su semblanza física con los Borbones y su conocimiento de las costumbres de la corte de Versailles.

 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

EL CONDE DE CASTÉJA




CASTÉJA_Conde de / Comte de_Stanislas Catherine de Biaudos de Castéja, Caballero y luego Conde de Castéja, Señor de Vaux, de Framerville, de Rainecourt, de Herleville y de Belleuse (Castillo d'Anthée, Namur, Bélgica, 30-01-1738 / Castillo de Vêves, Celles, Namur, Bélgica, 10-05-1792). Hijo segundón de René François de Biaudos, IIº Marqués de Castéja, Caballero de la Orden Militar de San Luis, gentilhombre de la Cámara del Rey de Polonia, gobernador de Marienburg, y de Jeanne Henriette Jacquier de Rosée, dama de honor y de compañía de la Duquesa du Maine. Sus padrinos fueron el ex Rey de Polonia Estanislao I Leszczynski, Duque de Lorena, y su esposa la ex Reina Catalina de Polonia.

Por ser hijo segundón de un marqués sin fortuna, fue tempranamente condenado a buscarse la vida. Sin embargo, a la edad de 13 años, tuvo la suerte de verse designado heredero universal del Conde Marie-Ferdinand de Berlo de Frandouair, miembro de una poderosa familia de la nobleza belga que se había encariñado con el joven adolescente sin fortuna. Fue de ese rico aristócrata, fallecido en 1763, que recibió el feudo de Vaux, único bien que poseerá ya que renunciará a su parte de la herencia paterna, juzgada sin interés y cubierta de deudas.

A sus 16 años, ingresa en el Ejército Francés escogiendo la Infantería, menos prestigiosa que la Caballería en la que servía su hermano mayor pero con grados menos onerosos. Muy apreciado por sus superiores, hizo una muy buena carrera en el Regimiento del Conde de La Marck ascendiendo al rango de teniente el 29 de abril de 1747; nombrado teniente-segundo el 1 de enero de 1748 y primer teniente el 21 de marzo, consiguió el grado de capitán el 5 de agosto de 1754. Sirvió en Alemania entre 1757 y 1762. Su regimiento tomó parte en 1757 en la batalla de Hastembeck, la conquista de Hannover, la batalla de Rossbach y, en 1758, en la batalla de Krefeld y el combate de Meer, en 1760 en la batalla de Korbach, al ataque de Kassel y de Minden, en 1761 en la refriega de Wilhelmstadt.

Nombrado capitán el 20 de julio de 1761 y mayor del Royal-Suédois el 31 de diciembre de 1766, era mencionado en los informes de sus superiores como un excelente oficial destinado a obtener el grado de teniente-coronel. Trasladado al Regimiento de Alsacia el 4 de marzo de 1767, lo abandona el 29 de febrero de 1768 por cuestiones personales: se sentía humillado en su amor propio al no poder desempeñar su cargo con distinción. Nombrado mayor del Bourbonnais el 11 de agosto de 1768, cuyo coronel había solicitado su ingreso desde diciembre de 1767, obtuvo el rango de teniente-coronel el 24 de marzo de 1769 y la más que merecida cruz de la Orden de San Luis, de manos del Rey Luis XV el 12 de noviembre de 1770.

Escogido para ser el coronel-teniente del Regimiento del Royal-Comtois el 28 de julio de 1773, con misión de restaurar en éste el orden y la disciplina, sustituía al Conde de Noé. Le precedía su reputación de firmeza y sus talentos como organizador; de él ya anotaban: "oficial superior y excelente desde todos los puntos de vista." Para hacerse cargo de semejante regimiento tuvo que desembolsar 30.000 libras pero, no teniendo los medios necesarios para mantenerse al frente de ese cuerpo (debía 1.500 libras de intereses sobre el préstamos necesario para comprar su regimiento, y solo le quedaban 3.000 libras de sueldo), Luis XV le otorgó una gratificación anual de 6.000 libras.

Elevado al rango de brigadier el 1 de marzo de 1780, Luis XVI le otorga el de Mariscal-de-Campo el 1 de enero de 1784. Tras esa nominación regia, abandona su regimiento para convertirse en inspector de infantería en la 1ª división de Alsacia el 1 de abril de 1788, y de nuevo en 1789.

El 10 de enero de 1779, en Versailles, el Rey y la familia real dan su permiso para su boda con una rica heredera de la nobleza picarda, nieta paterna del Marqués Doria y por lado materno del Conde de Watteville, gobernador de Ham: Marie Élisabeth Françoise Desfrisches-Doria, juzgada pequeña, fea y jorobada pero dotada de un excelente carácter, mucho intelecto y de sentimientos firmes a la par que nobles. Como dote, la novia aporta varios señoríos entre los cuales se distinguen Framerville, Rainecourt, Herleville y Belleuse. La ceremonia religiosa tiene lugar el 3 de febrero en Cayeux-en-Santerre. La pareja se instala en el Castillo de Framerville, una mansión agradable y ricamente amueblada construída a finales del siglo XVII. Marido y mujer llevan entre sus muros la tradicional vida de los nobles de provincias: carrera militar, gestión de los bienes matrimoniales, cacerías y lectura para el conde, tapicería para la condesa, visitas de cortesía y recepciones mundanas.

Ese año de 1779, el Caballero de Castéja toma el título de conde al convertirse su hermano mayor, Louis-Anne-Alexandre de Biaudos, en el IIIer. Marqués de Castéja a la muerte de su padre.

El Conde de Castéja sería elegido diputado suplente de la nobleza de Péronne en los Estados Generales el 25 de abril de 1789, pero nunca fue llamado a sentarse en la asamblea. Por otro lado, fue encargado de verificar las cuentas de los regimientos el 12 de agosto de 1790. En noviembre del mismo año, el comité militar de la Asamblea expresó su deseo de nombrarle ministro de la Guerra, pero la intervención del Marqués de La Fayette a favor de Portail echó por tierra su nombramiento. Integrado en la 16ª división militar en abril de 1791, rehusó prestar el nuevo juramento, dio su dimisión y ésta fue aceptada el 13 de agosto de 1791. En octubre, decide emigrar y abandona Francia para Coblenza, dónde se une voluntariamente al Ejército de los Príncipes, dejando a su esposa en una situación harto delicada. Aunque acabará por abandonar ese ejército de emigrados contrarrevolucionarios antes de su disolución, el Conde de Castéja se verá en la imposibilidad de regresar a Francia por culpa de los decretos de 1791 y 1792, que le condenan al exilio. Gravemente enfermo, encuentra refugio en el Castillo de Vêves, en Celles, propiedad de su primo el Conde Hilario de Liedekerke-Beaufort, y fallece el 10 de mayo de 1792.

Antes de expirar, el conde hizo una declaración formal precisando que sus bienes franceses eran legalmente posesiones de su esposa. La declaración fue suficiente para no tener que recurrir al divorcio de los cónyuges y solución utilizada por muchos emigrados para salvar sus bienes de la confiscación.




La Condesa Viuda de Castéja, por el mero hecho de ser una aristócrata, fue encarcelada entre noviembre de 1793 y julio de 1794, escapando de la guillotina de milagro. Liberada, encontró las puertas de su Castillo de Framerville selladas y vaciado de su mobiliario, que había sido embargado por las autoridades revolucionarias. Empezó entonces una larga batalla jurídica para recuperar lo que no había sido subastado y recibir una compensación económica por los perjuicios sufridos. Por fin ganada, la Condesa Viuda murió en su castillo el 20 de abril de 1803, no sin antes preservar la mayor parte de sus intereses y transmitirles a sus dos hijos varones: André de Biaudos, Conde de Castéja y Prefecto bajo la Restauración, y Jean-Marie-François de Biaudos, Vizconde de Castéja, que eligió la carrera militar. Al cabo de 8 años de batalla judicial, también consiguió que su difunto marido fuera borrado de la lista de los emigrados.

 

jueves, 30 de octubre de 2014

EL VIIº PRÍNCIPE DE CONDÉ




CONDÉ_VIIº Príncipe de / 7ème. Prince de_Louis IV Henri de Bourbon-Condé, VIIº Príncipe de Condé y Príncipe de La Sangre, XIVº Duque de Bourbon, IXº Duque de Montmorency, XIº Duque de Guisa, VIº Duque de Bellegarde, VIIº Duque d'Enghien y d'Albret & Par de Francia, XXVIº Conde de Sancerre y XXIVº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Palacio de Versailles, 18-08-1692 / Castillo de Chantilly, 27-01-1740).

Hijo y heredero del duque Luis III de Borbón, 6º Príncipe de Condé, y de Mademoiselle de Nantes, Luisa-Francisca de Borbón (hija legitimada del rey Luis XIV de Francia y de la Marquesa de Montespan), tuvo por hermanos a Carlos de Borbón-Condé, Conde de Charolais, Luis, Conde de Clermont y a Luisa-Elisabeth, Princesa de Conti. Casó en primeras nupcias con Maria-Ana de Borbón-Conti, y en segundas con la Princesa Carlota de Hessen-Rheinfels-Rottenburg.

Se le describió de altura normal, lo que es de subrayar en la familia de Condé dada la herencia genética de Clara-Clemencia de Maillé-Brézé, que otorgó muy a menudo a los miembros de esta familia una pequeñísima estatura. Sin embargo, los desarreglos mentales permanecieron aunque éstos iban menguando a medida que las generaciones se sucedían en el tiempo. Se sabe que el príncipe tenía el rostro huesudo y la voz ronca. Hasta la muerte de su padre, Luis IV Enrique de Borbón-Condé ostentó oficialmente el título de "Duque de Enghien", para luego recibir autorización regia de tomar el título de "Duque de Borbón", título que, sea dicho de paso, prevaleció sobre el de Príncipe de Condé por cuestión de gusto.

Fue la célebre Duquesa de Orléans, Princesa Palatina Elisabeth-Carlota de Baviera, familiarmente apodada "Liselotte" quien, en sus cartas, le describió tal que así: "Un extraño pájaro, muy alto, huesudo, enjuto cual una astilla de madera, el cuerpo curvado, cortísimo, las piernas largas como las de una cigüeña y sin gemelos, los ojos horrendamente rojos, las mejillas vaciadas, el mentón tremendamente largo, de tal forma que parecía no pertenecer al rostro, y gruesos labios; en pocas palabras, una fealdad que incluso en la corte no se encuentra con frecuencia. Con esto, el personaje posee mucho vigor, mucho talento para los ejercicios del cuerpo más aún que para los del espíritu, grandes conocimientos y mucha aplicación en los asuntos..."

A sus 18 años de edad, recibe todos los cargos y gobiernos que, dos años atrás, su padre Luis III de Condé había tenido en heredad de su padre el Príncipe. A los 23 entra en el Consejo de Regencia, aliándose al regente Felipe II de Orléans, contra su tía Ana-Luisa-Benedicta que maniobraba e intrigaba para conservar el rango de "Príncipe de la Sangre" de su marido el Duque du Maine.

En 1713, a la firma del Tratado de Utrecht que fuerza a Francia a renunciar a sus pretensiones sobre el trono de España, Luis IV Enrique de Borbón-Condé escribe al rey que "nadie dispone del derecho de pretensión más que Dios mismo y que no pertenece a ningún rey el privilegio de decidir quien debe suceder a quien."


El Príncipe y los Bastardos Reales


Asedia al Regente, que parece mostrar cierta lentitud y dejadez ante los príncipes legitimados que conforman el bloque conservador y rival en la Corte, pretendiendo echarle de la regencia y ocupar su puesto al timón:

Borbón:-"Señor, finalmente mantendréis palabra?"

Orléans:-"Paciencia, Primo Mío, por qué impacientaros de este modo? Conozco de sobras las ganas que tenéis de rebajar a los príncipes legitimados, vuestros tíos. Sé también que, cuando pretendía a la regencia, os prometí mi apoyo."

B-"Basta ya! Ya no me haréis esperar más con vuestros hermosos discursos. Me dais cien palabras y no cumplís ni una sola. ¿Acaso os habéis vuelto sordo y ciego ante las calumnias vertidas contra vos por las gentes de Sceaux?"

O-"Las picaduras me dejan indiferente."


B-"Decid mejor que deseáis acomodaros con vuestra esposa que, sobre todas las cosas, se le ve aún más bastarda que sus hermanos!"

O-"Vigilad vuestras palabras, Monsieur. Que seáis mi pariente y mi aliado no os concede privilegio para estas libertades. ¿Debo recordaros que vuestra madre es hermana de mi esposa? Cuando se tiene a una Marquesa de Montespan por abuela, no se puede uno abrochar demasiado alto el botón. Tomadlo de otra forma, sin altanería, o me haréis enfadar de verdad."


Las Duquesas


El Duque Felipe II de Orléans, acabará harto de los repetidos asedios del Príncipe de Condé. Para atraerlo en su campo antes de la sesión parlamentaria que debía determinar sobre la suerte de la regencia, le promete obtener, tan pronto como tenga en sus manos las riendas del poder, la anulación de las actas de 1714 y 1715 que conferían a los bastardos legitimados el derecho a suceder en el trono y el rango de príncipes de la Sangre. Pero el gesto le repugna de tal modo que no consigue resolverse a cumplir con su promesa. Orléans no desea infligir semejante desagravio a su consorte quien, mal amada por sus hijos, tiene por su verdadera familia a sus hermanos. Sabe que, además, los bastardos no le amenazan mientras él no pretenda despojarles de forma tan radical de sus privilegios. El regente ve con claridad el asunto y esta querella tan solo se debe a un odio entre mujeres. A un lado se encuentra Madame la Duquesa, viuda de Luis III de Condé, y al otro lado la Duquesa du Maine. La primera, convertida por matrimonio en princesa de la Sangre, trabaja para allanar el camino a sus hijos; la segunda, nacida princesa de la Sangre, y obsesionada por conservar el rango, asedia a su marido y a sus fieles "Caballeros de La Mosca de Miel" (fantasiosa orden caballeresca creada por ella para honrar a sus más leales amigos que frecuentaban su pequeña y brillantísima corte del castillo de Sceaux). Pero de hecho, la historia viene de más lejos aún. A la muerte del príncipe Enrique III Julio de Condé, el demente que hizo infernal la vida a su familia, se habían tardado meses y meses para establecer un inventario de sus inmensos bienes y para desenmarañar su sucesión, puesto que el príncipe Luis III, apodado "el Simio Verde", no podía pretender hacerse con el pastel entero de la herencia; sus hermanas, hambrientas, entre las cuales se contaba a la Duquesa du Maine, reclamaban a voces sus partes correspondientes. Desgraciadamente, Luis III se había hecho con toda la herencia desde hacía mucho sin pensar, ni un solo momento, proceder al reparto de la herencia principesca. No hizo falta nada más para que hermano y hermanas se enemistasen y se peleasen de forma tan terrible. Dado que al morir Luis III de Condé, la herencia pasa a ser de su heredero Luis IV Enrique, el espinoso asunto persiste y se prolonga de una generación a otra.


La Victoria


Tras la revocación de los edictos que instituyeron como sucesores al trono a los bastardos legitimados, en el caso de que desaparecieran las ramas legítimas y colaterales de la Casa Real, el Príncipe de Condé pretende abatir a sus rivales de forma completa. Pretende, además, hacerse con la superintendencia de la Educación del Rey Luis XV. Este cargo tiene que depender, por norma, del Primer Príncipe de la Sangre, y quién mejor que él para pretender a este puesto. Felipe II de Orléans, bajo su aparente inconsecuencia, es un hombre regido por la prudencia y un avezado político. Para obtener la regencia sin reparto de poder, ha adulado al Parlamento de París. En este caso, le es menester el apoyo de los príncipes de la Sangre y de los duques y pares para ir contra sus antiguos aliados. Sin embargo sabe que, el que pide ha de dar algo a cambio: a los pares, la supresión del odiado rango intermedio y, al cuervo de Luis IV Enrique de Condé, la superintendencia de la Educación del Rey. El asunto acaba por zanjarse y viene, finalmente, el golpe de gracia: si el Duque du Maine no posee más derechos que los que están ligados a su paridad ducal, el Mariscal-Duque de Villeroy, que posee una paridad mucho más antigua, no puede servir bajo sus órdenes. La petición es justa y todo el mundo se pone de acuerdo en este punto. El regente sentencia salomónicamente y el clan Borbón-Maine estalla iracundo. Es entonces en este punto de inflexión, cuando se produce el enemistamiento entre el regente y los Duques du Maine, y se plantan las semillas de la conspiración de "Cellamare", llevada a cabo por y bajo la batuta de Ana-Luisa-Benedicta de Borbón-Condé, duquesa du Maine. Cuando ésta será descubierta, los duques serán encarcelados. Para colmo de revancha, la duquesa du Maine lo será en las tierras mismas del Duque de Borbón: primero en Dijon, luego en Châlons. Pero esto no parecerá contentar al cuervo de Condé, que desea como trofeo la mismísima cabeza del cojo duque du Maine. De la cárcel siempre se acaba saliendo. De hecho, los esposos serán liberados un año después de su cautividad. Mientras tanto, el Duque de Borbón dará su último golpe al clan de Borbón-Maine, haciéndose con el cargo de Gran Maestre de la Artillería.

El Duque de Berry (nieto de Luis XIV y tío de Luis XV), bastante descuidado como era costumbre en él, le había reventado un ojo al Duque de Borbón durante una cacería. Habiéndose enriquecido gracias al sistema financiero de John Law, provocó la bancarrota de éste cuando exigió que le devolviese sus inversiones al contado: 60 millones en oro. Aquello provocó el descrédito del sistema y toda la obra de Law se desmoronó, dejando Francia más pobre que antes contando algunas excepciones particulares. Sesenta millones para Luis IV Enrique de Borbón-Condé, cinco para Luis-Armando II de Borbón-Conti... Un día en que presumió de su cuantiosa fortuna personal, uno le replicó que "si él tenía el dinero, sus antepasados tenían la gloria".

Pese a ser una persona notablemente inteligente, era bastante indiferente en materia financiera y dejaba a sus financieros la gerencia de sus pingües beneficios en su nombre.


La Muerte del Regente


El Rey Luis XV llora a moco tendido sobre el hombro del Duque de Borbón, ese cuervo tuerto que por norma le provoca cierto repelús físico cuando le ve. Su Majestad llora, y el Duque, superintendente de su educación y primer príncipe de la Sangre, irradia felicidad. Finalmente, el poder se ofrece a él: el duque de Orléans ha muerto fulminado por una apoplejía, en la noche del 2 de diciembre de 1723. No se puede uno librar a la sistemática destrucción, piedra a piedra, de la obra levantada por su predecesor en el gobierno a lo largo de ocho años. Pero si sienta bien administrar sin amarguras la herencia, hay que saber también mirar hacia el futuro. Si el joven Luis XV viniera a fallecer, ¿qué sería del clan de los Condé? En el orden sucesorio, es el duque de Orléans, hijo del difunto regente, quien ceñiría la corona, y sus hijos después de él. A los Condé no les quedaría más que su hermoso castillo de Chantilly para plantar coles... Raudo y veloz, el Duque de Borbón se ha propuesto ante el entristecido monarca para colmar el vacío dejado por el difunto al frente del Gobierno de la Nación. No pudiendo ser regente, dado que el rey ha dejado de tener 13 años de edad, será primer ministro y primer príncipe de la Sangre. Suena entonces el final de la influencia del clan Orléans... El escenario pertenece a los Condé. La madre de Luis IV Enrique tomará entonces su revancha, tomando la delantera sobre su hermana pequeña a la que tuvo que ceder el paso durante 30 largos años. Que su hijo no entienda nada de política, que el pueblo le odia, poco le importa!


Los Asuntos de España


Tiempo llevaba ya el clan Condé planeando romper esas bodas franco-españolas que aureolaban con insolente gloria la Casa de Orléans. El 9 de febrero de 1724, el rey Felipe V de España había abdicado en favor de su hijo primogénito el Príncipe de Asturias, Luis I, entonces desposado con una princesa de Orléans. Se había cumplido el sueño de la Duquesa de Orléans: el de despertarse un día siendo la madre de la reina de España. Desgraciadamente, Luis I de España tuvo un efímero reinado: siete meses después, fallecía de viruelas y su viuda era devuelta a Francia sin haber dado herederos al trono de Las Españas. Pero, hasta su último día, aquella pécora que eructaba en las narices de cortesanos y embajadores, conservará en la corte francesa su rango de reina y nada ni nadie podía hacerla descender del pedestal. De esto enrabian Madame la Duquesa de Borbón y sus hijas, que deben doblegarse ante las exigencias de la etiqueta y curvar el lomo ante aquella indecorosa soberana. Para empeorar las cosas, Felipe V había acordado el matrimonio de su otro hijo con la hermana de Luisa-Isabel de Orléans, Mademoiselle de Beaujolais, de entonces 9 años de edad y que posee tantas virtudes como malas maneras tiene su mayor.


La Boda del Rey

Luis IV Enrique de Borbón-Condé no se muestra dispuesto a seguir sufriendo del triunfo de los Orléans, eclipsando a su propia casa. Lejos de mostrar paciencia, pues el joven rey puede en cualquier momento caer otra vez enfermo y contraer alguna fiebre maligna que le lleve a la tumba, se propone asegurar la sucesión real del Borbón primogénito (Luis XV). El Duque de Borbón tiene bastante audacia y baraja casar a una de sus hermanas con el soberano: Enriqueta de Borbón-Condé, Mademoiselle de Vermandois, o Elisabeth de Borbón-Condé, Mademoiselle de Sens, son candidatas ideales a reinas de Francia y eso sería un golpe magistral en el que los Condé conseguirían finalmente la supremacía sobre sus rivales Orléans, pudiendo rebajarles los humos.

Sabía de sobras que si Luis XV viniera a fallecer sin hijos (pues ya andaba prometido con la Infanta de España, Doña María-Ana Victoria de Borbón), la corona sería automáticamente ceñida por el Duque Luis I de Orléans, un personaje tachado de "tonto" que pasaba por ser un "mea-pilas" y un beato que provocaba no pocos comentarios jocosos entre la alta sociedad parisina, al tener una actitud y un modus vivendi estrafalario y original. Sobretodo era conocido el odio recíproco entre las dos casas principescas, un odio vigilante, y el Duque de Borbón sentía cierta desesperación ante la idea de tener que poner rodilla en tierra ante un Orléans. Ese único pensamiento le revolvía las entrañas y soliviantaba su orgullo. Y si el difunto regente Felipe II de Orléans no vió ningún impedimento en la abismal diferencia de edades entre el joven Luis XV y la niña Ana-María Victoria de España, que posponía para mucho más adelante la posibilidad de una descendencia regia, Luis-Enrique encontraba en ese asunto demasiados inconvenientes. ¿Se podía acaso barajar la idea de devolver la infanta a Madrid?

Entró entonces en escena la amante del Duque de Borbón, Agnès Berthelot de Pléneuf, Marquesa de Prie. Ésta no aprueba el plan de su amante y opta por designar una princesa más humilde que una Condé, que le fuera agradecida de por vida y sobre la cual pudiera extender su influencia. Hacía falta, para eso, encontrar a una Isabel Farnesio pero sin el temperamento de aquella humilde princesa parmesana que luego tumbó a la Princesa de los Ursinos. Se barajaron entonces toda una serie de princesas, entre las cuales figuraba la hija del destronado rey Estanislao I de Polonia. El monarca polaco, expulsado del trono, arruinado (tenía sus bienes embargados por su rival sajón, Federico-Augusto I "el Fuerte"), tenía una hija de 22 años, dulce y conciliadora, sin belleza ni fortuna. La Marquesa de Prie apostó entonces por ella y la presentó a su amante como la candidata ideal para que ambos conservasen la influencia política en la corte. El Duque de Borbón no es tan mala persona como se le ha podido describir; tiene el carácter de un hombre que busca el bien del reino, hasta donde sus luces le permitan llegar. El problema es que esas luces son extremadamente cortas y, cuando la marquesa habla, la pasión que resiente por ella hace que éstas se apaguen de inmediato. En ciego confiado, no ve más allá de sus propias narices y escucha los consejos de su amante como si fuesen los mejores, y no los discute. Su favorita le propone coronar cuanto antes a la polaca? Con gusto sacrifica entonces la alianza que habría sellado la fortuna de su casa. La elección está hecha.

La realidad es que Luis-Enrique de Borbón, al quedarse viudo de su primera esposa, planeaba él mismo casarse por segunda vez y precisamente con la princesa María Lesczcynska de Polonia, pero sus aproximaciones fueron tan discretas y tan mal seguidas que el ex-rey Estanislao I Lesczcynski no quiso creer en sus intenciones, o no les quiso dar importancia, dada su situación (bastante mala), pareciéndole demasiado bonito para que fueran verdad. El Duque de Borbón, a sus 33 primaveras, no era desde luego un galán que tumbase a las damas: de voz ronca, paseaba su enjuta carcasa jorobada sobre un par de zancos, y un rostro de rasgos ingratos, con una fealdad que asustaba, para colmo tuerto, coronaban el conjunto nada halagüeño de este hombre de altísima cuna y grandiosa fortuna. Tenía a su favor el ser príncipe de la Sangre, y primer ministro de Su Cristianísima Majestad, además de poseer un don para las finanzas (sus 60 millones daban fe de ese don) antes del descalabro de John Law. Pero andaba totalmente dominado por su amante, la Marquesa de Prie, hija de un proveedor del Ejército, y tan bella como él era feo, tan inteligente como él limitado, ambiciosa para los dos, amiga y protectora de artistas y escritores, anunciando en cierto modo el reinado de la Marquesa de Pompadour.

Madame de Prie pensaba que María Lesczcynska sería una excelente esposa para el Duque de Borbón; su modesta belleza y su carácter reservado, serían la garantía de que ésta no la eclipsaría en el corazón de Luis-Enrique.

Estanislao I estimó, con gusto, que el asunto iba viento en popa cuando, repentinamente, llegó al castillo de Wissemburgo, el 24 de febrero de 1725, el pintor Pierre Gobert, retratista de los grandes de este mundo. Venía enviado el artista por la propia marquesa de Prie, para realizar lo más rápidamente posible el retrato de la princesa. Para el ex-rey de Polonia, no cabe duda de que el Duque de Borbón pretende saber qué aspecto tiene su futura esposa, que no conoce. La marquesa hizo entonces llegar una misiva a Wissemburgo, para dar fe que el retrato había gustado.

El lunes 2 de abril, un correo trae a Estanislao I una carta lacrada a las armas del Duque de Borbón. El ex-soberano descubre que el duque pide la mano de su hija, no para él, sino para el Rey Luis XV de Francia. La impresión es tal que Estanislao I cae desmayado.

Para todo el mundo, esta boda es obra del Duque de Borbón y de su amante la Marquesa de Prie, demasiado felices de entregar al Rey una princesa desconocida, sacada de las tinieblas, del olvido y de la miseria, y que les debe enteramente su fabulosa ascensión al Olimpo Versallesco y que, por supuesto, les sería eternamente agradecida y dócil.


La Caída en desgracia


El Rey acaba por hartarse de tener en su corte a tan ambiciosos parásitos como el clan de los Condé. De lo que más se resiente, es de la presencia de la Marquesa de Prie, y de sus acólitos los banqueros Pâris-Duverney y Pâris-Montmartel, un par de hermanos usureros que dictan el buen o mal tiempo, según las necesidades pecuniarias de la Corona. Harto de que otros gobiernen en su nombre, Luis XV ha alcanzado sus 16 años de edad, la edad de imponer su ley y su voluntad. El Duque de Borbón, que desde hace 3 años gobierna Francia (desde la muerte del regente Felipe II de Orléans), se cree irremplazable, inamovible. Si al menos supiera hacerse respetar y amar mediante una buena gestión de los asuntos públicos... Pero, por lo visto, el poder le ha corrompido y se ha servido ampliamente en el Tesoro Público, acumulando más oro, traficando sobre los cereales y, como en tiempos de Law, no piensa en otra cosa que en enriquecerse. El prudente Fleury, obispo de Fréjus y preceptor del Rey, deja que el duque haga y deshaga a su antojo en los asuntos, a sabiendas que él solito está hundiendo su propio navío. Fleury deja caer algunos comentarios, bien diseminados en sus conversaciones con su real pupilo, y Luis XV toma nota de que ha llegado el momento de escoger. De hecho ya ha escogido y tomado su decisión de forma inapelable pero nadie sabe nada aún, ni siquiera la Reina quien, si estuviera al corriente, se echaría a sus pies para pedir conservar al duque. Dice el refrán que ser agradecido es de bien nacido, y la consorte del monarca lo tiene muy presente; por lo que toca a Luis XV, nada debe al Duque de Borbón.

El 12 de junio de 1726, la carroza real espera en el Patio de Mármol del Palacio de Versailles, para llevar a Su Majestad al castillo de Rambouillet, donde suele acudir para sus cacerías. A las tres de la tarde, Luis XV acaba de comer y despide con extrema amabilidad a Luis-Enrique, rogándole que no tarde demasiado en reunirse con él para jugar a las cartas al anochecer. Cuatro horas más tarde, cuando el duque está a punto de salir de su despacho, su carroza esperandole, ve aparecer a su puerta el Duque de Chârost, capitán de la Guardia, quien le entrega una carta sellada. Inmediatamente, Luis IV Enrique de Borbón, 7º Príncipe de Condé y Duque de Borbón, comprende que ha caido en desgracia y que esta noche no podrá acudir a Rambouillet, ni mañana a Versailles, ni a la corte. Se le deja escoger: o a la Bastilla o exiliarse en sus tierras de Chantilly de por vida, hasta nueva orden del Rey. La Marquesa de Prie ha sido previamente exiliada y morirá de puro aburrimiento, pocos años después.

El duque ha acumulado los errores al frente del Gobierno de Su Cristianísima Majestad: impuestos ilegales, tasas sobre los bienes de la nobleza y del clero, creación de una milicia en vistas de una posible guerra contra España y Austria, persecución de los protestantes,... Su gestión resulta harto desastrosa, excepto para su bolsillo, evidentemente. Es inmediatamente reemplazado por el honorable y prudente Cardenal Hercules de Fleury, antiguo mentor y preceptor del Rey, al timón del Estado.

Condenado a residir hasta su muerte en su finca de Chantilly, pasa sus últimos años consagrándose a trabajos científicos, sobretodo en química e historia natural. Permanecerá siendo, hasta su muerte, Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Templarios, orden que, curiosamente, había sobrevivido en la sombra y el anonimato desde su condena en el siglo XIII. En la Gran Maestría había sucedido, irónicamente, al Duque du Maine, su gran rival y enemigo fallecido en 1736. Luis-Enrique será a su vez sucedido en este puesto por Luis-Francisco de Borbón, Príncipe de Conti, su sobrino carnal.

Luis IV Enrique tuvo al menos una curiosa obsesión: creyó firmemente que se reencarnaría en un caballo. Desde entonces, no reparó en esfuerzos y dinero para otorgar a su finca de Chantilly las más bellas cuadras de Francia. Tras 16 años de titanescas obras, entre 1729 y 1735, el arquitecto Jean Aubert dejó acabados suntuosos y monumentales edificios hoy conservados y considerados como los mejores ornamentos de la arquitectura clásica francesa. En la actualidad, las Grandes Cuadras de Chantilly dan cobijo al Museo Viviente del Caballo. También estuvo tras la fundación y creación de la Manufactura de Porcelanas y del Hospicio de Chantilly. Avaro como de costumbre, hizo embellecer y reformar el castillo de Chantilly por la administración de los Reales Edificios de Su Majestad.

Fallecido en 1740, un rumor correrá afirmando que su muerte no fue por causas naturales, aunque ningún archivo pudo confirmar dicho rumor, ni probarse.




viernes, 10 de octubre de 2014

EL VIº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_VIº Príncipe de / 6ème. Prince de_Louis III de Bourbon-Condé, VIº Príncipe de Condé y Príncipe de La Sangre, XIIIº Duque de Bourbon, VIIIº Duque de Montmorency, Xº Duque de Guisa, Vº Duque de Bellegarde, VIº Duque d'Enghien y d'Albret & Par de Francia, XXVº Conde de Sancerre y XXIIIº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 18-10-1668 / Pont-Neuf, París, 12-03-1710 ?). Fue el nieto del "Gran Condé" y heredero de su casa entre 1689 y 1709 con el título de Duque d'Enghien, aunque en realidad se le conocía bajo el título de Duque de Borbón, ya que llevó éste casi toda su vida. Dedicado al oficio de las armas, fue agraciado con el rango de coronel del Regimiento Bourbon-Infantería (1686), ascendido a mariscal-de-campo (1690), luego a teniente-general (1692) y finalmente Gobernador de Borgoña y Gran Maestre de Francia a la muerte de su padre (1709). Luis XIV le concedió el honor de ingresar en la Orden del Espíritu Santo en 1686, sin embargo perdió el título familiar y cortesano de "Monsieur le Prince" a favor del Duque de Orléans convertido en Primer Príncipe de La Sangre y presunto heredero al trono como representante de la rama Borbón-Orléans, que ocupaba el 2º lugar en la sucesión a la Corona después de la rama primogénita reinante.

Se le conocía en la corte con el título de "Monsieur le Duc" (Señor Duque), por poseer el ducado de Borbón, siendo hijo del entonces Duque de Enghien y de Albret, Enrique III Julio de Borbón, futuro Vº Príncipe de Condé, y de la Princesa Palatina del Rhin Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern.

En 1685, contrajo matrimonio con una de las hijas legitimadas del Rey Luis XIV y de la Marquesa de Montespan: Luisa-Francisca de Borbón, conocida con el nombre de "Mademoiselle de Nantes" (1673-1743), y de la cual tendría nada menos que 9 retoños; a destacar entre éstos: el futuro VIIº Príncipe de Condé Luis IV Enrique (también conocido como Luis-Enrique I de Condé), Carlos, conde de Charolais, Luis, conde de Clermont, y Luisa-Elisabeth.

Tiene por hermanos a Ana-Luisa, duquesa du Maine, a María-Ana, duquesa de Vendôme, y a Maria-Teresa, princesa de Conti.

Casado a sus 17 años, se convierte en 1686, a la muerte de su abuelo el "Gran Condé", en el presunto heredero de la Casa de Condé, con el título de duque de Enghien, teniendo 18 años. Participa en 1692 en la batalla de Steenkerque y, el mismo año, a la edad de 24 años, se convierte en padre.

UN MONSTRUO

Tan joven y con tan solo 17 años, se muestra increíblemente violento, colérico, brutal, morboso, con un mal disimulado apetito por el sufrimiento ajeno. Sin embargo, nada se dejó al azar para transformar en príncipe modelo al sombrío y secreto vástago de Enrique III Julio de Borbón-Condé, el demente, y de Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern, la mártir. Sacado a los 7 de entre los faldones de las mujeres, siguió hasta los 15 las enseñanzas de los padres Jesuitas que, desde tres generaciones, forman a los herederos de la Casa de Condé. En su prestigioso Colegio de Clermont, poseía, como todos los internos, una habitación pero no residía en ella y se hacía llevar a clase dos veces al día. Le impartían lecciones de Historia Antigua y geografía, la grandeza de su país y su sitio en el Mundo, el latín, el griego, y algo de física. Nada de deporte, aún menos clases de música. Un secretario tomaba notas en su lugar, con tal de que los deberes no le cansasen ni le aburriesen. De vuelta al palacete del Petit-Luxembourg, donde residía su familia, encontraba prestos para secundarle en sus esfuerzos o para distraerle si así lo deseaba, a dos preceptores jesuitas, un profesor de caligrafía, un profesor de baile y cantidad de oficiales subalternos deseosos de prepararle sus deberes y cálculos. Tantas disposiciones aportaron, sin embargo, pocos frutos; el joven príncipe se encuentra a menudo aquejado de una salud delicada, siendo nervioso, irritable en exceso, y poco dispuesto a la concentración más allá de un momento sobre un mismo tema o materia.

Sus enfermedades y sus deformidades físicas le sirven de excusa para ser perezoso. Tiene los hombros desiguales, y le tuvieron que poner botines especiales ya que el peso de su propio cuerpo tendía a arquearle las piernas.

Se le perdonaban sus exigencias y su malignidad. Sus hermanas y sus criados se dejaban torturar por él sin atreverse a corregirle, sufriendo que les pegase, les escupiera todo tipo de insultos a la cara y que los maltratase tanto física como mentalmente. Tan solo respetaba a su madre, piadosa y dulce, noble en su desgracia, y a Monseñor el príncipe Luis II de Condé, su abuelo.

Si todas aquellas lombrices, que reptan a los pies del Rey Luis XIV, creen que irá en contra de su naturaleza para complacer a los poderosos, se equivocan. Siempre aparece en la corte con una actitud ostensiblemente hostil: se precipita con violencia a través de los salones y cámaras, partiendo a los grupos y asambleas como una proa desgarrando las aguas, sea entrando como saliendo de ellas, con riesgo de darse porrazos contra los que se cruzan en su camino, imparable. El enano ni siquiera tiene figura para comprar el perdón ajeno por su comportamiento incivilizado y exento de cortesía. Considerablemente más pequeño que el más enano de los hombres, aparece gordo sin ser obeso, la cabeza enorme, la faz nada agraciada, afeada y de semblante terrorífico, con un cutis amarillento, de un amarillo lívido, con expresión furiosa e infernal. Con esto, tan contrahecho... que tiene joroba tanto por delante como por detrás. Tan feo es que los cortesanos de Versailles le apodan "el Simio Verde". Tiene una cara que delata sus vicios, y sus maneras son más propias de un convicto que las de un príncipe. Resulta su semblante tan repulsivo, y su carácter tan insufrible, que ninguna dama en su sano juicio, por mucha gloria que conllevase unirse a él, desearía vivir bajo su dependencia. Provocaba el temor y el asco, más que el respeto en sus interlocutores. Dicen que es ciertamente orgulloso, audaz, con ingenio, con lectura, algunos restos de una excelsa educación, de buenas maneras y alguna que otra gracia cuando quiere. Pero la maldad exhala por todos los poros de su cuerpo, como el sudor baña la frente del moribundo, y el mundo no se fía de él. En París, las prostitutas le temen más que la propia sífilis. Insultos y crueles comentarios salen a borbotones de su boca, para divertirse y para complacer su enorme orgullo que no parece tener cabida en su cuerpo. Azota, muerde, araña, gustando mezclar el olor de la sangre con la de sus eyaculaciones. Su ferocidad pasa por ser una virtud de su grandeza, y su cualidad de príncipe de la Sangre le protegen mejor que cualquier coraza. El Rey jamás dejará que arrastren a su yerno ante un tribunal. Que violase o asesinase en plena calle, se daría pronta orden para acallar el asunto y cerrar el caso. Tan solo se enfrentaría a una real reprimenda o a un breve exilio en sus tierras. Cuando el Rey no requiere de su presencia, reside en su castillo de Saint-Maur, donde se estableció a partir de 1694, para huír del agobiante mundillo de Chantilly. Allí reinan golpes, malos tratos, insultos, y hay que acostumbrarse o cambiar de protector...

EL ASESINO

De hecho, viola y asesina, no en plena calle, pero si a plena luz del día. Un día, en el burdel de La Chevalier, las complacencias de una putita no parecieron contentarle; sacudió a la chica, propinándole una paliza para reblandecerla y volvió a cabalgarla. Pero la cosa no pareció ir a su gusto; la prostituta tenía el temperamento tan generoso que, en ella, el duque no parecía sentir nada:


"Ah! esto, descarada, de dónde sacas esta gruta en la cual uno se pierde? Tu empleo consiste en calentar y alentar los ardores, y tú los ahogas en una marisma! Sabes tu lo que cuesta el no satisfacerme?"
Y la chica palidece bajo el violento carmín que maquilla sus mejillas: "Mi Señor, por Dios..."

Y el enano, transfigurado en un demonio liliputiense con rictus sardónico, empezó a vomitar insultos mientras ella, que aún no tenía 15 años, le miraba totalmente petrificada. Blasfemando, babeando como un animal rabioso, desgarrando cojines y dispersando las plumas, parecía cual zorro destrozando un gallinero. Ese enano contrahecho, de color limón podrido, el culo al aire bajo su corta camisa, las piernas lívidas, pastosas, el vientre hinchado y los pies como garras, gritó: "Ningún perdón para las malas obreras! Voy a educarte a mi modo!"

Al Duque de Borbón siempre le gustaba encanallarse en compañía, siempre temeroso de que le diera un patatús ya que solían darle a menudo, y por eso exigía que hubiese gente a su alrededor en sus momentos más íntimos. Así que sus dos comparsas, que andaban trajinando tranquilamente con sus respectivas putillas en los dos divanes dispuestos en los ángulos de la habitación, tuvieron que detenerse y atender a las órdenes del príncipe: "Agarrad fuertemente a esta señorita! Lo que pienso meterle, al menos, ella lo notará!"

Y el duque metió en la vagina de la chica, prontamente atada de pies y manos a las columnas de la cama, un enorme petardo con la mecha encendida. La desgraciada lo notó tan bien que reventó, aunque le hicieron falta tres largas horas para rendir su último aliento, el vientre reventado y vaciándose de toda su sangre.

Sin inmutarse, el yerno del Rey, encantado de su fechoría sangrienta, regresó a Versailles para acostarse con su deliciosa esposa, festejando al día siguiente su 18º cumpleaños y su primer aniversario de boda. El asunto tuvo una escandalosa repercusión, hasta llegar a oídos del propio monarca...

LA BODA



Los Condé habían apostado y puesto sus esperanzas sobre Luisa-Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija legitimada del Rey, desde que el Príncipe de Conti se casara con su hermana, Mademoiselle de Blois. Luis III de Borbón tiene entonces 17 años cumplidos; su inclinación por la mala vida es tan notoria que, si se espera demasiado para casarle, acabará por perder toda reputación y el Rey desestimará su candidatura. De este modo, Luis II, Príncipe de Condé, asedia al monarca tan estrechamente como si la salvación del Reino dependiese de su aprobación. Su insistencia, sus buenas maneras, sus halagos, su servilismo dan mucho de que hablar en la corte. Parece que el tiempo en que los príncipes altaneros intentaban desbancar las prerrogativas del Rey, haya pasado a mejor vida... Obviamente, el "Gran Condé" esperaba borrar, mediante este matrimonio, la mala impresión que el recuerdo de la Fronda ha dejado un poso amargo en el ánimo del Rey.

La prometida mira asombrada al hombre con el cual le acaban de casar. El Duque Luis III de Borbón bizquea de un ojo y, bajo el otro, una enorme verruga peluda ha aparecido. De asco, la joven princesa se sobresalta, soltando la mano del marido. En el gesto, cae de su 4º dedo el anillo de oro cincelado, se desliza, cae en la alfombra y rueda sobre el pavimento de mármol de la capilla. Los murmullos estallan entre los presentes. Sacerdotes y servidores se precipitan sobre la alianza cual halcones sobre su presa. Luis III retoma la mano furtiva y, deslizando sus dedos hasta la muñeca, más arriba aún, bajo las mangas de encajes, pellizca el brazo de la novia hasta amoratarlo. Luisa-Francisca intenta apartarse sin llamar demasiado la atención de los demás; pero él la retiene con fuerza. Enormes lágrimas en sus ojos, la princesa se muerde los labios en un intento para no gritar de dolor. Luis III, con un rictus en los labios, de su mano derecha le pasa el anillo.

La noche de bodas no será más que una comedia. La flamante Duquesa de Borbón aún es una chiquilla, una niña. Tras la ceremonia religiosa, todo el mundo tiene que asistir a un concierto y, luego, asistir a la Cena del Rey. Se ha dado orden que no se consuma el matrimonio inmediatamente: habrá que esperar a que la hija del Rey cumpla sus 13 años, a menos que sus primeras menstruaciones aparezcan antes de lo esperado. Desflorar a una cría no es nada, pero someter su cuerpo a los rigores del sexo antes de que pueda procrear, la dejarían estéril. Se recomienda al novio la abstinencia. El duque se desnudará en el salón del Gran Apartamento, al final de la galería. Su Majestad le entrega la camisa de dormir y, de pasada, constata con estupor sus deformidades. De acuerdo con su nuera, la Delfina, el Rey y ella llevan a los novios hasta la cama nupcial. Se echan las cortinas, se cierran las puertas para, enseguida, reabrirlas, sacar a los recién casados del nido y llevarlos, cada uno por su lado, a sus respectivos aposentos.

La unión no se consumaría hasta 1686, pero una epidemia de viruelas hace estragos entre cortesanos y príncipes. No pudiendo llevarse a la Princesa de Conti, la Muerte se venga llevándose a Luis-Armando I de Borbón, Príncipe de Conti. A punto de fallecer estuvo también la Duquesa de Borbón, contagiada de viruelas. Para evitar cualquier contagio, su marido rehuye su habitación y no se quita jamás el pañuelo que aprieta bajo sus narices. Durante el día sale de cacería para combatir el contagio con el aire puro y el esfuerzo físico. Es su abuelo quien cuidará de ella, y quien caerá víctima de viruelas... La Duquesa de Borbón escapará de las garras de la Muerte.

MILITAR Y CORNUDO



Luis III de Borbón se distinguirá durante las batallas de la Liga de Augsburgo, y en particular en Steenkerque y en Neerwinden.

En 1692, en la batalla de Steenkerque, da muestras de valía: es él quien dispondrá las tropas en orden de batalla, contribuyendo al éxito de las tropas del Mariscal-Duque de Luxemburgo. Pese a esa mención, y a su retorno a Versailles, los honores de la victoria honran a su primo, el Príncipe de Conti. Éste tiene a todas las damas a sus pies, incluída la esposa de Luis III de Borbón. Celoso, este último deja preñada, año tras año, a su esposa para disuadirla de tener amantes. Los rumores circulan... Francisco-Luis de Borbón-Conti parece haber obtenido algún que otro encuentro con la Duquesa de Borbón. Dado que no puede capturarle y someterle a tormento, ordena a sus numerosos espías que le sigan de cerca noche y día...

LA MUERTE

Luis III poseía todas las cualidades necesarias para dejarle entrever su porvenir y el de sus hijos, en la mayor de las esperanzas: el rango, el genio militar, el gusto por los asuntos públicos... Su esposa decidió entonces acercarle al Delfín. Poco a poco, parecía dibujarse la figura del próximo reinado, y sonreír a los Condé. Luisa-Francisca pensaba gobernar al Delfín y, gracias a esa influencia, su marido podría hacerse con el control de los ejércitos y del Estado. Era, desde luego, contar sin la Parca.

Desde hacía dos años, un tumor venía devorándole el cerebro, provocándole insufribles e indescriptibles migrañas oftálmicas hasta el punto de querer arrancarse los ojos. Perdió gusto por sus bacanales subidas de tono, y cada vez parecía menguar su razonamiento. Durante un tiempo, para contentar a sus médicos, se avino a tomar únicamente leche de vaca, cinco veces al día, y un día a la semana leche de burra. Pero se asqueó a fuerza de vómitos y volvió a sus comidas habituales.

Fallecería en pleno carnaval, haciendo horribles muecas, mientras cruzaba el Pont-Neuf en su carroza, el 12 de marzo de 1710*. Un año atrás, su demente padre había pasado a mejor vida, convirtiéndole en el 6º príncipe de Condé. Viuda la Duquesa de Borbón, se encuentra finalmente libre y con ganas de llevar adelante sus intrigas para alcanzar el poder a través de su hijo y heredero.

(*)_Distintas fuentes dan distintas fechas de su fallecimiento. Unas lo sitúan el 12 de marzo, otras el 4 de mayo, y el 11 de octubre.