miércoles, 17 de septiembre de 2014

EL IIIer. PRÍNCIPE DE CONDÉ




CONDÉ_IIIer Príncipe de / 3ème. Prince de_Henri II de Bourbon, IIIer. Príncipe de Condé, IIIer. Duque de Enghien, de Albret, Vº Duque de Montmorency y IIº Duque de Bellegarde, Primer Príncipe de La Sangre, Par de Francia, Conde de Sancerre, etc. (Saint-Jean-d'Angély, 01-09-1588 / Hôtel de Condé, París, 26-12-1646). Fue un príncipe de la 2ª rama de la Casa de Borbón, presunto heredero del trono de Francia y designado como presunto sucesor del rey Enrique IV desde 1589 hasta 1601. Ostentó y cumuló los tres mayores cargos u oficios de la Corona: el de Gran Maestre, de Montero Mayor y de Lobero Mayor del Reino de Francia, Caballero Gran Cruz de la Orden del Espíritu Santo y de San-Miguel, y fue nombrado Virrey de la Nueva-Francia (Québec, Canadá), asi como Gobernador de las provincias de Berry, Borbonesado y Borgoña. También fue Jefe del Consejo de Regencia y Generalísimo de los Ejércitos del Rey.

Sus padres fueron Enrique I de Borbón, 2º Príncipe de Condé y Carlota-Catalina de La Trémoïlle. Tuvo una hermana: Eleonora de Borbón-Condé, más tarde casada con el Príncipe de Orange. En 1609, contrae matrimonio con la joven y hermosísima Carlota-Margarita de Montmorency (1594-1650), una de las más ricas herederas de Francia. Dicha unión daría tres hijos:

-Ana-Genoveva, futura Duquesa de Longueville.

-Luis II, Duque d'Enghien y de Borbón, futuro 4º Príncipe de Condé.

-Armando I, Conde de La Marche y Príncipe de Conti.


El Personaje


Considerado como un bastardo pese a su legitimidad, vivió una infancia triste y anodina. A decir de los testigos, le tenían por mal aseado, cruel, depravado, avaro y demagogo. Educado por su madre en una fe católica de lo más intransigente, habiendo ésta abjurado de la fe protestante, fue considerado como inmediato sucesor al trono de Francia. Pero tras el nacimiento del Delfín Luis en 1601, Enrique II de Condé se vió relegado a un segundo plano y se alejó cada vez más de los peldaños del trono tras nacer sucesivamente los hijos del rey Enrique IV y de María de Médicis.

Pelirrojo, el semblante triste, había adquirido una sólida formación aunque le faltase cierto arrojo que tanto gustaba en la corte. Además, su reputación de homosexual no arreglaba mucho su situación aunque fuese físicamente atractivo y proporcionado. Tenía fama de excéntrico: un día de borrachera, atravesó la ciudad de Sens literalmente desnudo a lomos de su montura y acompañado por toda una pandilla de amigos igualmente desprovistos de ropa alguna.

Poco dado a la galantería, acerbo a veces, sabía sin embargo atraerse la simpatía de los que tenía necesidad o pudiesen servirle en algo. Propenso a ataques de cólera, tenía para remediar ese mal genio el don de saber hacerse perdonar por aquellos que había herido.

Igual que su rey y supuesto padre natural, Enrique IV de Francia, el Príncipe de Condé solía ir tremendamente sucio e impresentable: la barba mal recortada, los cabellos grasientos, no era lo que se dice un hombre pulcro en su aseo personal.


Amor y aventura


Enrique IV lo despreciaba hasta tal punto que le obligó a contraer matrimonio con la que deseaba convertir en su nueva amante oficial, Carlota de Montmorency, que tan solo contaba 14 primaveras y había reavivado la pasión de un rey ya en el apogeo de su madurez. Quiso entonces sustraerla a la vigilancia paterna, el Condestable de Francia, concibiendo el proyecto de casar a su "amiga" con un hombre sobradamente conocido por sus amistades masculinas (y sus inclinaciones sexuales, claro está). El Príncipe de Condé tuvo, pese a su inicial oposición, que someterse a la voluntad del monarca. Pero era contar sin el "encanto" de la joven, que pronto encendió las llamas de la pasión en su marido y, loco de celos, intentó por todos los medios que su mujer no volviese a ver al rey, yendo incluso a retenerla cautiva en sus tierras! Pero finalmente, tuvo que ceder...


La Princesa de Condé





Dícese que fue la mujer más hermosa de su época y que las viruelas ni siquiera pudieron afear sus hermosos rasgos, pese a dejar cicatrices en sus mejillas. Rubia, ojos azules, grácil y bien educada, tenía todas las virtudes necesarias para agradar.

Sin embargo, el idilio con su flamante marido no duró siempre: la princesa amaba demasiado la vida mundana y frecuentar los salones parisinos, donde la apodaban "la Perroquette" (el Lorito); y su marido siempre andaba carcomido por los celos!

Se dijo que, en realidad, la Princesa de Condé tan solo tuvo dos días alegres en su vida: el día de su boda, por el rango que adquiría, y el día de su viudedad, por la libertad recobrada!


Un cortesano político

"Elena de Troya"


Tras un nuevo altercado con el rey sobre su supuesta bastardía, raptó a su esposa para conducirla de castillo en castillo, para finalmente refugiarse en sus tierras de Bélgica. Pero temiendo una invasión francesa, el Gobierno de los Países-Bajos españoles tan solo autorizó que permaneciese la Princesa de Condé, y Enrique II tuvo que seguir hasta la ciudad de Colonia. La situación degeneró hasta tal punto que Enrique IV de Francia tomó la decisión de declarar la guerra a España, comparando incluso el incidente con el caso de Elena de Troya. La amenaza del conflicto cesó inmediatamente al morir asesinado el rey a manos de Ravaillac quien, sin saberlo, tenía tras de él a todo el partido español que no deseaba esta guerra. Enrique II de Condé no volvería a Francia hasta 1610, cuando se hizo pública la noticia del regicidio. Durante un tiempo, Condé se vió respaldado por el partido español para subir al trono, pero este proyecto acabó por ser desestimado ya que la regente María de Médicis era, ella misma, cabeza visible de ese partido.


El Consejo de Regencia



En 1611, Enrique II de Condé es nombrado virrey de Nueva-Francia por la regente. Incluído en el Consejo de regencia, exige todos los honores debidos a su rango de Primer Príncipe de La Sangre. Pero cuando el rey Luis XIII contrajo matrimonio con la Infanta de España Ana de Austria, Condé cambió de bando convirtiéndose en el gran protector del partido protestante francés. Se opuso, junto con los Príncipes rebelados, al valido Concino Concini y al partido italiano que, protegido por la regente, iba acumulando todos los honores y prebendas.

En 1612, recibiría de manos del rey Luis XIII la propiedad parisiense del Hotel de Gondi, rebautizado en "Hotel de Condé", adosado a la calle des Fossés, hoy día emplazamiento del Teatro del Odeón. Será de hecho su bisnieto quien mandará arrasar el palacio, para convertirlo en un lugar de arte y de cultura.


Los Estados Generales


 


En 1613, Enrique II de Condé da el primer paso y lanza un violento manifiesto contra el poder y provoca la convocación de los Estados Generales. El Gobierno de la regencia no teniendo el suficiente coraje para tomar las medidas necesarias, cedió ante los príncipes que habían abanderado la oposición política. Privado del sostén de los demás príncipes, Condé no supo aliarse con el Tercer Estado para conseguir el poder. Con el objetivo de pararle los pies, María de Médicis relevó a todos los ministros considerados "débiles" y llamó a su lado al Cardenal de Richelieu, pero guardando a su vera a su valido Concini. Habiendo recibido de la regente el gobierno de la provincia de Berry, Condé se refugió en sus tierras retirándose del escenario político para hacerse olvidar y esperando que los "horrores" del gobierno de Concini cayesen por su propio peso. Pero la maniobra es descubierta, la regente le ordena regresar a la corte prometiéndole todo lo que él quisiese. Aunque apareció en el Consejo bajo aspectos amables, no cesó con sus maniobras atacando la legitimidad del rey, como tampoco dejó de lado sus orgías que le hicieron contraer la sífilis.

En 1614, ordena reconstruir la iglesia de Vallery, convertida en necrópolis de todos los miembros de su familia y situadas las tumbas bajo el altar mayor.


La Cárcel


Opositor feroz a la política y sobre todo a la persona de Concini, valido de la regente, sus choques frontales con los demás miembros del Consejo se hacen patentes. Richelieu, temeroso de sus intrigas, le manda arrestar en plena sesión del Consejo en 1616. Permanecería tres años encarcelado en el castillo de Vincennes.

Preso ilustre, pide que con él se reúna su esposa Carlota de Montmorency. Poco tiempo después, la princesa da a luz, y por dos veces consecutivas, niños nacidos muertos: uno en 1617, y un par de gemelos en 1618. Haría falta esperar hasta un nuevo alumbramiento para que naciera su primera hija: Ana-Genoveva, que llegaría a la edad adulta. El mismo año de 1619, los Príncipes de Condé abandonaban Vincennes y recobraban su libertad gracias al Duque de Luynes, favorito del rey Luis XIII.

Pasado el episodio de la rebeldía, Condé se mostró como el más leal servidor del rey. En 1627, durante la revuelta de los protestantes del Languedoc, el Cardenal de Richelieu le encargó el mando del ejército real para combatirlos.


De cargo en cargo






En 1631, además de las provincias de Berry y del Borbonesado, Enrique II de Condé recibe de manos de Luis XIII el gobierno de Borgoña, que permanecería largo tiempo a manos de los Condé, generación tras generación. Recibió, además, una gran parte de la fortuna de su cuñado el duque Enrique II de Montmorency (ejecutado en 1632). Con mando militar sobre las tropas del rey, encabezó una serie de campañas en las fronteras del reino, hasta su invasión de España que acabaría con el desastre de Fuenterrabía, en 1638.

Posteriormente, Condé es nombrado jefe del Consejo de Regencia tras fallecer el rey Luis XIII y, convertido en el Nº2 del país, sostendría de manera constante a la regente Ana de Austria y al Cardenal Jules Mazarin.

Si el príncipe no fue un gran jefe militar y nunca emprendió nada en particular, si supo mantener su rango cuando era menester hacerlo: sabía organizarse mejor que nadie y sus ejércitos nunca echaron en falta cosa alguna, siendo los mejores equipados del reino. Y si no fue un hombre de acción, brilló como administrativo y nunca firmó documento alguno sin antes leerlo de cabo a rabo.

El rey apreciaba sus opiniones y sus consejos, siempre orientados hacia el liberalismo y la tolerancia. Al frente de su gobierno de la provincia de Berry, se empleó sin descanso en mejorar las condiciones de vida de sus súbditos. Justo y generoso, recogió la simpatía del pueblo al que tanto quiso proteger y beneficiar.

La muerte del rey Luis XIII le causó una honda impresión y tristeza. De hecho, fue el que más le lloró, puede porque la tierra y el castillo de Chantilly le fueron otorgados, no por sus leales servicios y tampoco por los de su hijo el duque d'Enghien, sino a razón de la reencontrada amistad entre la regente Ana de Austria y la Princesa Carlota de Condé; Chantilly siempre había sido una de las más envidiadas propiedades de los duques de Montmorency y había sido confiscada durante la ejecución del hermano de la princesa.

 

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