domingo, 1 de marzo de 2015

LA XIIª DUQUESA DE FLORIDIA



FLORIDIA_XIIª Duquesa de / 12ª Duchessa di_Lucia Migliaccio e Borgia, XIIª Duquesa de Floridia, VIIIª Princesa di Partanna e di Castura, XVIIIª Vizcondesa di Galtellin, VIIª Duquesa di Ciminna, XXVª Baronesa di Partanna (Palazzo Migliaccio, Siracusa, Sicilia, 18-07-1770 / Palazzo Partanna, Chiaia, Nápoles, 26-04-1826). Fue la heredera del ducado de Floridia, en Sicilia, esposa del Príncipe de Partanna, consejero de Estado del Rey Fernando IV de Nápoles y de Sicilia; ella misma fue Dama de la Corte Real Napolitana, Dama de la Orden de Maria-Luisa de España y de la Orden de la Cruz Estrellada. Viuda en 1812 y madre de 5 hijos, contrajo matrimonio morganático con el Rey Fernando IV de Nápoles y de Sicilia (Fernando I, Rey de las Dos-Sicilias) en 1814, tras enviudar éste de la reina Maria-Carolina de Austria.

Lucia Migliaccio Borgia nació en Siracusa, Sicilia, el 18 de julio de 1770, hija y heredera de Vincenzo Migliaccio e Bonanno, 11º Duque de Floridia y de San Donato, y Doretta Borgia e Rau, hija de los Marqueses del Casale y perteneciente ésta a la célebre familia oriunda de Játiva (Valencia, España), la noble casa de los Borja, duques de Gandía y marqueses de Lombay que, en Italia y con el papa Calixto III, pasó a italianizarse como "Borgia" en el siglo XV. Con semejante linaje y fortuna, Lucia no podía casarse con alguien de menor pedigrí y fue prontamente desposada en 1781 por Benedetto Maria III Grifeo, 25º Barón y 8º Príncipe de Partanna y de Castura (1755-1812), representante de una antiquísima y poderosa familia de Palermo de la cual ya se hablaba en el siglo XI. En el momento de la boda, la novia tan solo computaba 11 años y el novio 25!

La jovencísima Lucía aportaba en dote nada menos que el ducado de Floridia al matrimonio, del que era la heredera universal.

La flamante pareja formó inmediatamente parte de la animada corte napolitana y, en 1786, el príncipe fue nombrado diputado del reino de Sicilia, gentilhombre de la Cámara, consejero de Estado del Rey y caballero de la Insigne y Real Orden de San Genaro mientras que la princesa, debidamente presentada a los soberanos, se convirtió en una de las damas de honor de la reina Maria-Carolina de Austria y pronto condecorada con las órdenes de Maria-Luisa de España y de la Cruz Estrellada de Austria.




Semejante beldad no pasó inadvertida y pronto conquistó al rey Fernando IV, dada su proximidad con la familia real napolitana. Pese a sus numerosos y seguidos embarazos, la princesa fue asiduamente cortejada por el monarca y acabó cediendo ante su insistencia, convirtiéndose finalmente en su amante. De este modo, se inició una relación que iba a durar años y que estuvo condenada al secretismo mientras estuvieron vivos los respectivos consortes de uno y otro. Como amante del rey, la princesa de Partanna siempre jugó un discreto papel con poquísima influencia en el escenario cortesano. Moderada y prudente, Lucia nunca se valió de su ascendencia sobre el monarca para inmiscuirse en asuntos de gobierno que no le competían, como tampoco en otros de menor calibre como las pequeñas intrigas palaciegas. En eso, se diferenciaba enormemente de la reina Maria-Carolina que, desde su llegada a Nápoles, ya metía mano en todos los asuntos y gobernaba como si fuera ella el rey y no su marido Fernando.



El Príncipe de Partanna fallecería el 28 de marzo de 1812, dejando a su viuda a la cabeza de una colosal fortuna que aseguraba el futuro de su numerosa prole. Muerto el príncipe, tan solo faltaba que muriera la reina... Lucia y Fernando tuvieron que esperar a que Maria-Carolina, exiliada en Viena desde 1812, falleciera el 8 de septiembre de 1814 para poder regularizar su situación y acabar con un adulterio que duraba desde hacía años. Unos escasos tres meses después de que muriera la reina, Fernando IV y Lucia se casaron morganáticamente en Palermo el 27 de noviembre de 1814, lo que significaba que la princesa nunca podría ascender al rango de reina de las Dos-Sicilias, ni disfrutar de sus tratamientos y honores, y que los posibles hijos nacidos de aquella unión no podrían pretender a la Corona. En el momento de la boda, Lucia computaba 44 años y Fernando 63, por lo que la posibilidad de tener hijos era bastante remota, sobretodo en el caso de ella. A eso se sumaba el hecho de que Fernando IV había delegado gran parte de su poder en su hijo y sucesor Francisco, Duque de Calabria, al que había nombrado Príncipe Regente de Nápoles y de Sicilia.

Aqui cabría explicar cual era la situación del reino napolitano en ese momento. Desde que las tropas francesas del General Napoleón Bonaparte habían entrado victoriosamente en Italia (1796), Nápoles se vio en la imposibilidad de hacer frente a la imparable invasión gala y obligada a firmar el armisticio de Brescia (5 de junio). Posteriormente, se proclamaban las nuevas repúblicas de la Liguria, la Cisalpina (1797) y la Romana (1798), hechuras de los franceses y de los francófilos jacobinos italianos que se habían desembarazado de los principículos, duques y reyes de la mitad Norte de la península Itálica. Finalmente, Nápoles se vio abocada a declarar la guerra a los franceses el 23 de octubre de 1798, contando con su ejército de 70.000 hombres comandado por el general austríaco Karl von Mack y el inestimable apoyo naval inglés del almirante Nelson, y con la clara intención de liberar Roma y restaurar el poder papal. Seis días después, Fernando IV entraba triunfalmente en Roma como un conquistador pero, el 14 de diciembre, la contraofensiva francesa obligó al ejército napolitano a una pronta retirada que se tradujo en una llana derrota. Regresado a su capital, ahora amenazada por los franceses, y siendo insostenible la situación, Fernando IV no tuvo más opción que la de planear su embarque para Sicilia con toda su familia, su corte y su gobierno, llevándose en sus baúles las joyas de la Corona, gran cantidad de oro y un gran número de obras de arte de gran valor. Asi pues, el 21 de diciembre de 1798, Fernando IV y la familia real subían a bordo del Vanguard, navío de Lord Nelson que debía conducirlos hasta Palermo, capital siciliana, mientras delegaba en Francesco Pignatelli, Príncipe de Strongoli, poderes para representarle en Nápoles. Acto seguido y, en virtud de aquellos poderes reales, Pignatelli mandó prender fuego a toda la flota napolitana para evitar que los franceses la utilizacen para llegar hasta Sicilia. El 12 de enero de 1799, Pignatelli concluyó un armisticio que implicaba la ya inevitable entrada de los franceses en Nápoles... Sin embargo, los lazzari, leales al rey Fernando IV, se alzaron y unieron con la población civil para defender la capital del ejército invasor; no estaban dispuestos a facilitar la conquista a los franceses. Por desgracia y gracias a una estratagema, los galos consiguieron hacerse con el castillo de Sant'Elmo y bombardear la ciudad de tal modo que causaron unas 8.000 bajas entre los civiles, provocando la general desbandada y dispersión de los lazzari. Finalmente, los franceses entraron en la ciudad sitiada y proclamaron, con el apoyo de algunos nobles y burgueses francófilos, la República Partenopea el 23 de enero.

La temporada que pasó en Sicilia la familia real y su séquito se caracterizó, sobretodo, en planear cómo recuperar Nápoles y echar al invasor francés.

Gracias a que las tropas francesas fueron nuevamente mobilizadas hacia el Norte de Italia un 7 de mayo, dejando la capital del Vesuvio con una reducida guarnición, se presentó la ocasión para liberar Nápoles del ocupante. El cardenal Fabrizio Ruffo la aprovechó y armó su llamado Ejército de la Santa Fe, compuesto por 25.000 voluntarios y, contando con el soporte de la artillería inglesa, partió desde Calabria para unirse a los lazzari del temido bandido Fra Diavolo con el objetivo de reconquistar la capital del reino. Aquello causó el colapso de la República Partenopea y sus dirigentes tuvieron que rendirse al cardenal Ruffo; rendición que, por cierto, no fue aceptada por Lord Nelson y mucho menos por el rey Fernando IV, quien ordenó de inmediato prender a los cerca de 8.000 prisioneros para enjuiciarlos de manera expeditiva. La venganza de Fernando fue épica: 124 fueron condenados a muerte, 6 fueron perdonados, 222 fueron condenados a cadena perpétua, 322 a penas menores, 288 fueron deportados y 67 exiliados, y el resto liberado. Después de satisfacer su sed de venganza, Fernando se fijó el objetivo de liberar Roma y reponer en el trono de San Pedro al pontífice. Fue cosa hecha el 27 de septiembre de 1799.

El 31 de enero de 1801, la familia real volvía a Nápoles en medio de vítores y grandes festejos, celebrando el regreso del monarca y la liberación del reino con gran alegría. Un año después, en 1802, Nápoles y Sicilia fueron provisionalmente liberadas de tropas francesas, inglesas y rusas en virtud de la Paz de Amiens. En 1805, Fernando IV firmaba un tratado de neutralidad con los franceses, cosa que no le impidió permitir el libre paso, por su territorio, de un cuerpo expedicionario anglo-ruso que tenía por misión defender las fronteras de una posible invasión francesa. Después del desastre de Austerlitz, los rusos abandonaron Italia mientras los ingleses se retiraban en Sicilia.

A primeros de febrero de 1806, las tropas galas reorganizadas y dirigidas por Masséna volvieron a invadir el reino napolitano provocando la segunda estampida de la familia real... El 23 de enero, en medio del pánico general, Fernando IV embarcaba a toda prisa a bordo del Arquímedes para refugiarse en Palermo, sin sus hijos y sin su esposa la reina que se habían quedado atrás. El 14 de febrero, las tropas francesas entraban por segunda vez en Nápoles y Napoleón I declaraba derrocada la dinastía de los Borbones proclamando a su hermano José Bonaparte, nuevo rey de Nápoles como José I. A partir de ese momento, Fernando IV se ve confinado en su reino insular de Sicilia, defendido y protegido por los británicos, y no regresaría a Nápoles hasta la caída de Napoleón I y tras apresar y fusilar al usurpador Joaquín Murat que, desde 1808, ceñía la corona napolitana (octubre de 1815). De hecho, Fernando IV recuperó el trono de Nápoles uniéndolo al de Sicilia para refundar sus dos reinos en uno solo: el Reino de las Dos-Sicilias, y adoptando el ordinal de Fernando I.



Volviendo al hilo inicial, Fernando consigue liberar Nápoles de las garras napoleónicas tras su victoria en la batalla de Tolentino (3 de mayo de 1815) sobre el rey usurpador Joaquín I Murat. El 8 de diciembre de 1816, se opera la unión de Nápoles con Sicilia para conformar el nuevo Estado de las Dos-Sicilias, siendo regente el príncipe heredero Francisco de Borbón, Duque de Calabria. Obviamente, Fernando regresó a su capital dando el brazo a su nueva consorte Lucia Migliaccio, con la que se había casado morganáticamente para no dificultar la línea de sucesión al trono. Sin embargo, y pese a todo, el príncipe-regente nunca aceptó de buen grado que su padre casase con su antigua amante... Se puede decir que el heredero no se llevaba nada bien con su madrastra, a la que despreciaba por ser nada menos que el auténtico amor de su padre, cosa que le dolía sobremanera y ofendía la memoria de su madre.

Asi las cosas, Lucia seguía siendo oficialmente la Princesa de Partanna y Duquesa de Floridia a ojos del Mundo, aunque estuviera legalmente casada con el rey Fernando I de las Dos-Sicilias. El príncipe-regente Francisco no la hubiera tolerado de otro modo... y ella se contentó con esa delicada situación: ser esposa de un rey sin ser su reina.

En 1823, Lucia recibió de su real marido una vasta finca sobre la colina del Vomero, otra en Certosa di San Martino y un puñado de villas palatinas entre las que sobresale la Villa Carafa di Belvedere. En su finca principal, la princesa Lucia mandó construir un palacio de estilo neoclásico conocido como Villa Floridiana, y otro próximo de menor dimensión llamado Villa Lucia. En ambas villas vivieron tranquilamente el rey y su esposa, ajenos a cualquier asunto de Estado.

Fernando I moriría el 4 de enero de 1825 y Lucia, su viuda, le sobreviviría un año y tres meses. Tras la muerte de la Princesa Vda. de Partanna, acaecida el 26 de abril de 1826, todas sus propiedades fueron heredadas por los hijos de su primer matrimonio, quienes se repartieron sus posesiones en dos partes.

  

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