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domingo, 30 de noviembre de 2014

LA IVª MARQUESA DE NESLE




NESLE_IVª Marquesa de / 4ème. Marquise de_Armande Félicité de La Porte-Mazarin, IVª Marquesa de Nesle y de Mailly, Princesa de Orange y d'Isle-sous-Montréal, Condesa de Bohain, de Beaurevoir y de Bernon, Dama de Maurup (Hôtel de Mazarin, Paris, 03-09-1691 / Palacio de Versailles, 14-10-1729). Hija de Paul-Jules de La Porte-Mazarin, Duque de Rethel, de Mayenne, de La Meilleraye y de Mazarin (1666-1731) y de Charlotte Félicité Armande de Durfort-Duras (ob.1730), es la sobrina-biznieta del célebre Cardenal-Duque de Mazarin y la nieta de la no menos conocida Hortense Mancini, Duquesa de Mazarin y de La Meilleraye.

Casó el 2 de abril de 1709 con Louis III de Mailly (1689-1767), 4º Marqués de Nesle y de Mailly, Príncipe titular de Orange y d'Isle-sous-Montréal, Conde de Bohain, de Beaurevoir, de Bernon, Caballero de las Ordenes del Rey. La unión produjo cinco hijas y un hijo:

-Louise-Julie de Mailly-Nesle (1710-1751), Condesa de Mailly-Rubempré

-Pauline-Félicité de Mailly-Nesle (1712-1741), Marquesa de Vintimille

-Diane-Adélaïde de Mailly-Nesle (1714-1769), Duquesa de Lauraguais

-Hortense-Félicité de Mailly-Nesle (1715-1799), Marquesa de Flavacourt

-Marie-Anne de Mailly-Nesle (1717-1744), Marquesa de La Tournelle, Duquesa de Châteauroux

-1 hijo varón (ob.1729)

El Cardenal Guillaume Dubois, primer ministro durante la Regencia, dijo de la Marquesa de Nesle: "Esta dama tiene miradas tan llameantes que resulta inevitable quemarse como la mariposa a la luz de un candil. Es perfecta de cuerpo y de espíritu; felices los que llegan a la tierra prometida!"

De moral y costumbres relajadas, como todas las damas de aquella época, no tardó en poner los cuernos a su marido. Se convirtió en la amante del Duque de Borbón, primer ministro de Luis XV, del que nacería una hija bastarda, Henriette de Borbón-Condé (1725-1780). Se llegó incluso a rumorear que su hija Marie-Anne de Mailly-Nesle, futura Marquesa de La Tournelle y Duquesa de Châteauroux, era fruto de ese idilio.

Sin embargo, la Marquesa de Nesle saltaría a la fama por su relación adúltera con el Duque de Richelieu quien mantenía, paralelamente, otra relación con la Marquesa de Polignac, esposa de su primo-hermano. Loca de rabia, la marquesa no dudó en provocar en duelo a su rival para disfrutar en exclusividad de los favores de Richelieu. Madame de Nesle no toleraba compartir amante. El encuentro tuvo lugar en el bosque de Boulogne en setiembre de 1718 y el arma escogida fue la pistola. Madame de Polignac apuntó mejor e hirió en el hombro a Madame de Nesle. El escándalo disgustó al duque que, poco amigo de la publicidad, abandonó a ambas mujeres por la princesa Charlotte-Aglaé de Orléans, hija del Regente.

Cuando el rey Luis XV contrajo matrimonio con la hija del ex rey de Polonia, la Marquesa de Nesle fue nombrada Dama de Palacio de la flamante reina de Francia, María Leszczynska, el 27 de abril de 1725.

Fallecería de sobreparto en Versailles el 14 de octubre de 1729, con tan solo 38 años de edad, tras haber dado a luz a su sexto retoño y único hijo varón que la siguió, días después, a la tumba. Su hija la Condesa de Mailly-Rubempré la sucedería en el cargo de Dama de Palacio de la Reina.

De sus cinco hijas, cuatro serían las amantes y favoritas del rey Luis XV. La excepción fue Hortence-Félicité, Marquesa de Flavacourt.


 

jueves, 20 de noviembre de 2014

EL VIIIº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_VIIIº Príncipe de / 8ème. Prince de_Louis V Joseph de Bourbon-Condé, VIIIº Príncipe de Condé, Príncipe de la Sangre, XVº Duque de Borbón, VIIIº Duque de Enghien y d'Albret, Xº Duque de Montmorency, XIIº Duque de Guisa, VIIº Duque de Bellegarde & Par de Francia, XXVIIº Conde de Sancerre, XXVº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 09-08-1736 / Castillo de Chantilly, 13-05-1818).

Sus padres fueron el feo Luis IV Enrique, Duque de Borbón y 7º Príncipe de Condé, y la hermosa princesa Carlota de Hessen-Rheinfels-Rottenburg. De la unión de la "Bella" y la "Bestia", surgieron entre otros, nuestro protagonista, físicamente más aventajado y mentalmente más sereno después de una sucesión de antecesores tarados y deformes. Por su madre, Luis V José de Borbón era nieto del Landgrave Ernesto Leopoldo de Hessen-Rheinfels-Rottenburg (1684-1749) y de la Princesa Eleonora zu Löwenstein-Wertheim (1686-1753) y sobrino de Polixena Cristina de Hessen-Rheinfels-Rottenburg (1706-1735), esposa del rey Carlos-Manuel III de Cerdeña y Piamonte (1701-1773), hermana y cuñado respectivamente de su madre.

Por parte de padre, era sobrino de la maltratada Princesa de Conti y de los condes de Charolais y de Clermont, Carlos y Luis de Borbón-Condé. Nieto del desquiciado y cruel Luis III, 6º Príncipe de Condé y de la legitimada Mademoiselle de Nantes, Francisca María de Borbón, ésta le hacía bisnieto del rey Luis XIV y de Françoise-Athénaïs de Rochechouart-Mortemart, Marquesa de Montespan.

Luis V José de Borbón nació el 9 de agosto de 1736 en el Palacio de Condé, París.

Su infancia y adolescencia las pasó junto a su hermosa madre en el castillo de Chantilly. La familia de los Condé se encontraba entonces proscrita desde que su padre, primer ministro del rey Luis XV desde 1723, había caído en desgracia una década antes de su nacimiento. Alejados a la fuerza del epicentro versaillesco, Luis V José de Borbón, duque de Enghien, creció entre las delicadezas mundanas de su madre y las obsesiones equinas y científicas de su padre. Pronto, como sus ancestros, Luis José sintió la llamada de la vida militar guiado por la ejemplar carrera del Gran Condé su tatarabuelo.



EL 8º PRÍNCIPE DE CONDÉ


A los catorce años (1740), su padre fallece convirtiéndole en el octavo príncipe de Condé. Menos de un año después, es su madre quien desaparece dejándole completamente huérfano a los quince. Quizá por mediación de la Marquesa de Pompadour, amante oficial del rey Luis XV, el Príncipe de Soubise propone la mano de su hija Carlota-Godefride-Elisabeth de Rohan-Soubise (1737-1760) al adolescente y rico príncipe de Condé. Considerando las ventajas de tal alianza con la linajuda familia de Rohan, que le acercarían nuevamente al favor real, Luis V José de Borbón accedería a casarse con la encantadora heredera de los Soubise. Es cosa hecha en 1753; el novio tiene entonces 17 años, mientras que la novia cuenta 16. Luis XV firma el contrato matrimonial en Versailles y bendice, satisfecho, a los novios que se casan en la capilla real de palacio el 3 de mayo de 1753, ante toda la corte y la Familia Real allí reunidos.

Las ventajas de la semejante boda pronto se harían notar: el Príncipe de Condé y su esposa gozan de las grandes y pequeñas entradas en Versailles, y Luis XV no tardará en concederle la confirmación del cargo de Gran Maestre de Francia, que había sido ostentado por sus antecesores en épocas pasadas. Más aún: aparte de unos apartamentos en palacio, el rey impulsa la carrera militar del joven Condé, que arde en deseos de mostrar su valía en el ejército de Su Majestad.

Tres años después de celebrarse la boda, la Princesa de Condé da a luz al primer hijo varón: Luis VI Enrique de Borbón-Condé, Duque de Borbón (1756-1830). Le seguirían dos niñas más: María de Borbón-Condé (1756-1759) -muerta a los 3 años de edad y hermana melliza del anterior- y Luisa Adelaida de Borbón-Condé (1757-1824), conocida como "Mademoiselle de Condé" y futura abadesa de Remiremont.



Por aquellos años, el joven príncipe ordena la demolición del Palacio de Condé, en París, para construir en su emplazamiento el Teatro de L'Odéon, después de haber erigido el Palais-Bourbon, su nueva residencia en la capital del Sena, hoy sede del Parlamento (Asamblea Nacional).



Nombrado teniente-general de los Ejércitos del Rey en 1758, accede al cargo de gobernador de Borgoña, tras haber participado con nota alta en la Guerra de los Siete Años, añadiendo a su currículum militar las victorias de Grüningen y de Johannisberg (1762). Pero no solo es un general triumfante; es también un jefe que se implica personalmente en los problemas cotidianos de sus soldados y subordinados. Se preocupa por ellos y por sus necesidades, velando siempre por su salud y bienestar. Esos gestos harán que sus soldados le amen como jefe y como persona, y le sigan fielmente allá donde los conduzca. Tal es la buena prensa que difunden sus soldados sobre él, que el Príncipe de Condé pasará a ser tremendamente popular entre los suyos y los que no están a sus órdenes pero ansían tenerle como general.

Sin embargo, dos años antes, su mujer fallece (1760), dejándole viudo y con dos huérfanos.



Aureolado por sus triunfos bélicos, pese a la costosa derrota de Francia en esa penosa contienda europea, el Príncipe de Condé obtiene el permiso de descansar en su castillo de Chantilly donde tiene su propia corte. En sus tierras recibe a mucha gente y demuestra ser el mejor de los anfitriones. Un testigo de entonces, anotaría en 1777, que el Príncipe y ocho de sus amigos solían ser diariamente servidos en la mesa por una cohorte de veinticinco camareros, mientras tocaba toda una orquesta al completo para amenizar sus comidas y cenas.



Por aquella época, ya anda cortejando a la hermosa y rica Princesa de Mónaco, nacida Maria-Catalina de Brignole-Sale (1737-1813), hija de un dogo de Génova y esposa del celoso Príncipe Honorato III de Mónaco, al que le aportó una colosal dote en el momento de casarse. Si entonces las infidelidades entre gentes de la alta sociedad son vistas como algo corriente y se aceptan, el temperamento del príncipe monegasco no encaja nada bien los deslices de su consorte con un pariente del Rey de Francia. Haciendo un escándalo del adulterio de su esposa, Honorato III de Mónaco se atrae la desaprobación de la sociedad parisina que critica su mal perder y su falta de compostura. Harta de sus escenas, la Princesa de Mónaco acabaría por solicitar la separación de cuerpos y abandonaría a su marido para vivir junto al Príncipe de Condé, del que está locamente enamorada.

En 1780, Luis XVI le nombraría Coronel-General de Infantería, pese a su concubinato con la Princesa de Mónaco.

Amigo y protector del célebre libertino y escritor Marqués de Sade, que ha nacido en su casa, no dudará en apadrinar a su hijo Louis-Marie de Sade, y en sostenerlo sobre la pila bautismal en la capilla privada de los Condé en Chantilly.



LA REVOLUCIÓN Y EL EXILIO


Aunque el príncipe pasa por ser un liberal, en 1789 se opuso al doblamiento del Tercer Estado durante la reunión de los Estados Generales en Versailles. Para él, la Revolución tomó un giro desagradable y sus desmanes se hicieron intolerables. Tras la toma de La Bastilla, aquel 14 de julio de 1789, y la partida del Conde de Artois hacia el exilio (15 de julio de 1789), el Príncipe de Condé y su familia optaron por hacer sus baúles y seguir con el ejemplo del hermano menor del Rey. Es el pistoletazo de salida al exilio, el detonante de una auténtica ola de emigración de la nobleza huyendo de una revolución que acabará por hundir todo un mundo en un mar de sangre...

En su marcha hacia el exilio, el Príncipe de Condé arrastra consigo a la Princesa de Mónaco, a su hijo el Duque de Borbón y a su nieto el Duque de Enghien, al Príncipe de Conti, a los Duques de Polignac y a los Príncipes de Rohan-Guéméné... Elige entonces encontrar refugio en los Países-Bajos, luego viaja hasta Turín y, finalmente, se instala en Worms (Alemania) donde empezaría por reunir un ejército a orillas del Rhin, mientras los hermanos del Rey se instalan en Coblenza. Sus peregrinajes por las cortes vecinas tan solo obedecen a un objetivo: conseguir apoyos y ayudas. Seguido por lo más granado de la aristocracia gala, por algunos de sus antiguos soldados y subordinados, se decide a crear un ejército destinado a combatir a las tropas revolucionarias que empiezan a arrasar más allá de las fronteras francesas. Paralelamente, crea una red de espionaje para sabotear la Revolución desde dentro.



En 1790, Luis V José de Borbón declaraba a sus semejantes:


"Desde hace un año ya, he abandonado mi patria; debo exponer a los ojos de Europa los motivos que me han obligado a salir de ella. El pueblo francés se ha dejado perder por facciones, pero abrirá los ojos, ese buen pueblo; enrojecerá por los crímenes que la intriga y la ambición de sus jefes le han llevado a cometer. Volverá a enderezar, con sus propias manos, el trono de sus reyes o me sepultaré bajo las ruinas de la monarquía. La nobleza es una: es la causa de todos los príncipes, de todos los gentilhombres, que yo defiendo; se reunirán bajo el glorioso estandarte que yo desplegaré a su cabeza. Si, yo iré, pese al horror que debe naturalmente inspirar a un descendiente de San Luis, la idea de manchar su espada con la sangre de los Franceses; iré a la cabeza de la nobleza de todas las naciones y seguido por todos los súbditos fieles a su rey, que se reunirán bajo mis banderas, e intentaré liberar a este infortunado monarca."


Sin embargo, sus gestiones y operaciones resultan molestas a las potencias extranjeras. Preocupados por controlar los movimientos de los emigrados franceses, las cortes de Viena y Berlín mantienen al Príncipe de Condé alejado de todas las operaciones militares en 1792 y, para colmo, le subordinan a un general austríaco (1793). Estacionado a orillas del Rhin entre 1794 y 1795, el Ejército de Condé pasa luego bajo el control de Gran-Bretaña, de Austria y de Rusia sucesivamente, ya que estas potencias contribuyen a su manutención y dirección.

En 1796, mandaría recado al Duque Luis-Felipe de Orléans (hijo del tristemente célebre Felipe-Igualdad) para que se uniera al Ejército de Condé, pero éste negándose a combatir contra sus hermanos de armas, rehusó responder a la petición. Pese a la desertación del joven Orléans, convertido en un simple maestro de escuela en Suiza, en el Ejército de Condé se cuentan a numerosos jóvenes aristócratas como el Duque de Richelieu, el Vizconde de Châteaubriand y el Duque de Blacas, personajes que serían figuras de proa de la Restauración Monárquica en 1814.

En 1797, tras el Tratado de Campoformio establecido entre Austria y la República Francesa, el Príncipe de Condé y su ejército pasan al servicio del zar Pablo I de Rusia. Tras el Tratado de Lunéville, en el que Rusia abandona la coalición contra Francia, su ejército es finalmente disuelto. Tras haber realizado, en vano, auténticos prodigios de valor en Wissemburg, Haguenau y Bentheim, el príncipe se vió obligado a disolver sus tropas y retirarse a Inglaterra con su familia (1801), instalándose en Wanstead. La Princesa de Mónaco le acompañaría fielmente en aquellos primeros y lúgubres años. Para poner fin a su situación irregular, el príncipe matrimonió con Maria-Catalina de Brignole-Sale tras pedir el visto bueno del Conde de Provenza, nuevo jefe de los Borbones al ser guillotinado su hermano Luis XVI (21 de enero de 1793) y al fallecer en extrañas circunstancias su sobrino el Delfín Luis XVII (1795) en la Torre del Temple.

En su exilio británico, padre e hijo malviven servidos por criados a los que, dificilmente, consiguen pagar puntualmente los sueldos. Tampoco pueden comprarse ropa nueva ni dedicarse a recibir como antaño en Chantilly; el dinero no siempre les llega para comer decentemente. Pese a la miseria en la que se ven sumidos, viven y comen siguiendo a rajatabla todo el viejo ceremonial cortesano de Versailles, ataviados con trajes pasados de moda, usados y remendados. Las tediosas veladas eran amenizadas con sus viejos recuerdos, conversaciones y lecturas aburridas que intentaban distraerles de su tristeza y abatimiento moral.

El rey Jorge III se apiadaría de su triste situación, concediéndoles una única pensión de 675 Libras que debían, sin embargo, compartir. Recibían más de la corte de Saint-James que los Duques de Orléans, pero mucho menos que el Conde de Provenza y el Conde de Artois. La generosidad británica rozaba la racanería.

El triumfo de la Revolución y el advenimiento del Consulado con el general Napoleón Bonaparte en Francia, acaban por tener un efecto demoledor en el espíritu del Príncipe de Condé. Perdiendo contacto con la realidad, persiste en su idea de levantar un nuevo ejército contra-revolucionario y transmite instrucciones bélicas a su nieto, el Duque de Enghien, entonces afincado como un simple particular en el castillo de Ettenheim, en Baden, propiedad heredada de su abuela, sin comprender que los tiempos han cambiado.

El destino le reservaría un último golpe fatal: su nieto Luis Antonio, Duque de Enghien, sería nocturnamente secuestrado en su residencia badense de Ettenheim por la policía secreta de Napoleón y, tras un interrogatorio y una parodia de juicio, ejecutado en los fosos del castillo de Vincennes (21 de marzo de 1804). Con el asesinato de su nieto, el linaje de los Príncipes de Condé quedaba letalmente seccionado y condenado a desaparecer con el Duque de Borbón, Luis VI Enrique (1756-1830).

En 1813, otra muerte viene a ensombrecer al príncipe: su segunda esposa, Maria-Catalina de Brignole-Sale, ex-princesa de Mónaco, fallece y es sepultada en el cementerio de Wimbledon.




EL REGRESO A LA PATRIA



Su exilio duraría hasta la caída del Imperio Napoleónico (1814), y tras confirmarse la noticia que el Senado Imperial llamaba al Conde de Provenza a posesionarse del trono de sus padres como rey y con el ordinal de Luis XVIII. El retorno de la monarquía a Francia puso punto y final a un tedioso y miserable exilio de 25 años. Dos décadas y media que hicieron mella en el príncipe; los disgustos, las desgracias y las penas arruinaron su ánimo y, aquejado de senilidad con 78 años de edad, Luis V José de Borbón regresaba a su patria sin entender muy bien qué estaba pasando. Todas sus propiedades habían sido confiscadas desde su marcha en 1789, y sus tesoros artísticos saqueados y vendidos en subasta. El castillo de Chantilly, joya de la corona de los Condé, había sufrido mucho de los desmanes revolucionarios: saqueado, incendiado y demolido en gran parte, tan solo subsistían el "petit-château" (pequeño castillo) y el castillo de Enghien de aquel grandioso complejo, junto con las grandes y hermosas cuadras construidas por su padre, que se salvaron milagrosamente de la destrucción. Su residencia parisiense del "Palais-Bourbon", se había convertido en sede de la cámara de los diputados, la hoy día Asamblea Nacional (parlamento) y el Gobierno tuvo que devolverselo junto con todas las otras propiedades que le habían sido arrebatadas por la República en 1792. Para el "Palais-Bourbon", el príncipe se contentó con el acuerdo de seguir cediendo parte del palacio al Parlamento a cambio de un sustancioso arrendamiento, mediante un contrato de alquiler de 3 años, permitiéndole además ocupar la otra parte que no se utilizaba como vivienda particular. Habría que esperar hasta 1827 para que el Estado se convirtiera en el nuevo propietario del complejo palatino conformados por el "Palais-Bourbon" y el palacio de Lassay, que formaban un solo edificio desde 1764.

Quizá la peor parte del reencuentro con su patria, fue ver cómo habían saqueado las tumbas de sus padres y antecesores en Valléry, cuyos restos fueron violados y tirados a una fosa común por los revolucionarios. Su hijo, el Duque de Borbón, se encargó de la triste tarea de exhumar los cuerpos de sus antepasados para devolverlos a su antiguo emplazamiento en una única tumba sellada por una sencilla losa de marmol gris.

Una vez restaurado en el trono de sus padres, Luis XVIII devolvió al anciano Príncipe de Condé su antiguo cargo de Gran Maestre de Francia, lo que implicaba tener funciones oficiales en la corte instalada en el Palacio de Las Tulerías, y de la que sería un asiduo miembro, mientras su hijo la desertaba. Con la excusa de sus años, el Príncipe de Condé se exprime libremente y sin florituras sobre todo lo que acontece en la corte o en el Gobierno.

Al cabo de cuatro años, el octavo Príncipe de Condé, viejo y agotado, fallecía en su querida propiedad de Chantilly el 13 de mayo de 1818, a la edad de 82 años.

A modo de anécdota, podríamos avanzar la teoría de algunos historiadores de que el famoso pretendiente Charles Naundorff, que se creía que era el pobre Delfín Luis XVII escapado del Temple en 1795 (y reemplazado por otro niño de la misma edad y muerto de tuberculosis en aquella lóbrega celda), no era en realidad el hijo de Luis XVI y de Maria-Antonieta, sino un bastardo del Príncipe de Condé, lo que explicaría su semblanza física con los Borbones y su conocimiento de las costumbres de la corte de Versailles.

 

jueves, 30 de octubre de 2014

EL VIIº PRÍNCIPE DE CONDÉ




CONDÉ_VIIº Príncipe de / 7ème. Prince de_Louis IV Henri de Bourbon-Condé, VIIº Príncipe de Condé y Príncipe de La Sangre, XIVº Duque de Bourbon, IXº Duque de Montmorency, XIº Duque de Guisa, VIº Duque de Bellegarde, VIIº Duque d'Enghien y d'Albret & Par de Francia, XXVIº Conde de Sancerre y XXIVº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Palacio de Versailles, 18-08-1692 / Castillo de Chantilly, 27-01-1740).

Hijo y heredero del duque Luis III de Borbón, 6º Príncipe de Condé, y de Mademoiselle de Nantes, Luisa-Francisca de Borbón (hija legitimada del rey Luis XIV de Francia y de la Marquesa de Montespan), tuvo por hermanos a Carlos de Borbón-Condé, Conde de Charolais, Luis, Conde de Clermont y a Luisa-Elisabeth, Princesa de Conti. Casó en primeras nupcias con Maria-Ana de Borbón-Conti, y en segundas con la Princesa Carlota de Hessen-Rheinfels-Rottenburg.

Se le describió de altura normal, lo que es de subrayar en la familia de Condé dada la herencia genética de Clara-Clemencia de Maillé-Brézé, que otorgó muy a menudo a los miembros de esta familia una pequeñísima estatura. Sin embargo, los desarreglos mentales permanecieron aunque éstos iban menguando a medida que las generaciones se sucedían en el tiempo. Se sabe que el príncipe tenía el rostro huesudo y la voz ronca. Hasta la muerte de su padre, Luis IV Enrique de Borbón-Condé ostentó oficialmente el título de "Duque de Enghien", para luego recibir autorización regia de tomar el título de "Duque de Borbón", título que, sea dicho de paso, prevaleció sobre el de Príncipe de Condé por cuestión de gusto.

Fue la célebre Duquesa de Orléans, Princesa Palatina Elisabeth-Carlota de Baviera, familiarmente apodada "Liselotte" quien, en sus cartas, le describió tal que así: "Un extraño pájaro, muy alto, huesudo, enjuto cual una astilla de madera, el cuerpo curvado, cortísimo, las piernas largas como las de una cigüeña y sin gemelos, los ojos horrendamente rojos, las mejillas vaciadas, el mentón tremendamente largo, de tal forma que parecía no pertenecer al rostro, y gruesos labios; en pocas palabras, una fealdad que incluso en la corte no se encuentra con frecuencia. Con esto, el personaje posee mucho vigor, mucho talento para los ejercicios del cuerpo más aún que para los del espíritu, grandes conocimientos y mucha aplicación en los asuntos..."

A sus 18 años de edad, recibe todos los cargos y gobiernos que, dos años atrás, su padre Luis III de Condé había tenido en heredad de su padre el Príncipe. A los 23 entra en el Consejo de Regencia, aliándose al regente Felipe II de Orléans, contra su tía Ana-Luisa-Benedicta que maniobraba e intrigaba para conservar el rango de "Príncipe de la Sangre" de su marido el Duque du Maine.

En 1713, a la firma del Tratado de Utrecht que fuerza a Francia a renunciar a sus pretensiones sobre el trono de España, Luis IV Enrique de Borbón-Condé escribe al rey que "nadie dispone del derecho de pretensión más que Dios mismo y que no pertenece a ningún rey el privilegio de decidir quien debe suceder a quien."


El Príncipe y los Bastardos Reales


Asedia al Regente, que parece mostrar cierta lentitud y dejadez ante los príncipes legitimados que conforman el bloque conservador y rival en la Corte, pretendiendo echarle de la regencia y ocupar su puesto al timón:

Borbón:-"Señor, finalmente mantendréis palabra?"

Orléans:-"Paciencia, Primo Mío, por qué impacientaros de este modo? Conozco de sobras las ganas que tenéis de rebajar a los príncipes legitimados, vuestros tíos. Sé también que, cuando pretendía a la regencia, os prometí mi apoyo."

B-"Basta ya! Ya no me haréis esperar más con vuestros hermosos discursos. Me dais cien palabras y no cumplís ni una sola. ¿Acaso os habéis vuelto sordo y ciego ante las calumnias vertidas contra vos por las gentes de Sceaux?"

O-"Las picaduras me dejan indiferente."


B-"Decid mejor que deseáis acomodaros con vuestra esposa que, sobre todas las cosas, se le ve aún más bastarda que sus hermanos!"

O-"Vigilad vuestras palabras, Monsieur. Que seáis mi pariente y mi aliado no os concede privilegio para estas libertades. ¿Debo recordaros que vuestra madre es hermana de mi esposa? Cuando se tiene a una Marquesa de Montespan por abuela, no se puede uno abrochar demasiado alto el botón. Tomadlo de otra forma, sin altanería, o me haréis enfadar de verdad."


Las Duquesas


El Duque Felipe II de Orléans, acabará harto de los repetidos asedios del Príncipe de Condé. Para atraerlo en su campo antes de la sesión parlamentaria que debía determinar sobre la suerte de la regencia, le promete obtener, tan pronto como tenga en sus manos las riendas del poder, la anulación de las actas de 1714 y 1715 que conferían a los bastardos legitimados el derecho a suceder en el trono y el rango de príncipes de la Sangre. Pero el gesto le repugna de tal modo que no consigue resolverse a cumplir con su promesa. Orléans no desea infligir semejante desagravio a su consorte quien, mal amada por sus hijos, tiene por su verdadera familia a sus hermanos. Sabe que, además, los bastardos no le amenazan mientras él no pretenda despojarles de forma tan radical de sus privilegios. El regente ve con claridad el asunto y esta querella tan solo se debe a un odio entre mujeres. A un lado se encuentra Madame la Duquesa, viuda de Luis III de Condé, y al otro lado la Duquesa du Maine. La primera, convertida por matrimonio en princesa de la Sangre, trabaja para allanar el camino a sus hijos; la segunda, nacida princesa de la Sangre, y obsesionada por conservar el rango, asedia a su marido y a sus fieles "Caballeros de La Mosca de Miel" (fantasiosa orden caballeresca creada por ella para honrar a sus más leales amigos que frecuentaban su pequeña y brillantísima corte del castillo de Sceaux). Pero de hecho, la historia viene de más lejos aún. A la muerte del príncipe Enrique III Julio de Condé, el demente que hizo infernal la vida a su familia, se habían tardado meses y meses para establecer un inventario de sus inmensos bienes y para desenmarañar su sucesión, puesto que el príncipe Luis III, apodado "el Simio Verde", no podía pretender hacerse con el pastel entero de la herencia; sus hermanas, hambrientas, entre las cuales se contaba a la Duquesa du Maine, reclamaban a voces sus partes correspondientes. Desgraciadamente, Luis III se había hecho con toda la herencia desde hacía mucho sin pensar, ni un solo momento, proceder al reparto de la herencia principesca. No hizo falta nada más para que hermano y hermanas se enemistasen y se peleasen de forma tan terrible. Dado que al morir Luis III de Condé, la herencia pasa a ser de su heredero Luis IV Enrique, el espinoso asunto persiste y se prolonga de una generación a otra.


La Victoria


Tras la revocación de los edictos que instituyeron como sucesores al trono a los bastardos legitimados, en el caso de que desaparecieran las ramas legítimas y colaterales de la Casa Real, el Príncipe de Condé pretende abatir a sus rivales de forma completa. Pretende, además, hacerse con la superintendencia de la Educación del Rey Luis XV. Este cargo tiene que depender, por norma, del Primer Príncipe de la Sangre, y quién mejor que él para pretender a este puesto. Felipe II de Orléans, bajo su aparente inconsecuencia, es un hombre regido por la prudencia y un avezado político. Para obtener la regencia sin reparto de poder, ha adulado al Parlamento de París. En este caso, le es menester el apoyo de los príncipes de la Sangre y de los duques y pares para ir contra sus antiguos aliados. Sin embargo sabe que, el que pide ha de dar algo a cambio: a los pares, la supresión del odiado rango intermedio y, al cuervo de Luis IV Enrique de Condé, la superintendencia de la Educación del Rey. El asunto acaba por zanjarse y viene, finalmente, el golpe de gracia: si el Duque du Maine no posee más derechos que los que están ligados a su paridad ducal, el Mariscal-Duque de Villeroy, que posee una paridad mucho más antigua, no puede servir bajo sus órdenes. La petición es justa y todo el mundo se pone de acuerdo en este punto. El regente sentencia salomónicamente y el clan Borbón-Maine estalla iracundo. Es entonces en este punto de inflexión, cuando se produce el enemistamiento entre el regente y los Duques du Maine, y se plantan las semillas de la conspiración de "Cellamare", llevada a cabo por y bajo la batuta de Ana-Luisa-Benedicta de Borbón-Condé, duquesa du Maine. Cuando ésta será descubierta, los duques serán encarcelados. Para colmo de revancha, la duquesa du Maine lo será en las tierras mismas del Duque de Borbón: primero en Dijon, luego en Châlons. Pero esto no parecerá contentar al cuervo de Condé, que desea como trofeo la mismísima cabeza del cojo duque du Maine. De la cárcel siempre se acaba saliendo. De hecho, los esposos serán liberados un año después de su cautividad. Mientras tanto, el Duque de Borbón dará su último golpe al clan de Borbón-Maine, haciéndose con el cargo de Gran Maestre de la Artillería.

El Duque de Berry (nieto de Luis XIV y tío de Luis XV), bastante descuidado como era costumbre en él, le había reventado un ojo al Duque de Borbón durante una cacería. Habiéndose enriquecido gracias al sistema financiero de John Law, provocó la bancarrota de éste cuando exigió que le devolviese sus inversiones al contado: 60 millones en oro. Aquello provocó el descrédito del sistema y toda la obra de Law se desmoronó, dejando Francia más pobre que antes contando algunas excepciones particulares. Sesenta millones para Luis IV Enrique de Borbón-Condé, cinco para Luis-Armando II de Borbón-Conti... Un día en que presumió de su cuantiosa fortuna personal, uno le replicó que "si él tenía el dinero, sus antepasados tenían la gloria".

Pese a ser una persona notablemente inteligente, era bastante indiferente en materia financiera y dejaba a sus financieros la gerencia de sus pingües beneficios en su nombre.


La Muerte del Regente


El Rey Luis XV llora a moco tendido sobre el hombro del Duque de Borbón, ese cuervo tuerto que por norma le provoca cierto repelús físico cuando le ve. Su Majestad llora, y el Duque, superintendente de su educación y primer príncipe de la Sangre, irradia felicidad. Finalmente, el poder se ofrece a él: el duque de Orléans ha muerto fulminado por una apoplejía, en la noche del 2 de diciembre de 1723. No se puede uno librar a la sistemática destrucción, piedra a piedra, de la obra levantada por su predecesor en el gobierno a lo largo de ocho años. Pero si sienta bien administrar sin amarguras la herencia, hay que saber también mirar hacia el futuro. Si el joven Luis XV viniera a fallecer, ¿qué sería del clan de los Condé? En el orden sucesorio, es el duque de Orléans, hijo del difunto regente, quien ceñiría la corona, y sus hijos después de él. A los Condé no les quedaría más que su hermoso castillo de Chantilly para plantar coles... Raudo y veloz, el Duque de Borbón se ha propuesto ante el entristecido monarca para colmar el vacío dejado por el difunto al frente del Gobierno de la Nación. No pudiendo ser regente, dado que el rey ha dejado de tener 13 años de edad, será primer ministro y primer príncipe de la Sangre. Suena entonces el final de la influencia del clan Orléans... El escenario pertenece a los Condé. La madre de Luis IV Enrique tomará entonces su revancha, tomando la delantera sobre su hermana pequeña a la que tuvo que ceder el paso durante 30 largos años. Que su hijo no entienda nada de política, que el pueblo le odia, poco le importa!


Los Asuntos de España


Tiempo llevaba ya el clan Condé planeando romper esas bodas franco-españolas que aureolaban con insolente gloria la Casa de Orléans. El 9 de febrero de 1724, el rey Felipe V de España había abdicado en favor de su hijo primogénito el Príncipe de Asturias, Luis I, entonces desposado con una princesa de Orléans. Se había cumplido el sueño de la Duquesa de Orléans: el de despertarse un día siendo la madre de la reina de España. Desgraciadamente, Luis I de España tuvo un efímero reinado: siete meses después, fallecía de viruelas y su viuda era devuelta a Francia sin haber dado herederos al trono de Las Españas. Pero, hasta su último día, aquella pécora que eructaba en las narices de cortesanos y embajadores, conservará en la corte francesa su rango de reina y nada ni nadie podía hacerla descender del pedestal. De esto enrabian Madame la Duquesa de Borbón y sus hijas, que deben doblegarse ante las exigencias de la etiqueta y curvar el lomo ante aquella indecorosa soberana. Para empeorar las cosas, Felipe V había acordado el matrimonio de su otro hijo con la hermana de Luisa-Isabel de Orléans, Mademoiselle de Beaujolais, de entonces 9 años de edad y que posee tantas virtudes como malas maneras tiene su mayor.


La Boda del Rey

Luis IV Enrique de Borbón-Condé no se muestra dispuesto a seguir sufriendo del triunfo de los Orléans, eclipsando a su propia casa. Lejos de mostrar paciencia, pues el joven rey puede en cualquier momento caer otra vez enfermo y contraer alguna fiebre maligna que le lleve a la tumba, se propone asegurar la sucesión real del Borbón primogénito (Luis XV). El Duque de Borbón tiene bastante audacia y baraja casar a una de sus hermanas con el soberano: Enriqueta de Borbón-Condé, Mademoiselle de Vermandois, o Elisabeth de Borbón-Condé, Mademoiselle de Sens, son candidatas ideales a reinas de Francia y eso sería un golpe magistral en el que los Condé conseguirían finalmente la supremacía sobre sus rivales Orléans, pudiendo rebajarles los humos.

Sabía de sobras que si Luis XV viniera a fallecer sin hijos (pues ya andaba prometido con la Infanta de España, Doña María-Ana Victoria de Borbón), la corona sería automáticamente ceñida por el Duque Luis I de Orléans, un personaje tachado de "tonto" que pasaba por ser un "mea-pilas" y un beato que provocaba no pocos comentarios jocosos entre la alta sociedad parisina, al tener una actitud y un modus vivendi estrafalario y original. Sobretodo era conocido el odio recíproco entre las dos casas principescas, un odio vigilante, y el Duque de Borbón sentía cierta desesperación ante la idea de tener que poner rodilla en tierra ante un Orléans. Ese único pensamiento le revolvía las entrañas y soliviantaba su orgullo. Y si el difunto regente Felipe II de Orléans no vió ningún impedimento en la abismal diferencia de edades entre el joven Luis XV y la niña Ana-María Victoria de España, que posponía para mucho más adelante la posibilidad de una descendencia regia, Luis-Enrique encontraba en ese asunto demasiados inconvenientes. ¿Se podía acaso barajar la idea de devolver la infanta a Madrid?

Entró entonces en escena la amante del Duque de Borbón, Agnès Berthelot de Pléneuf, Marquesa de Prie. Ésta no aprueba el plan de su amante y opta por designar una princesa más humilde que una Condé, que le fuera agradecida de por vida y sobre la cual pudiera extender su influencia. Hacía falta, para eso, encontrar a una Isabel Farnesio pero sin el temperamento de aquella humilde princesa parmesana que luego tumbó a la Princesa de los Ursinos. Se barajaron entonces toda una serie de princesas, entre las cuales figuraba la hija del destronado rey Estanislao I de Polonia. El monarca polaco, expulsado del trono, arruinado (tenía sus bienes embargados por su rival sajón, Federico-Augusto I "el Fuerte"), tenía una hija de 22 años, dulce y conciliadora, sin belleza ni fortuna. La Marquesa de Prie apostó entonces por ella y la presentó a su amante como la candidata ideal para que ambos conservasen la influencia política en la corte. El Duque de Borbón no es tan mala persona como se le ha podido describir; tiene el carácter de un hombre que busca el bien del reino, hasta donde sus luces le permitan llegar. El problema es que esas luces son extremadamente cortas y, cuando la marquesa habla, la pasión que resiente por ella hace que éstas se apaguen de inmediato. En ciego confiado, no ve más allá de sus propias narices y escucha los consejos de su amante como si fuesen los mejores, y no los discute. Su favorita le propone coronar cuanto antes a la polaca? Con gusto sacrifica entonces la alianza que habría sellado la fortuna de su casa. La elección está hecha.

La realidad es que Luis-Enrique de Borbón, al quedarse viudo de su primera esposa, planeaba él mismo casarse por segunda vez y precisamente con la princesa María Lesczcynska de Polonia, pero sus aproximaciones fueron tan discretas y tan mal seguidas que el ex-rey Estanislao I Lesczcynski no quiso creer en sus intenciones, o no les quiso dar importancia, dada su situación (bastante mala), pareciéndole demasiado bonito para que fueran verdad. El Duque de Borbón, a sus 33 primaveras, no era desde luego un galán que tumbase a las damas: de voz ronca, paseaba su enjuta carcasa jorobada sobre un par de zancos, y un rostro de rasgos ingratos, con una fealdad que asustaba, para colmo tuerto, coronaban el conjunto nada halagüeño de este hombre de altísima cuna y grandiosa fortuna. Tenía a su favor el ser príncipe de la Sangre, y primer ministro de Su Cristianísima Majestad, además de poseer un don para las finanzas (sus 60 millones daban fe de ese don) antes del descalabro de John Law. Pero andaba totalmente dominado por su amante, la Marquesa de Prie, hija de un proveedor del Ejército, y tan bella como él era feo, tan inteligente como él limitado, ambiciosa para los dos, amiga y protectora de artistas y escritores, anunciando en cierto modo el reinado de la Marquesa de Pompadour.

Madame de Prie pensaba que María Lesczcynska sería una excelente esposa para el Duque de Borbón; su modesta belleza y su carácter reservado, serían la garantía de que ésta no la eclipsaría en el corazón de Luis-Enrique.

Estanislao I estimó, con gusto, que el asunto iba viento en popa cuando, repentinamente, llegó al castillo de Wissemburgo, el 24 de febrero de 1725, el pintor Pierre Gobert, retratista de los grandes de este mundo. Venía enviado el artista por la propia marquesa de Prie, para realizar lo más rápidamente posible el retrato de la princesa. Para el ex-rey de Polonia, no cabe duda de que el Duque de Borbón pretende saber qué aspecto tiene su futura esposa, que no conoce. La marquesa hizo entonces llegar una misiva a Wissemburgo, para dar fe que el retrato había gustado.

El lunes 2 de abril, un correo trae a Estanislao I una carta lacrada a las armas del Duque de Borbón. El ex-soberano descubre que el duque pide la mano de su hija, no para él, sino para el Rey Luis XV de Francia. La impresión es tal que Estanislao I cae desmayado.

Para todo el mundo, esta boda es obra del Duque de Borbón y de su amante la Marquesa de Prie, demasiado felices de entregar al Rey una princesa desconocida, sacada de las tinieblas, del olvido y de la miseria, y que les debe enteramente su fabulosa ascensión al Olimpo Versallesco y que, por supuesto, les sería eternamente agradecida y dócil.


La Caída en desgracia


El Rey acaba por hartarse de tener en su corte a tan ambiciosos parásitos como el clan de los Condé. De lo que más se resiente, es de la presencia de la Marquesa de Prie, y de sus acólitos los banqueros Pâris-Duverney y Pâris-Montmartel, un par de hermanos usureros que dictan el buen o mal tiempo, según las necesidades pecuniarias de la Corona. Harto de que otros gobiernen en su nombre, Luis XV ha alcanzado sus 16 años de edad, la edad de imponer su ley y su voluntad. El Duque de Borbón, que desde hace 3 años gobierna Francia (desde la muerte del regente Felipe II de Orléans), se cree irremplazable, inamovible. Si al menos supiera hacerse respetar y amar mediante una buena gestión de los asuntos públicos... Pero, por lo visto, el poder le ha corrompido y se ha servido ampliamente en el Tesoro Público, acumulando más oro, traficando sobre los cereales y, como en tiempos de Law, no piensa en otra cosa que en enriquecerse. El prudente Fleury, obispo de Fréjus y preceptor del Rey, deja que el duque haga y deshaga a su antojo en los asuntos, a sabiendas que él solito está hundiendo su propio navío. Fleury deja caer algunos comentarios, bien diseminados en sus conversaciones con su real pupilo, y Luis XV toma nota de que ha llegado el momento de escoger. De hecho ya ha escogido y tomado su decisión de forma inapelable pero nadie sabe nada aún, ni siquiera la Reina quien, si estuviera al corriente, se echaría a sus pies para pedir conservar al duque. Dice el refrán que ser agradecido es de bien nacido, y la consorte del monarca lo tiene muy presente; por lo que toca a Luis XV, nada debe al Duque de Borbón.

El 12 de junio de 1726, la carroza real espera en el Patio de Mármol del Palacio de Versailles, para llevar a Su Majestad al castillo de Rambouillet, donde suele acudir para sus cacerías. A las tres de la tarde, Luis XV acaba de comer y despide con extrema amabilidad a Luis-Enrique, rogándole que no tarde demasiado en reunirse con él para jugar a las cartas al anochecer. Cuatro horas más tarde, cuando el duque está a punto de salir de su despacho, su carroza esperandole, ve aparecer a su puerta el Duque de Chârost, capitán de la Guardia, quien le entrega una carta sellada. Inmediatamente, Luis IV Enrique de Borbón, 7º Príncipe de Condé y Duque de Borbón, comprende que ha caido en desgracia y que esta noche no podrá acudir a Rambouillet, ni mañana a Versailles, ni a la corte. Se le deja escoger: o a la Bastilla o exiliarse en sus tierras de Chantilly de por vida, hasta nueva orden del Rey. La Marquesa de Prie ha sido previamente exiliada y morirá de puro aburrimiento, pocos años después.

El duque ha acumulado los errores al frente del Gobierno de Su Cristianísima Majestad: impuestos ilegales, tasas sobre los bienes de la nobleza y del clero, creación de una milicia en vistas de una posible guerra contra España y Austria, persecución de los protestantes,... Su gestión resulta harto desastrosa, excepto para su bolsillo, evidentemente. Es inmediatamente reemplazado por el honorable y prudente Cardenal Hercules de Fleury, antiguo mentor y preceptor del Rey, al timón del Estado.

Condenado a residir hasta su muerte en su finca de Chantilly, pasa sus últimos años consagrándose a trabajos científicos, sobretodo en química e historia natural. Permanecerá siendo, hasta su muerte, Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Templarios, orden que, curiosamente, había sobrevivido en la sombra y el anonimato desde su condena en el siglo XIII. En la Gran Maestría había sucedido, irónicamente, al Duque du Maine, su gran rival y enemigo fallecido en 1736. Luis-Enrique será a su vez sucedido en este puesto por Luis-Francisco de Borbón, Príncipe de Conti, su sobrino carnal.

Luis IV Enrique tuvo al menos una curiosa obsesión: creyó firmemente que se reencarnaría en un caballo. Desde entonces, no reparó en esfuerzos y dinero para otorgar a su finca de Chantilly las más bellas cuadras de Francia. Tras 16 años de titanescas obras, entre 1729 y 1735, el arquitecto Jean Aubert dejó acabados suntuosos y monumentales edificios hoy conservados y considerados como los mejores ornamentos de la arquitectura clásica francesa. En la actualidad, las Grandes Cuadras de Chantilly dan cobijo al Museo Viviente del Caballo. También estuvo tras la fundación y creación de la Manufactura de Porcelanas y del Hospicio de Chantilly. Avaro como de costumbre, hizo embellecer y reformar el castillo de Chantilly por la administración de los Reales Edificios de Su Majestad.

Fallecido en 1740, un rumor correrá afirmando que su muerte no fue por causas naturales, aunque ningún archivo pudo confirmar dicho rumor, ni probarse.




viernes, 10 de octubre de 2014

EL VIº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_VIº Príncipe de / 6ème. Prince de_Louis III de Bourbon-Condé, VIº Príncipe de Condé y Príncipe de La Sangre, XIIIº Duque de Bourbon, VIIIº Duque de Montmorency, Xº Duque de Guisa, Vº Duque de Bellegarde, VIº Duque d'Enghien y d'Albret & Par de Francia, XXVº Conde de Sancerre y XXIIIº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 18-10-1668 / Pont-Neuf, París, 12-03-1710 ?). Fue el nieto del "Gran Condé" y heredero de su casa entre 1689 y 1709 con el título de Duque d'Enghien, aunque en realidad se le conocía bajo el título de Duque de Borbón, ya que llevó éste casi toda su vida. Dedicado al oficio de las armas, fue agraciado con el rango de coronel del Regimiento Bourbon-Infantería (1686), ascendido a mariscal-de-campo (1690), luego a teniente-general (1692) y finalmente Gobernador de Borgoña y Gran Maestre de Francia a la muerte de su padre (1709). Luis XIV le concedió el honor de ingresar en la Orden del Espíritu Santo en 1686, sin embargo perdió el título familiar y cortesano de "Monsieur le Prince" a favor del Duque de Orléans convertido en Primer Príncipe de La Sangre y presunto heredero al trono como representante de la rama Borbón-Orléans, que ocupaba el 2º lugar en la sucesión a la Corona después de la rama primogénita reinante.

Se le conocía en la corte con el título de "Monsieur le Duc" (Señor Duque), por poseer el ducado de Borbón, siendo hijo del entonces Duque de Enghien y de Albret, Enrique III Julio de Borbón, futuro Vº Príncipe de Condé, y de la Princesa Palatina del Rhin Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern.

En 1685, contrajo matrimonio con una de las hijas legitimadas del Rey Luis XIV y de la Marquesa de Montespan: Luisa-Francisca de Borbón, conocida con el nombre de "Mademoiselle de Nantes" (1673-1743), y de la cual tendría nada menos que 9 retoños; a destacar entre éstos: el futuro VIIº Príncipe de Condé Luis IV Enrique (también conocido como Luis-Enrique I de Condé), Carlos, conde de Charolais, Luis, conde de Clermont, y Luisa-Elisabeth.

Tiene por hermanos a Ana-Luisa, duquesa du Maine, a María-Ana, duquesa de Vendôme, y a Maria-Teresa, princesa de Conti.

Casado a sus 17 años, se convierte en 1686, a la muerte de su abuelo el "Gran Condé", en el presunto heredero de la Casa de Condé, con el título de duque de Enghien, teniendo 18 años. Participa en 1692 en la batalla de Steenkerque y, el mismo año, a la edad de 24 años, se convierte en padre.

UN MONSTRUO

Tan joven y con tan solo 17 años, se muestra increíblemente violento, colérico, brutal, morboso, con un mal disimulado apetito por el sufrimiento ajeno. Sin embargo, nada se dejó al azar para transformar en príncipe modelo al sombrío y secreto vástago de Enrique III Julio de Borbón-Condé, el demente, y de Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern, la mártir. Sacado a los 7 de entre los faldones de las mujeres, siguió hasta los 15 las enseñanzas de los padres Jesuitas que, desde tres generaciones, forman a los herederos de la Casa de Condé. En su prestigioso Colegio de Clermont, poseía, como todos los internos, una habitación pero no residía en ella y se hacía llevar a clase dos veces al día. Le impartían lecciones de Historia Antigua y geografía, la grandeza de su país y su sitio en el Mundo, el latín, el griego, y algo de física. Nada de deporte, aún menos clases de música. Un secretario tomaba notas en su lugar, con tal de que los deberes no le cansasen ni le aburriesen. De vuelta al palacete del Petit-Luxembourg, donde residía su familia, encontraba prestos para secundarle en sus esfuerzos o para distraerle si así lo deseaba, a dos preceptores jesuitas, un profesor de caligrafía, un profesor de baile y cantidad de oficiales subalternos deseosos de prepararle sus deberes y cálculos. Tantas disposiciones aportaron, sin embargo, pocos frutos; el joven príncipe se encuentra a menudo aquejado de una salud delicada, siendo nervioso, irritable en exceso, y poco dispuesto a la concentración más allá de un momento sobre un mismo tema o materia.

Sus enfermedades y sus deformidades físicas le sirven de excusa para ser perezoso. Tiene los hombros desiguales, y le tuvieron que poner botines especiales ya que el peso de su propio cuerpo tendía a arquearle las piernas.

Se le perdonaban sus exigencias y su malignidad. Sus hermanas y sus criados se dejaban torturar por él sin atreverse a corregirle, sufriendo que les pegase, les escupiera todo tipo de insultos a la cara y que los maltratase tanto física como mentalmente. Tan solo respetaba a su madre, piadosa y dulce, noble en su desgracia, y a Monseñor el príncipe Luis II de Condé, su abuelo.

Si todas aquellas lombrices, que reptan a los pies del Rey Luis XIV, creen que irá en contra de su naturaleza para complacer a los poderosos, se equivocan. Siempre aparece en la corte con una actitud ostensiblemente hostil: se precipita con violencia a través de los salones y cámaras, partiendo a los grupos y asambleas como una proa desgarrando las aguas, sea entrando como saliendo de ellas, con riesgo de darse porrazos contra los que se cruzan en su camino, imparable. El enano ni siquiera tiene figura para comprar el perdón ajeno por su comportamiento incivilizado y exento de cortesía. Considerablemente más pequeño que el más enano de los hombres, aparece gordo sin ser obeso, la cabeza enorme, la faz nada agraciada, afeada y de semblante terrorífico, con un cutis amarillento, de un amarillo lívido, con expresión furiosa e infernal. Con esto, tan contrahecho... que tiene joroba tanto por delante como por detrás. Tan feo es que los cortesanos de Versailles le apodan "el Simio Verde". Tiene una cara que delata sus vicios, y sus maneras son más propias de un convicto que las de un príncipe. Resulta su semblante tan repulsivo, y su carácter tan insufrible, que ninguna dama en su sano juicio, por mucha gloria que conllevase unirse a él, desearía vivir bajo su dependencia. Provocaba el temor y el asco, más que el respeto en sus interlocutores. Dicen que es ciertamente orgulloso, audaz, con ingenio, con lectura, algunos restos de una excelsa educación, de buenas maneras y alguna que otra gracia cuando quiere. Pero la maldad exhala por todos los poros de su cuerpo, como el sudor baña la frente del moribundo, y el mundo no se fía de él. En París, las prostitutas le temen más que la propia sífilis. Insultos y crueles comentarios salen a borbotones de su boca, para divertirse y para complacer su enorme orgullo que no parece tener cabida en su cuerpo. Azota, muerde, araña, gustando mezclar el olor de la sangre con la de sus eyaculaciones. Su ferocidad pasa por ser una virtud de su grandeza, y su cualidad de príncipe de la Sangre le protegen mejor que cualquier coraza. El Rey jamás dejará que arrastren a su yerno ante un tribunal. Que violase o asesinase en plena calle, se daría pronta orden para acallar el asunto y cerrar el caso. Tan solo se enfrentaría a una real reprimenda o a un breve exilio en sus tierras. Cuando el Rey no requiere de su presencia, reside en su castillo de Saint-Maur, donde se estableció a partir de 1694, para huír del agobiante mundillo de Chantilly. Allí reinan golpes, malos tratos, insultos, y hay que acostumbrarse o cambiar de protector...

EL ASESINO

De hecho, viola y asesina, no en plena calle, pero si a plena luz del día. Un día, en el burdel de La Chevalier, las complacencias de una putita no parecieron contentarle; sacudió a la chica, propinándole una paliza para reblandecerla y volvió a cabalgarla. Pero la cosa no pareció ir a su gusto; la prostituta tenía el temperamento tan generoso que, en ella, el duque no parecía sentir nada:


"Ah! esto, descarada, de dónde sacas esta gruta en la cual uno se pierde? Tu empleo consiste en calentar y alentar los ardores, y tú los ahogas en una marisma! Sabes tu lo que cuesta el no satisfacerme?"
Y la chica palidece bajo el violento carmín que maquilla sus mejillas: "Mi Señor, por Dios..."

Y el enano, transfigurado en un demonio liliputiense con rictus sardónico, empezó a vomitar insultos mientras ella, que aún no tenía 15 años, le miraba totalmente petrificada. Blasfemando, babeando como un animal rabioso, desgarrando cojines y dispersando las plumas, parecía cual zorro destrozando un gallinero. Ese enano contrahecho, de color limón podrido, el culo al aire bajo su corta camisa, las piernas lívidas, pastosas, el vientre hinchado y los pies como garras, gritó: "Ningún perdón para las malas obreras! Voy a educarte a mi modo!"

Al Duque de Borbón siempre le gustaba encanallarse en compañía, siempre temeroso de que le diera un patatús ya que solían darle a menudo, y por eso exigía que hubiese gente a su alrededor en sus momentos más íntimos. Así que sus dos comparsas, que andaban trajinando tranquilamente con sus respectivas putillas en los dos divanes dispuestos en los ángulos de la habitación, tuvieron que detenerse y atender a las órdenes del príncipe: "Agarrad fuertemente a esta señorita! Lo que pienso meterle, al menos, ella lo notará!"

Y el duque metió en la vagina de la chica, prontamente atada de pies y manos a las columnas de la cama, un enorme petardo con la mecha encendida. La desgraciada lo notó tan bien que reventó, aunque le hicieron falta tres largas horas para rendir su último aliento, el vientre reventado y vaciándose de toda su sangre.

Sin inmutarse, el yerno del Rey, encantado de su fechoría sangrienta, regresó a Versailles para acostarse con su deliciosa esposa, festejando al día siguiente su 18º cumpleaños y su primer aniversario de boda. El asunto tuvo una escandalosa repercusión, hasta llegar a oídos del propio monarca...

LA BODA



Los Condé habían apostado y puesto sus esperanzas sobre Luisa-Francisca de Borbón, Mademoiselle de Nantes, hija legitimada del Rey, desde que el Príncipe de Conti se casara con su hermana, Mademoiselle de Blois. Luis III de Borbón tiene entonces 17 años cumplidos; su inclinación por la mala vida es tan notoria que, si se espera demasiado para casarle, acabará por perder toda reputación y el Rey desestimará su candidatura. De este modo, Luis II, Príncipe de Condé, asedia al monarca tan estrechamente como si la salvación del Reino dependiese de su aprobación. Su insistencia, sus buenas maneras, sus halagos, su servilismo dan mucho de que hablar en la corte. Parece que el tiempo en que los príncipes altaneros intentaban desbancar las prerrogativas del Rey, haya pasado a mejor vida... Obviamente, el "Gran Condé" esperaba borrar, mediante este matrimonio, la mala impresión que el recuerdo de la Fronda ha dejado un poso amargo en el ánimo del Rey.

La prometida mira asombrada al hombre con el cual le acaban de casar. El Duque Luis III de Borbón bizquea de un ojo y, bajo el otro, una enorme verruga peluda ha aparecido. De asco, la joven princesa se sobresalta, soltando la mano del marido. En el gesto, cae de su 4º dedo el anillo de oro cincelado, se desliza, cae en la alfombra y rueda sobre el pavimento de mármol de la capilla. Los murmullos estallan entre los presentes. Sacerdotes y servidores se precipitan sobre la alianza cual halcones sobre su presa. Luis III retoma la mano furtiva y, deslizando sus dedos hasta la muñeca, más arriba aún, bajo las mangas de encajes, pellizca el brazo de la novia hasta amoratarlo. Luisa-Francisca intenta apartarse sin llamar demasiado la atención de los demás; pero él la retiene con fuerza. Enormes lágrimas en sus ojos, la princesa se muerde los labios en un intento para no gritar de dolor. Luis III, con un rictus en los labios, de su mano derecha le pasa el anillo.

La noche de bodas no será más que una comedia. La flamante Duquesa de Borbón aún es una chiquilla, una niña. Tras la ceremonia religiosa, todo el mundo tiene que asistir a un concierto y, luego, asistir a la Cena del Rey. Se ha dado orden que no se consuma el matrimonio inmediatamente: habrá que esperar a que la hija del Rey cumpla sus 13 años, a menos que sus primeras menstruaciones aparezcan antes de lo esperado. Desflorar a una cría no es nada, pero someter su cuerpo a los rigores del sexo antes de que pueda procrear, la dejarían estéril. Se recomienda al novio la abstinencia. El duque se desnudará en el salón del Gran Apartamento, al final de la galería. Su Majestad le entrega la camisa de dormir y, de pasada, constata con estupor sus deformidades. De acuerdo con su nuera, la Delfina, el Rey y ella llevan a los novios hasta la cama nupcial. Se echan las cortinas, se cierran las puertas para, enseguida, reabrirlas, sacar a los recién casados del nido y llevarlos, cada uno por su lado, a sus respectivos aposentos.

La unión no se consumaría hasta 1686, pero una epidemia de viruelas hace estragos entre cortesanos y príncipes. No pudiendo llevarse a la Princesa de Conti, la Muerte se venga llevándose a Luis-Armando I de Borbón, Príncipe de Conti. A punto de fallecer estuvo también la Duquesa de Borbón, contagiada de viruelas. Para evitar cualquier contagio, su marido rehuye su habitación y no se quita jamás el pañuelo que aprieta bajo sus narices. Durante el día sale de cacería para combatir el contagio con el aire puro y el esfuerzo físico. Es su abuelo quien cuidará de ella, y quien caerá víctima de viruelas... La Duquesa de Borbón escapará de las garras de la Muerte.

MILITAR Y CORNUDO



Luis III de Borbón se distinguirá durante las batallas de la Liga de Augsburgo, y en particular en Steenkerque y en Neerwinden.

En 1692, en la batalla de Steenkerque, da muestras de valía: es él quien dispondrá las tropas en orden de batalla, contribuyendo al éxito de las tropas del Mariscal-Duque de Luxemburgo. Pese a esa mención, y a su retorno a Versailles, los honores de la victoria honran a su primo, el Príncipe de Conti. Éste tiene a todas las damas a sus pies, incluída la esposa de Luis III de Borbón. Celoso, este último deja preñada, año tras año, a su esposa para disuadirla de tener amantes. Los rumores circulan... Francisco-Luis de Borbón-Conti parece haber obtenido algún que otro encuentro con la Duquesa de Borbón. Dado que no puede capturarle y someterle a tormento, ordena a sus numerosos espías que le sigan de cerca noche y día...

LA MUERTE

Luis III poseía todas las cualidades necesarias para dejarle entrever su porvenir y el de sus hijos, en la mayor de las esperanzas: el rango, el genio militar, el gusto por los asuntos públicos... Su esposa decidió entonces acercarle al Delfín. Poco a poco, parecía dibujarse la figura del próximo reinado, y sonreír a los Condé. Luisa-Francisca pensaba gobernar al Delfín y, gracias a esa influencia, su marido podría hacerse con el control de los ejércitos y del Estado. Era, desde luego, contar sin la Parca.

Desde hacía dos años, un tumor venía devorándole el cerebro, provocándole insufribles e indescriptibles migrañas oftálmicas hasta el punto de querer arrancarse los ojos. Perdió gusto por sus bacanales subidas de tono, y cada vez parecía menguar su razonamiento. Durante un tiempo, para contentar a sus médicos, se avino a tomar únicamente leche de vaca, cinco veces al día, y un día a la semana leche de burra. Pero se asqueó a fuerza de vómitos y volvió a sus comidas habituales.

Fallecería en pleno carnaval, haciendo horribles muecas, mientras cruzaba el Pont-Neuf en su carroza, el 12 de marzo de 1710*. Un año atrás, su demente padre había pasado a mejor vida, convirtiéndole en el 6º príncipe de Condé. Viuda la Duquesa de Borbón, se encuentra finalmente libre y con ganas de llevar adelante sus intrigas para alcanzar el poder a través de su hijo y heredero.

(*)_Distintas fuentes dan distintas fechas de su fallecimiento. Unas lo sitúan el 12 de marzo, otras el 4 de mayo, y el 11 de octubre.

 


miércoles, 8 de octubre de 2014

EL Vº PRÍNCIPE DE CONDÉ




CONDÉ_Vº Príncipe de / 5ème. Prince de_Henri III Jules de Bourbon, Vº Príncipe de Condé, Primer Príncipe de La Sangre, Vº Duque d'Enghien, XIIº Duque de Bourbon, Duque d'Albret, IVº Duque de Bellegarde, Duque de Châteauroux, VIIº Duque de Montmorency, IXº Duque de Guisa & Par de Francia, Marqués de Graville, XXIVº Conde de Sancerre y XXIIº Conde de Charolais, Señor de Chantilly (Hôtel de Condé, París, 29-07-1643 / Hôtel de Condé, París, 01-04-1709). Príncipe y representante de la rama de los Borbón-Condé, abrazó tempranamente la carrera militar y escaló los grados gracias a su pertenencia a la Casa Real Francesa: de brigadier de caballería pasó a mariscal-de-campo y finalmente a teniente-general, pero nunca obtuvo un mando real a pesar de figurar como un mando secundario y haciendo oficio de jefe de Estado-Mayor en el Ejército del Rhin, ya que ni el Rey Luis XIV como el ministro Louvois confiaban en su "cordura" y, aunque estaba desprovisto de talento en el oficio de las armas, nunca le faltó el arrojo y la valentía.

Hijo y heredero de Luis II de Borbón "el Gran Condé", 4º Príncipe de Condé, y de la sobrina del Cardenal-Duque de Richelieu, Clara-Clemencia de Maillé-Brézé, Duquesa de Fronsac, se casaría en 1663 con la Princesa Ana-Enriqueta de Baviera-Palatinado-Simmern, Princesa Palatina del Rhin (1648-1723), teniendo nada menos que diez hijos.

Príncipe anoréxico, deforme, juerguista, viciado y brutal, se presenta ante la posteridad como un notable desequilibrado mental. Capaz de todo por hacerse con el favor real, adula, acaricia, halaga hasta lo indecible, y llega incluso a reptar por el suelo para besar los pies de Luis XIV, con tal de obtener el más nimio de los privilegios que puedan emanar de la real persona. Su padre, el Gran Condé, pese a sus innegables taras mentales y sus enormes defectos, le prodiga un verdadero amor paternal y le perdona todas sus rarezas, por debilidad quizás. De todos modos, el entonces duque de Enghien y de Albret se nos aparece como una figura extraña y una de las más inquietantes.

Si en el ánimo del Rey hubiera otra cosa que el rango, por lo que toca al tema de matrimoniar a sus bastardas legitimadas, dudaría en confiar a una de sus hijas a semejante personaje. Y es que el heredero del Gran Condé está rematadamente loco, y más aún a sus horas que, con la edad, se convertirán paulatinamente en perpétuas.

En el castillo de Chantilly, creyendo firmemente que le han crecido alas de murciélago, ordena tapizar paredes y techos de sus gabinetes privados, en el temor que, estando en sus habitaciones, no le diera por revolotear y darse trompazos contra muros y suelos.

En su palacete de Versailles, le da por creer que una malvada hada le ha convertido en una planta, exigiendo en consecuencia que sus criados le rieguen con regularidad para no fenecer. Si aquellos se negaban a ejecutar sus ordenes, les propinaba tremendas palizas.

Cuando de repente le venían esas "manías", la domesticidad tenía que entrar en su juego para intentar hacerle regresar a la realidad; no existía otra solución que seguirle la corriente para que, finalmente, recapacitara y se calmase. Su gente lo sabe y rivalizan en habilidad para que esas situaciones no se salgan de madre. En su casa, su carácter desquiciante pasa por un pasajero momento de exaltación y de excesiva vivacidad.

Durante su adolescencia, comparte las aventuras de sus padres, metidos hasta la médula en la Fronda. Sigue a su madre en su loca aventura por provincias y ciudades, intentando provocar sublevamientos contra la autoridad del Cardenal Mazarino.

Aunque da muestras de cierta bravura desde temprana edad y durante las campañas militares de su padre, resulta impensable para el Gran Condé confiarle mando alguno vista su enfermedad mental, y pese a que tenga el título de mariscal de campo y luego el de teniente general. Más versado en las Artes que en la cosa militar, el Duque de Enghien y de Albret no se ilustrará en los campos de batalla sino en consagrar su tiempo en embellecer el castillo de Chantilly.

En 1663, recibe del rey Casimiro V de Polonia, el reino de Suecia y el gran-ducado de Lituania. Brigadier de caballería, se ilustra en el pasaje del Rhin, luego en Seneffe en 1674, participando también en las campañas de Flandes en 1693, siendo ya Príncipe de Condé.

LA FAMILIA



Su esposa y perpétua víctima, esconde sus moratones bajo sus cofias, y sus hijas, por temor y vergüenza, callan las humillaciones y malos tratos que les son infligidas por su padre. En la Corte, sus ocurrencias aterrorizan más que divierten. Los cortesanos bajan la mirada e intentan olvidar que ese pequeño y escuálido hombre se pone a aullar cuando Su Majestad se dispone a dormir, el cuello tendido y la boca deformada por el esfuerzo. Todos saben que, a la muerte del Gran Condé, su padre, él será el Primer Príncipe de la Sangre del Reino. Solo ante la presencia del Rey, el desgraciado consigue contenerse; la majestad del dueño de Francia fuerza irresistiblemente al respeto, imponiéndose incluso a su demencia. "Monsieur el Duque" (tal y como se le llama en Versailles), aúlla como un perro o un lobo, según la inspiración del momento, pero sin hacer demasiado ruido. El Rey le saluda con su habitual cortesía, sin que nada en su actitud denote que se haya percatado de su "payasada". Fuera de esa mágica presencia encarnada por Luis XIV, desgraciadamente, las extravagancias del príncipe no conocen límites ni se ven frenadas.

Que su inútil de hijo y heredero, el Duque Luis III de Borbón, sea el yerno de Su Majestad, no parece contentarle y le resulta urgente tejer nuevas alianzas para reforzar su posición en el epicentro versallesco. Sus hijas, casi enanas por sus diminutas tallas, son apodadas "las Muñecas de la Sangre" por la cuñada, la Duquesa de Borbón (hija de Luis XIV), pero...¿qué importa eso? Cuando se es una Condé, ¿acaso es necesario tener alguna virtud suplementaria?

LOCURAS



Un día se ordenó el cierre de las puertas de los jardines del Palacio de Luxemburgo, en París: echaron a los transeúntes porque al Príncipe de Condé, le vino la extraña idea de que se había convertido en un conejo y que sus criados debían darle caza.

Otro día, se creyó muerto. ¿Se necesita comer cuando se está muerto? obviamente no. Entonces el príncipe ayunó con aplicación y no hubo manera de convencerle para que comiese. Si no se hubiese encontrado un remedio, se habría dejado literalmente morir de hambre. Dos de sus ayudas de cámara, Girard y Richard, tuvieron entonces la mejor de las ideas: se cubrieron con sábanas blancas e irrumpieron de esta guisa en los aposentos del príncipe, uno haciéndose pasar por el difunto Mariscal de Luxemburgo y el otro por su abuelo. Tras una conversación sobre el país del Mas-Allá y de los difuntos, que el príncipe había venido a habitar junto a aquellos, le rogaron que se personase en casa del difunto Mariscal de Turenne, donde pensaban ir. Sorpresa enorme para el demente: ¿se come en el mundo de los muertos? Ciertamente si, sostuvieron los complices, y con mucho apetito. Encantado, pues en el fondo se moría de hambre, Enrique III Julio de Borbón, siguió a sus servidores disfrazados hasta los sótanos del Palacio de Condé dónde encontró.... al Mariscal de Turenne, encapuchado como sus invitados. Se sentaron en la mesa, comieron alegremente siendo servidos por todo un tropel de criados fantasmales cubiertos con sábanas blancas. Y, mientras duró esa convicción de estar muerto, la comedia prosiguió, consiguiendo que el príncipe tomase dos comidas al día con todos aquellos grandes personajes que había conocido y que ya no eran de este mundo.

 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EL IVº PRÍNCIPE DE CONDÉ



CONDÉ_IVº Príncipe de / 4ème. Prince de_Louis II de Bourbon, IVº Príncipe de Condé, Primer Príncipe de La Sangre, IVº Duque d'Enghien, XIº Duque de Borbón, VIº Duque de Montmorency, Duque de Châteauroux, IIIer. Duque de Bellegarde, Duque de Fronsac, Conde de Sancerre y de Charolais, Par de Francia, Señor de Chantilly, etc. (Hôtel de Condé, París, 08-09-1621 / Castillo Real de Fontainebleau, 11-12-1686). Fue gobernador de Borgoña y Gran Maestre de Francia. Pariente de la familia real francesa y representante de la IIª rama pretendiente al trono, fue uno de los grandes generales durante la Guerra de los Treinta Años y, posteriormente, el cabecilla de la Fronda de los Príncipes, rebelión surgida a raíz de la Fronda Parlamentaria que se alzó en armas contra la autoridad de la Corona y de su primer ministro el Cardenal de Mazarino.

EDUCACIÓN

Luis II de Borbón nació en París, el 8 de septiembre de 1621, hijo de Enrique II de Borbón, 3er príncipe de Condé y de Carlota de Montmorency. Nada más nacer, siendo el primer heredero varón de sus padres, recibe el título de duque de Enghien -título que ostentaba el heredero de la Casa de Condé-. Tendrá por hermanos a Ana Genoveva, futura duquesa de Longueville, y a Armando, futuro príncipe de Conti.

A sus 8 años, su educación y formación cae a cargo de los Jesuitas (1629). Fuera de lo común, su formación será cuidada al milímetro: hablará el latín, estudiará derecho, ciencias y filosofías en el colegio jesuita de Bourges, separado de los demás estudiantes de su edad por una balaustrada dorada y sentado bajo dosel a las armas de los Condé. La cuna marcaba entonces las diferencias sociales.

De su padre había heredado sus tendencias homosexuales, aunque en menor medida. Militar desde su más temprana edad, será a sus 21 años el inesperado vencedor y héroe de la batalla de Rocroi, que sellará la supremacía de un Estado moderno francés sobre una España aún muy teocrática. El duque de Saint-Simon le reprochará, en sus Memorias, de no haber tenido la ocasión de perfeccionar su ingenio y de haberlo apostado todo sobre la intrepidez y la acción. Esta falta de ingenio, que hoy llamaríamos "diplomacia", puede explicar las injusticias que cometerá y también su relativo desinterés de los Asuntos de Estado en las que, con sus cualidades, habría podido sobresalir y brillar.

A pesar de su falta de tacto, de diplomacia, se le mira como un ser "original", versado en las ciencias, el arte, las letras,...un militar intelectual que puede citar a Julio César sin cometer un solo error...



En 1636, Luis II de Borbón, duque de Enghien, recibe de manos del rey Luis XIII, el encargo de administrar el gobierno de Borgoña en ausencia de su padre el príncipe de Condé. Muy ligado a su progenitor, Luis II se esforzó siempre en darle todo tipo de satisfacciones... entre ellas, escribirle largas cartas en latín y, si por ventura deseaba redactar en francés, debía pedirle previamente permiso para tomarse semejante libertad.


LOS SALONES MATERNOS

Antes de su boda, planeada por el cardenal de Richelieu y su propio padre, es apartado de los salones de su madre para evitar que cayese bajo la influencia de la princesa y de las bellezas femeninas que los poblaban contra las cuales la futura novia, Clara Clemencia de Maillé-Brézé (sobrina del cardenal), no podía competir. Ésta tenía una frente abombada, una nariz gruesa, un cutis demasiado moreno, un aspecto diminuto y una timidez extrema. Nada que ver con aquellas jóvenes chicas ya aguerridas en el arte de la seducción, y que florecían en los salones parisinos.


LA BODA


Aunque es sabido que Richelieu deseaba esa boda para acercarse a la Familia Real y aumentar su crédito, así como asegurar su cargo, es el príncipe de Condé quien tuvo que hacer la pedida de mano en nombre de su heredero. La princesa mantenía en este asunto, una postura totalmente contraria. Su postura respondía, lógicamente, a la sencilla razón que el cardenal había hecho ejecutar su hermano, el último duque de Montmorency.

La unión matrimonial tuvo lugar finalmente pero, el joven novio no compartía la alegría de esa boda por intereses. Pasaría de la cólera a la postración. Sintiéndose engañado y el centro de una enorme maquinación, cae enfermo del disgusto. A lo largo de 6 semanas su estado de salud da muestras de su rechazo, finalmente se recupera. Tras el calvario, vuelve la recuperación: prueba bocado con apetito y, siempre convaleciente, lee y habla poco. Ya no hay gritos ni protestas con palabras malsonantes, sino un mutismo que habla por si solo sobre sus sentimientos.

Podemos ver, en este episodio, una reminiscencia de una tara psicópata que arrastraban los Borbones desde el siglo XIII. Sin embargo, esta crisis debía ser la única en su vida: nunca se repitió. De hecho, tan solo se trataba de una comedia para mostrar su aversión hacia ese matrimonio concertado con la sobrina del cardenal de Richelieu. Temía, con razón, por la salud tanto mental como física de su descendencia: entre los Richelieu se contaban numerosos casos de locura... Veía en ese matrimonio un complot para eliminar a su raza de la sucesión al trono francés. Intentará, entonces, obtener la anulación de esta unión a lo largo de dos años, rehusando todo contacto con su mujer, esperando así poder repudiarla. Al término de esos dos años de enconada enemistad, capitula.


LA ESPOSA

Clara Clemencia de Maillé-Brézé, la prometida del duque de Enghien, era de pequeña estatura, endeble y de salud delicada. A pesar de ser sobrina del cardenal-duque de Richelieu, éste no la mencionó en su testamento ni heredó bien alguno, amarga decepción para los príncipes de Condé que creían poder aliar matrimonio político con matrimonio de dinero.

La boda es celebrada en febrero de 1641 y será el origen de la decadencia física y mental que tocará a un buen número de los miembros de la familia de Borbón-Condé. Considerada tonta, estaba enamorada de su marido quien la despreciaba. Hasta el nacimiento de su primer hijo, Luis II intentará obtener la nulidad matrimonial para deshacerse de ella.

Durante la cautividad del príncipe, Clara Clemencia se mostrará digna de él al sublevar Aquitania distribuyendo millares de libelos, haciendo llamamientos a la rebelión contra el gobierno del cardenal Mazarino, disfrazada de hombre y a lomos de su caballo.

Rumores de infidelidad corrieron entonces y Clara Clemencia se vió acusada de mantener relaciones turbias con sus lacayos. Fue entonces exiliada para evitar que pareciera en la corte, su salud mental declinando rápidamente.


LOS AMORES DEL PRÍNCIPE

Su pasión por Marta du Vigean (1623-1665), duró hasta 1645. Andaba mantenida ésta por la princesa de Condé, por odio hacia Richelieu, y por su hermana Ana Genoveva, duquesa de Longueville, que jugaba el papel de celestina.

Tenía dos años menos que Luis II, era hermosa y tenía ingenio, principales virtudes requeridas en las mujeres de su época. De la amistad al afecto, la relación se tradujo prontamente en una pasión devoradora entre ellos dos. Sin embargo, para el padre, Enrique II de Condé, no era asunto de su agrado por dos razones de peso: primero por el orígen de la joven Marta, que pertenecía a esa pequeña nobleza provincial, y segundo por los sucesivos fracasos del príncipe que amenazaban con ensombrecer el prestigio de su familia a ojos del rey. Solo el matrimonio con la sobrina de Richelieu permitía asegurar el porvenir de su casa.

Luis II intentará en vano romper su matrimonio con Clara Clemencia, para poder casarse con ella. Pero el idilio se apagó por culpa de los celos de la joven, que no soportaba los juegos amorosos y los disimulos que reinaban en la corte en esa época, y donde el príncipe solía bordar su papel de galán. Al anunciarse la ruptura, Luis II se desvaneció en el aire...

Tras dos años de incertidumbre, Marta entró finalmente en la orden de las Carmelitas y se convirtió en "Sor Marta de Jesús". Falleció en 1665, a la edad de 42 años.

Tras este doloroso episodio sentimental, Luis II no mantuvo otro tipo de relaciones más que las que se pueden considerar como puramente "físicas" con las mujeres, y en muy contadas ocasiones.


RENTAS

Al fallecer su padre Enrique II, 3er príncipe de Condé, en el año 1646, Luis II pasa automáticamente a llevar el título paterno en calidad de 4º príncipe del nombre. A esta sucesión, se añade el nada despreciable cargo de Gran Maestre de la Casa del Rey, uno de los Grandes Oficios de la Corona de Francia, así como el gobierno de la provincia de Borgoña con acceso al Consejo Real. Se puede entonces estimar que las rentas del príncipe procedían por una parte de sus pensiones y cargos oficiales, y por otra de sus vastos dominios. Hemos de precisar que percibía, anualmente, una pensión de 150.000 Libras.
En 1661, Luis XIV le concedía el título de XIº Duque de Borbón.


EL PRÍNCIPE DE LA GUERRA

Tras haber sufrido el bautizo de fuego durante la campaña de Picardía, el joven Luis II de Borbón se encuentra en vísperas de su día de gloria. Nuestro héroe no cuenta más de 21 años y se ve confiada la dirección de las operaciones sobre el terreno de Rocroi. De hecho se encuentra maravillosamente asesorado por dos aguerridos soldados: L'Hôpital y Gassion, bajo cuyas órdenes había hecho su ingreso en la carrera militar.

La batalla de Rocroi se inicia tras la toma de la ciudad por Francisco de Melo. A la cabeza de sus invencibles Tercios, pretende separar los tres ejércitos franceses: el de Picardía, y el del Este. Su objetivo era descender por el valle del Marne y tomar el camino de París. El error de Francisco de Melo residía en la estúpida idea de que iba a luchar contra los tan mediocres militares galos de antaño.

Días antes de la batalla, Luis II de Borbón-Condé, duque de Enghien, recibe una misiva urgente avisándole del fallecimiento del rey Luis XIII, en la que su padre le insta a regresar a París. Consciente de lo que se jugaba en el frente, el duque de Enghien rehusó abandonar el ejército.

En plena agonía, Luis XIII tuvo un sobresalto y contó inmediatamente al príncipe Enrique II de Condé, el sueño que acababa de tener:

"He soñado que vuestro hijo había llegado a batirse contra los enemigos, siendo el combate muy reñido y la suerte balanceándose, para finalmente ser nuestra la victoria..."

La batalla de Rocroi sella una época, la de las guerras de religión. Todo se juega entonces entre las provincias protestantes de Alemania sostenidas por Francia y la Casa de Habsburgo, campeona del catolicismo con sus dos ramas dinásticas austríaca y española. Es también la última vez que una guerra es declarada con pomposidad, ceremonia y solemnidad: heraldos, trompetas, tambores, estandartes,...

De hecho, Luis II de Borbón-Condé ha comprendido que su porvenir y su gloria personal reclaman acciones brillantes y decisivas. Su temeridad y su perseverancia se explican por el hecho de que con el nuevo reinado del jovencísimo Luis XIV, debe durante la regencia no dejarse arrastrar por los acontecimientos. Si regresa a la corte victorioso, podrá presentarse como garante de la integridad del reino y, en calidad de primer príncipe de la Sangre, el trono no se encuentra tan lejos de su alcance. Un niño-rey y el duque Gastón de Orléans sin herederos varones, tan solo lo mantienen alejado del poder supremo. Es poca cosa, en efecto.

Sobre el plano militar, si el vizconde de Turenne no se encuentra en Rocroi, Luis II de Borbón se ve inmediatamente comparado a éste. El duque de Enghien es agresivo, audaz y temerario; Turenne pasa por calculador, prudente y paciente. Enghien tan solo considera el resultado, ¿qué importan un puñado de vidas perdidas? Da igual que sea en el campo enemigo como en el suyo propio.

Victorioso tanto en el plano militar como en el terreno político, Luis II deberá bajar de las nubes. Tras haber perseguido a los españoles hasta en Lorena donde éstos capitularán, su ejército será inmediatamente disuelto. De regreso a París, tendrá un sonado encontronazo con el cardenal Julio Mazarino, ya que éste también había comprendido todo el beneficio que un Condé podía ganar de una nueva victoria. Los honores esperados no llegarán y acaban por llevar al joven duque de Enghien sobre la peligrosa pendiente de la oposición al cardenal.

El 19 de mayo de 1643, cinco días después de la muerte del rey Luis XIII, consigue aplastar la temida infantería española gracias a una maniobra muy audaz. Esa primera victoria forjará su gloria, siendo la primicia de muchas más: la toma de Thionville en agosto, la de Sierk en septiembre.

Viene entonces la victoria de Friburgo (agosto de 1645), al lado del vizconde de Turenne. La excelente colaboración existente entre ellos se concluye con la victoria de Nördlingen, el mismo mes y el mismo año, frente a un ejército austríaco que asistió a la muerte de su jefe, el mariscal barón von Mercy al final de la batalla. Reconociendo la valía de su oponente, Luis II dará órdenes para ejecutar y grabar la tumba del mariscal austríaco.

Caído enfermo, Luis II no podrá explotar en toda su dimensión su victoria. Sirve después en Flandes bajo las órdenes de Gastón de Orléans, recogiendo los laureles de la victoria en Courtrai, Mardyck y Dunkerque. Esos éxitos militares asegurarán la estabilidad de la frontera norte del reino Galo.

Hay que decir que nuestro protagonista tenía una concepción muy agresiva de la guerra, y que consistía no en la victoria sino en la total destrucción del enemigo.

Anotemos que, aunque muy versado en el arte de guerrear, era incapaz de ensillar una montura.

La corte no recompensa siempre a este vencedor nato, que llega incluso a pagar de su propio bolsillo los sueldos de sus tropas y que, para colmo, es mirado como bastante molesto en el entorno regio.

Pasa los inviernos residiendo en su hermosa tierra de Chantilly, herencia de su madre, y donde se encuentran toda una corte de artistas que viven bajo su protección. Allí, lleva una vida libre, libertina, escandalosa muchas de las veces...


EL TRATADO DE WESTFALIA

Mazarino le envía a participar activamente en el asedio de Lérida, donde sufrirá su primer fracaso militar. De vuelta en la frontera de Flandes, se hace con la plaza de Ypres (mayo 1648), y la ciudad de Lens (agosto 1648), que supone una decisiva victoria sobre el ejército español muy superior en número y mandado por el archiduque Leopoldo de Austria.

Acude al rescate de París y, semanas más tarde, la paz es firmada durante el Tratado de Westfalia. Éste marca el fin de la guerra de los Treinta Años. Los católicos firmaron la paz en Munster, los protestantes en Osnabrück. Francia saldría engrandecida con la adquisición de Alsacia.


LA FRONDA DEL PARLAMENTO

La primera Fronda nace de la ambición de la más alta magistratura del reino de limitar los poderes de la Corona. Es también una oposición a las políticas de los cardenales de Richelieu y Mazarino, que son, según el Pueblo, la causa de todos los males. El pistoletazo de la rebelión parlamentaria se da tras el anuncio de un plan destinado a suprimir, durante 4 años, el pago de rentas a los magistrados.

Liberado de sus obligaciones militares, tras las firmas de los tratados de Westfalia, Luis II de Borbón, IVº Príncipe de Condé (desde el fallecimiento de su padre en 1646), se pone al servicio del Rey.

Durante la revuelta parlamentaria, hacia la cual no siente más que desprecio, protege con la ayuda de sus tropas la corte real en exilio, pese al apoyo de los suyos (su hermana, su cuñado Longueville y su hermano Conti) a los magistrados rebeldes. A éstos se añaden figuras tan prominentes como Gondi, cardenal de Retz, y el hermano mayor de Turenne, el duque de Bouillon.

El 8 de febrero de 1649, por el combate librado en Charenton, se hace con la capital francesa. Un compromiso es finalmente firmado entre los rebeldes y la regente Ana de Austria en Rueil. Después de sus hazañas en Rocroi y Lens, Condé acaba de salvar por tercera vez el trono de Luis XIV.


LA CÁRCEL

De manera ilusoria, cree entonces hacerse con el control de la corte, pero su insolencia y su profundo odio hacia el cardenal Mazarino desembocan en su repentino arresto por orden de la regente y del cardenal, el 18 de enero de 1650. Tras la leva de tropas por los príncipes de Condé, de Conti y de Longueville, conformando un ejército basado en la unión de regimientos procedentes de sus gobiernos provinciales respectivos, Ana de Austria, escuchando el consejo de Gondi, tomó la decisión de arrestarles. Pese a las advertencias de sus amigos, Condé, Conti y Longueville se personaron en el Consejo del Rey donde fueron inmediatamente arrestados.

En cautividad, Luis II de Condé deberá negociar el pago de su alimentación. Es gracias a la intervención de Gastón de Orléans, que dichos gastos acabaron por ser asumidos por la Corona. Sin embargo, sus pensiones son congeladas y sus cargos redistribuidos, sus bienes embargados, sus papeles confiscados sin encontrar pruebas incriminatorias. En represalia, se exiliarán a amigos, servidores y criados. Se vendió en subasta sus muebles y su vajilla de plata. El gobernador de la cárcel los trató con una inusitada arrogancia y el príncipe, sin deshacerse de su natural firmeza, le amenazó con molerle a palos y le hirió al tirarle un candelabro a la cabeza. Además de numerosos guardias-de-corps, sus antecámaras se hallaban llenas de soldados para mantenerles bajo estrecha vigilancia, incluso en el propio dormitorio, día y noche.

En tan duras condiciones se vió el príncipe, su hermano y su cuñado Longueville, que tuvieron que recurrir a todo tipo de astucias para corresponder con el exterior y recibir misivas sin que nadie se percatase del ir y venir de esos papelitos...

Gracias a las intervenciones de la princesa de Condé y de la duquesa de Longueville, la situación de los presos mejoraron: se les concedió comida decente y personal para asistirles. La piedad que provocaba entre los carceleros, el ver a esos príncipes tan injustamente oprimidos y privados de libertad, contribuyeron a que algunos de ellos hicieran lo posible para aligerar las duras condiciones de vida en las que se encontraban.

El príncipe de Condé pasará sus días jugando a las cartas o a cuidar de sus flores y, aunque estrechamente vigilado, consiguió encontrar el modo de comunicar con sus fieles partidarios. Si los hombres se encontraban tras los barrotes, las mujeres (Carlota, Princesa vda. de Condé, Ana-Genoveva, duquesa de Longueville, Clara-Clemencia, Princesa de Condé), estaban determinadas a no dejarse apresar por los soldados de Mazarino...

Puesto al corriente de la situación, Luis II aprecia el gesto de las mujeres de su casa:

"¿Quién iba a creer que, mientras riego mi jardín, mi mujer haría la guerra?"

La guerra se llevaba en dos frentes: Turenne y la duquesa de Longueville en el Norte, Clara-Clemencia en Burdeos. Ayudados por los Españoles, los rebeldes ganaban terreno, y el pueblo, que siempre sufre durante los conflictos, echaba la culpa de todo a Mazarino.

En el terreno político, la situación evolucionaba: "Monsieur" Gastón de Orléans y Paul de Gondi, cardenal de Retz, viéndose en nada compensados y colmados en sus pretensiones, y Mazarino eufórico por una victoria sobre Turenne, todo aquello hizo que se operase un acercamiento entre los antiguos rebeldes y los príncipes descontentos.

Es la esposa de Luis II, Clara-Clemencia de Maillé-Brézé, quien desencadena las hostilidades al solicitar que los príncipes encarcelados sean juzgados o liberados. Si el Rey y la Regente no presienten nada, Mazarino comprende que es hora de tomar serias disposiciones. No pudiendo conciliarse con el duque de Orléans, el cardenal se cree perdido. El Parlamento decide su revocación. La Regente intenta en vano huir con sus hijos, pero las puertas de París se hallan cerradas. Finalmente, la Regente firmará la orden de liberación y el duque de La Rochefoucauld galopa hacia Vincennes para dar la buena nueva, adelantado por el cardenal Mazarino. Éste se postrará a los pies del príncipe de Condé, yendo hasta besar sus botas.

El cardenal deberá abandonar Francia y exiliarse durante un tiempo en Colonia. Pese al alejamiento, seguirá dirigiendo en la sombra y jugando sus cartas, manteniendo una correspondencia secreta con Ana de Austria y fomentando la discordia entre los príncipes y los parlamentarios.

A su liberación, los príncipes se hacen atribuir diferentes puestos claves. Condé será gobernador de Guyena, Conti de Provenza y Longueville recibirá Normandía. Pero la situación permanece delicada. Los Españoles siguen estando ahí y Luis II no quiere ceder en nada a aquellos a los que tanto ha combatido. Pese a un innegable talento militar, Condé se revela bastante lerdo en materia política. Se le considera demasiado altivo y brutal. No alcanzará a hacerse con el poder total y todo el mundo se disputa las riendas. Las riñas no se hacen esperar demasiado... Monsieur (duque de Orléans), Gondi, el Parlamento, la Regente,... cada uno intriga contra el otro, y los Condé, aislados, se ven impotentes. Pese a su exilio, Mazarino sigue manejando los asuntos a su antojo.


LA FRONDA DE LOS PRÍNCIPES

El Príncipe de Condé intentará el golpe de fuerza y oponerse abiertamente a la regente Ana de Austria. En 1652, es la ruptura y el comienzo de la guerra civil. Empujado por su hermana, la duquesa de Longueville, ofrece sus servicios a la Corona de España y toma el mando del ejército de la Fronda, inaugurando así su particular guerra contra la Corona de Francia. Aliado del clan Orléans, va de conquistas en fracasos y se ve forzado a replegarse ante las fuerzas del vizconde de Turenne. Lo que mueve a los rebeldes no es una visión política, sino la ambición, la sed de honores personales.

El Cardenal Mazarino regresa entonces a Francia, acogido con honores por el joven Luis XIV y su madre, la reina Ana. Paralelamente, la vieja Fronda se despierta. El ejército de Condé es superior en número y efectivos al de Turenne, bastaría de una buena maniobra para que Condé se hiciera con la persona del Rey y con el poder. Sin embargo, la escaramuza que sigue deja a los adversarios cara a cara ante París. La oportunidad del príncipe tomará un giro inesperado, perdiendo la ocasión de oro de hacerse con la persona real. Se hará entonces con la capital, cuyas puertas le serán abiertas por el Cardenal de Retz (Paul de Gondi) y "Monsieur", Gastón de Orléans. Pero, como de costumbre, todo el mundo se pelea. Una ayuda viene de Inglaterra, de parte de Oliver Cromwell: envía una delegación para intentar calcar en Francia la situación inglesa. Hasta una Constitución es redactada, previendo ésta el sufragio universal, en cierto modo un tipo de democracia y el Gran Protectorado para Condé (en pocas palabras, el poder para el príncipe).

Pero uno se puede preguntar si esos príncipes tan orgullosos habrían podido acomodarse de un sistema representativo todopoderoso...

Se produce entonces la batalla de la Puerta de Saint-Antoine, a los pies de las murallas de la capital francesa, entre el ejército de Condé y el de Turenne. Es en el curso de este episodio dramático, en la que el ejército de Condé sufre una tremenda derrota, que el Duque de La Rochefoucauld recibirá un disparo de mosquetón que casi le deja completamente ciego. Barridas las filas de los rebeldes, muertos gran parte de los compañeros de armas del príncipe de Condé, Luis II debe su salvación a la oportuna intervención de su prima Ana-María-Luisa de Borbón-Orléans, Duquesa de Montpensier (hija y heredera del duque Gastón de Orléans), apodada "La Grande Mademoiselle" -la Gran Señorita-. Ésta ordenará al gobernador de La Bastilla, que se disparen cañonazos contra el ejército real mandado por Turenne... Gracias a esa "diversión", Luis II de Borbón-Condé puede salvar su pellejo y encerrarse en la capital.

En París, su hermana la duquesa de Longueville tiene su cuartel general. Hace entonces reinar el terror en la capital asediada y, con tal de evitar eventuales negociaciones entre los notables y el Rey, ordena disparar sobre los representantes del pueblo parisino reunidos en el Ayuntamiento. De la masacre se contarán una treintena de muertos, entre los cuales los autores de la famosa "Constitución". Este sangriento hecho provoca entonces la indignación del Parlamento y de la burguesía, que le retiran inmediatamente su apoyo. El Cardenal Mazarino pedirá su exilio y, poco tiempo después, el Rey y la Corte regresan triunfalmente a la capital, acogidos con alivio. Luis XIV otorgará una amnistía general para todos los actores de la Fronda, excepto para su primo el Príncipe Luis II de Condé, y el hermano de éste, el Príncipe Armando I de Conti. Ambos decidirán entonces llevar a cabo una lucha a ultranza desde el lado español. Condé será nombrado "generalísimo de los Ejércitos" de Felipe IV de España.

Luis XIV responderá condenándole a muerte y confiscando todos sus bienes, que no son pocos.


EL TRATADO DE LOS PIRINEOS

En 1659, la firma del tratado de los Pirineos entre Francia y España sellarán la amnistía del príncipe de Condé. Este tratado contiene numerosas cláusulas rectificando el dibujo de la frontera: Francia obtiene Gravelinas, Bourbourg, Saint-Venant, Landrecies, Le Quesnoy, Avesnes, Thionville, Montmédy y Damvillers. España obtendrá Ypres, Oudenarde, Dixmude, Furnes y Charleroi.

El 27 de enero de 1659, Luis II de Borbón, 4º Príncipe de Condé, se postra a los pies del Rey Luis XIV, pidiéndole clemencia y perdón. En 1660, las muertes de Gastón de Orléans (que le acerca al trono de Francia) y del Cardenal Mazarino, por el cual sentía auténtica aversión, marcan el final de una época. Perdonado, Condé se ve colmado de honores por Luis XIV, pero éste le aparta de cualquier asunto de Estado, confinándolo al mero papel de figura y ornamento de su corte.


EL FRANCO-CONDADO Y EL RHIN

El 30 de septiembre de 1667, Condé obtiene el mando del Ejército de Alemania, lo que atestigua su retorno en el favor real. En febrero de 1668, conquista el Franco-Condado que aún permanecía en manos de España. En quince días, toma Artois, Besançon, Dôle y Gray.

Tras esas sucesivas victorias, Luis II de Condé recupera el favor de Luis XIV. Hasta le pasará por la cabeza presentar su candidatura para ser elegido rey de Polonia...

Junto con su antiguo rival y ahora amigo Turenne, toma el mando de las tropas que han de invadir los Países-Bajos en 1672. En el famoso pasaje del Rhin (en el cual muchos perecerán), Condé es herido, y cerca de Arnhem, su sobrino Carlos-Pâris de Borbón-Orléans, Duque de Longueville (hijo de su hermana Ana-Genoveva), encuentra la muerte.

En 1674, tras conseguir evacuar las Provincias-Unidas, frena al Príncipe de Orange y a su ejército holandés en Seneffe (Bélgica), levantando luego el asedio de Oudenaarde.

Al año siguiente, siempre en compañía del Rey, debe rendirse en Alsacia dónde los ejércitos franceses se encuentran en serias dificultades tras la muerte del mariscal de Turenne. Una vez más deberá enfrentarse a un viejo conocido, el Conde Raimundo Montecuccoli, el mayor general austríaco. Conseguirá forzarle a levantar el sitio de Haguenau y a replegarse más allá del Rhin.

Será su última victoria y su última intervención militar en su brillante carrera de soldado...


EL CARÁCTER DEL PRÍNCIPE

Poco preocupado en gustar, Luis II prefería inspirar temor. Dotado de un orgullo excesivo, era odiado por muchos de sus contemporáneos. Se hacía igualmente odioso por sus pretensiones y sus insultos al Cardenal Mazarino.

Pese a que no fuera un gran constructor, se preocupó por embellecer los jardines de su castillo de Chantilly.

Aún exiliada y confinada en el castillo de Châteauroux, en la provincia de Berry, su esposa Clara-Clemencia de Maillé-Brézé vió confirmado su encierro de por vida a la muerte de éste. Fue, por lo visto, una expresa petición formulada al rey Luis XIV antes de rendir el último suspiro en 1686.

Los retratos del príncipe sugieren la rapacidad del personaje: grandes ojos azules, algo saltones, una nariz borbónica prominente, una cara huesuda, y una boca voluntariosa sobre una barbilla huidiza. Por lo visto, según atestiguan algunos, era tremendamente velludo.

Añadamos que, siendo el mayor capitán de su tiempo junto a su amigo y adversario Turenne, rebosaba de orgullo y arrogancia, tanto por su procedencia que por su familia.

Poco convencional para su época, fue también un intelectual fuera de serie. Tenía ideas muy personales en cuestiones religiosas y políticas. Se oponía a los dogmas eclesiásticos del mismo modo (y con la misma contundencia) que se oponía a la autoridad suprema del monarca. Cercano de Bourdelot y de Spinoza, libertino, profundamente ateo, aparecía como un personaje extraño ante la mirada de sus contemporáneos.

Su valentía no tenía límites: intrépido, temerario, osado, noble. Osó tomar bajo su personal protección a los protestantes franceses durante la persecuciones, que se realizaron a raíz de la revocación del Edicto de Nantes, en 1685.


CARA A CARA CON LA MUERTE

Al ocaso de su vida, en 1686, la pequeña duquesa de Borbón, su nieta política (hija de Luis XIV), enferma de viruelas. Su marido, Luis III de Borbón-Condé, duque de Borbón, muestra entonces ninguna compasión por su estado. El Príncipe Luis II se transforma entonces en el gran cuidador de la joven. Al anunciarse la visita del Rey, padre de la duquesa, Luis II sale de la alcoba de la duquesa, donde la velaba, para advertir del peligro de contagio a Su Majestad, prohibiéndole con amenazas el paso. Está entonces ya aquejado de temibles ataques de gota, apenas puede moverse, se hace encima si sus criados tardan en traerle el orinal... Pese a sus dolores, encuentra la suficiente fuerza para impedir el paso a Luis XIV:

-Sire, volved atrás.

-Apartaos, primo, deseo ver a mi hija.

-Si Vuestra Majestad insiste, tendrá que pasarme por encima.

-Qué diablos me decís? quiero abrazar a mi hija, os digo!

-Si, os oigo perfectamente, y respondo a esto que si vais a su lado, enfermaréis del mismo mal y eso os matará. Os debéis a vuestro Reino. Sois el Rey, vuestro Pueblo tiene más necesidad de Vos que la Señora Duquesa. Hasta que no os vayáis, no me apartaré de su puerta.

Ante la insistencia del Príncipe, Luis XIV no podrá hacer otra cosa que rendirse ante la imposibilidad de entrar a ver a su hija.

Durante la noche, la duquesa se cubre de pústulas de pus, se vacía como una vejiga reventada, chillando de dolor. La crisis pasa, la duquesa vuelve a recuperar el sueño, exhausta. Se salva de la muerte. No pudiendo esperar hacerse con la joven chiquilla, la Muerte se cebará con el Príncipe de Condé, contagiado de viruelas, llevándoselo pocos días más tarde...

Gran libertino a lo largo de su vida, se convertirá a las vísperas, siendo el arrepentimiento más fingido que sincero, tras haber vivido sin religión. Víctima de la gota, que debió combatir a lo largo de muchos años, pasó sus últimos años retirado alejado de los tumultos parisinos, residiendo en su castillo de Chantilly, rodeado de Molière, Racine y Bossuet.

Al fallecer en ese año de 1686, Luis XIV dirá de él: "Acabo de perder al hombre más grande de mi reino..."

Su oración fúnebre fue pronunciada por el elocuente Bossuet.